El niño del charco VII. Antonio y Andrés. Investigación, octubre de 2015 #2
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VII. Antonio y Andrés. Investigación, octubre de 2015 #2

Sabía de una chica que se había quedado en estado, no voluntariamente, y después de dar a luz, le habían quitado al bebé.

Esta chica había pasado el embarazo recluida en un piso de Madrid, en el que habían coincidido.

La chica solo estuvo sin trabajar los dos últimos meses del embarazo.

De vez en cuando, pasaba un médico que les hacía revisiones ginecológicas y las mantenía limpias de enfermedades de transmisión sexual.

La chica en cuestión se puso de parto y se la llevaron.

A los pocos días la trajeron de vuelta, pero sin el bebé; fue entonces cuando le contó a Yésica lo ocurrido.

Había dado a luz en una clínica pequeña, en las afueras.

Después del parto, todavía en el paritorio, le habían dicho que el bebé había nacido muerto, pero ella sabía que no era cierto, ya que lo había oído llorar.

No pudo saber si era un niño o una niña.

—¿Qué? ¿Qué además no les dejan usar anticonceptivos para que se queden en estado a propósito? —interrumpió Antonio.

—Exactamente. Como muchos clientes no quieren usar preservativos, lo que llaman natural, las engañan colocándoles falsos DIU, y, cuando se quedan en estado les hablan de porcentajes de fallo.

Además de ser esclavas sexuales, las usan para alumbrar hijos a los que ellas no llegan a conocer: nuevas generaciones, nuevas fuentes de ingresos, máxima productividad.

—¡Madre mía, qué gentuza! ¿Y con esos hijos que tienen esas desgraciadas qué hacen? ¿Los venden?

—Esos niños pueden tener, por lo que sabemos, diferentes destinos, pero sí, de un modo u otro, son para la venta.

—¿Cuáles son esos destinos? —preguntó Andrés—, aunque no sé si quiero oírlo.

—Algunos terminan en el propio negocio. Los cuidan en algún lugar guardería lejos de sus madres y en cuanto tienen una edad mínima, ya los prostituyen en los mismos términos que a ellas.

Se sabe que niños y niñas muy pequeños también se venden a personas que buscan adoptar y no quieren esperar turno en el sistema legal o saben que no cumplirían alguno de los requisitos que se les exigen, pero tienen mucho dinero y lo pueden pagar, para eso también hay mercado.

Los bebés sanos, blancos y rubios tienen mejor salida y mejor precio.

No obstante, este es el mejor destino que les puede tocar a estos niños en su situación, porque puede ser todavía peor: hay también un mercado negro de órganos y personas con una situación económica muy ventajosa, que pagan por ellos.

—¿Habéis tenido alguna noticia más o algún otro caso donde estuviesen implicados niños o bebés? ¿Sobre la existencia de una de esas clínicas clandestinas en Asturias?

—No, nada confirmado. No tenemos ninguna noticia de que aquí en Asturias tengan algo así montado, pero sí tenemos datos de algunos ginecólogos en Gijón que trabajan para esa mafia.

Esto lo sabemos seguro porque no se pueden exponer a que las chicas accedan al sistema sanitario legalmente, pero necesitan atención sanitaria y ginecológica.

Tienen que velar por la salud física de sus esclavas. Son una inversión.

—¿Creéis posible que haya nacido aquí alguno de esos bebés clandestinos? Me interesa vuestra opinión.

—En Asturias no creo que lleguen a tanto.

No podemos confirmarlo porque como os digo no tenemos pruebas, pero piensa que vuestro niño podría haber nacido en Madrid, por ejemplo.

Si aquí hubiese un buen postor, se lo podrían entregar en muy pocas horas.

En cinco horas, o menos, en coche te plantas en Gijón con el niño.

—Bueno, sí, puede que tengas razón. Esa es otra posibilidad que tenemos en cuenta, que haya nacido fuera y lo hayan traído aquí luego.

De todos modos, si tenéis alguna noticia o si os llega algún chivatazo sobre este asunto, os agradeceríamos que nos tengáis al tanto.

Muchísimas gracias. Nos habéis sido de una gran ayuda.

Antonio y Andrés regresaron a sus escritorios. Tenían que asimilar toda la información que acababan de recibir. Seguían buceando por el fondo del fango, cada vez más y más espeso. Estos no eran delincuentes comunes o asesinos circunstanciales; esto era crimen organizado.

—¿Qué me dices Antonio? ¿Por dónde seguimos?

—No sé, Andrés, este asunto me gusta menos cada vez. Podemos llamar a la científica, a ver si tienen algo más.

—Vale, seguiremos por ahí.

En la científica no pudieron decirles gran cosa.

Habían analizado el agua del charco, que como se esperaba era de lluvia, pero mezclada con varios restos de tierra, ceniza, trazas de carburantes y aceites.

Los mismos restos que había en el asfalto del aparcamiento.

Los otros charcos cercanos de los que también habían recogido muestras arrojaron el mismo resultado.

En la cazadora bomber del testigo, —muy limpia, todavía llevaba el papel de registro de la tintorería grapado en un bolsillo—, solo encontraron restos de loción de afeitar y crema corporal.

Los restos de la parte interior, del forro naranja, se correspondían con el agua del charco que dejó el pequeño cuando el testigo lo envolvió con ella.

Las pocas marcas que habían dejado en la hierba del arcén, donde se ubicó al coche blanco, estaban incompletas, por lo que ni era posible sacar conclusiones, ni se podían identificar los neumáticos.

Se habían recogido muestras de hierba y de tierra, pero necesitarían analizar las ruedas del coche y buscar esos restos de tierra y de hierba para comparar y situarlo en el escenario.

Como había llovido bastante por la noche, la tierra estaba muy blanda.

Si se localizase rápido ese automóvil todavía se podría encontrar algún rastro en ellas.

Antonio les confirmó que del coche no sabían nada y su localización era ya imposible. Solo sabían que era blanco y grande, monovolumen seguramente.

—No es mucho, no, con eso nada podemos hacer. De momento, nosotros hemos terminado con este caso. Tenemos otro montón de pruebas que analizar, ya sabéis que el crimen no descansa nunca.

—Una última cosa. ¿Podéis decirnos la frecuencia de la lluvia en esa zona de Cudillero de los tres días anteriores al abandono?

—Espera un momento, que lo miro ahora mismo.

A ver… Pues mira según indican los registros de la agencia estatal de meteorología solo llovió esa noche, bastante, eso sí.

De hecho, llevaba más de dos semanas sin llover.

Es raro en Asturias en estas fechas, la verdad—confirmó el compañero antes de despedirse.

Antonio, pensativo, se sentó en silencio, algo estaba bullendo en su cabeza. Repasó las notas que tenían del día del abandono y los testimonios y al cabo de un buen rato le dijo a su compañero:

—Andrés, ¿tú qué opinas de los testigos? ¿Crees que dicen toda la verdad? ¿Han sido sinceros?

—A mí me parece que sí. Llevamos en esto muchos años, Antonio, uno ya sabe si le mienten o si no dicen toda la verdad y yo no tuve esa sensación con ninguno de ellos.

Los dos policías repasaron sus notas: la mujer, Elisa, estaba francamente nerviosa.

Sufrió incluso un ataque de ansiedad con hipertensión.

Los sanitarios le habían administrado un calmante y eso no se podía fingir y el marido, Ricardo, permaneció muy callado y parecía algo más tranquilo, pero cuando les enseñó el teléfono donde figuraba la hora de la llamada al 112 todavía le temblaba el pulso, estaba muy afectado.

En cambio José Luis, el charlatán, parloteaba sin parar, pero creían que era cien por cien fiable: hablar tanto de cosas que no vienen a cuento era un tic que utilizaba para calmarse. A muchas personas les sucede lo mismo, hablan y hablan cuando están nerviosas

Por último, Samuel, el piloto, se mostró siempre muy entero, pero a su parecer de todos ellos era el más desconcertante.

Un hombre con mucho mundo que domina el autocontrol, sin embargo, cuando habló después de Antonio para pedir a los otros testigos discreción, sus palabras sobre el niño estaban cargadas de emoción.

—Yo diría, incluso, que se le empañaron un poco los ojos, como si se hubiese auto proclamado su ángel de la guarda.

—Eso es, Andrés; estoy completamente de acuerdo contigo. Yo noté exactamente lo mismo y he buscado. Mira lo que he encontrado sobre los ángeles de la guarda, según Santo Tomás de Aquino:

»El ángel de la guarda o ángel custodio es, según la creencia de varias religiones, aquel al que Dios da la misión de proteger a una persona durante su vida en la tierra.

Son guerreros que nos defienden a capa y espada y Santo Tomás de Aquino aseguró que la rapidez del movimiento del ángel se mide por la determinación de su voluntad. Son perseverantes.

—Perseverantes, ¿eh?

—Perseverantes —sentenció Antonio—. Vamos a llamar a la SAC, a ver si les llegó bien todo lo que les enviamos y han podido mirar algo.

Enseguida les localizaron desde centralita al psicólogo con el que habían hablado el viernes. Tenían listo su análisis ya.

Por lo que habían podido discernir por el dossier enviado, estaban en condiciones de establecer un perfil preliminar que podría serles de ayuda.

—Somos todo oídos. Pongo el manos libres para que te escuche también mi compañero Andrés —dijo Antonio.

—Pues bien. Creemos que la persona que abandonó al niño es un varón, de edad media, entre treinta y tantos y cincuenta años y sin relación consanguínea con el niño.

Creemos también que esperó por el escenario apropiado, es decir, que esperó por el charco, que seguro que era de agua de lluvia natural. ¿Habéis podido comprobarlo?

—Sí, así es. De hecho llevaba más de dos semanas sin llover. La lluvia de esa noche fue la primera en muchos días.

—Lo suponíamos. Esperó a que lloviese lo suficiente para que se formase ese charco de forma natural.

—¿Y si hubiese tardado más en llover? ¿Entonces qué habría hecho?