El niño del charco VII. Antonio y Andrés. Investigación, octubre de 2015
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VII. Antonio y Andrés. Investigación, octubre de 2015

El lunes llegaron los dos pronto a la comisaría. Habían pasado regular el fin de semana.

—Buenas, Antonio. ¿Cómo estás? ¿Has descansado algo?

—¡Qué va tío! Todo el fin de semana rumiando este asunto, dándole vueltas y más vueltas al tema, ¿y tú?

—Lo mismo, hasta mis hijos me preguntaron qué me pasaba. No he dejado de pensar en ello y creo que tendríamos que empezar por cuadrar horarios. De ahí podríamos sacar algo.

»A ver, si damos por buenas las horas que nos han dicho los testigos, el abandono tuvo que ser después del sargo, para entendernos.

—No te sigo. Como no te expliques mejor…

—Escucha. José Luis, el testigo charlatán, el que llevaba el plumífero azul, llegó al dique sobre las once, o sea, que recorrer el tramo de la recta del paseo le tuvo que llevar, con el paso que lleva y el carrito, desde las diez y diez hasta las diez y treinta y cinco minutos, más o menos.

Al pasar por el aparcamiento al doblar hacia el dique no vio nada, ni al niño ni a ningún coche estacionado, por lo tanto el abandono no se había producido todavía.

—Empiezo a entenderte, sigue.

Andrés continuo con su razonamiento. Si Chechu no había visto nada, ni a nadie, ni a la ida, ni a la vuelta se podía deducir que el niño no estaba en el charco en esa franja horaria.

Chechu había salido del dique a las once y treinta minutos, con paso más ligero que José Luis, porque llevaba prisa para llegar a tiempo al centro de salud.

No se cruzó por la recta con Samuel, que había salido del Bar de Paco a las doce y cuarto.

Chechu había hecho el recorrido en menos de tres cuartos de hora.

Por lo tanto el abandono, por fuerza, tendría que ser en un margen de unos diez minutos, entre las doce y cinco que Chechu ya había salido de la recta hacía el pueblo y las doce y quince minutos, aproximadamente, que Samuel ya entraba en la recta, porque los dos no llegaron a cruzarse y Chechu no pudo hacer ese recorrido caminando en menos tiempo.

—Tienes razón, Andrés, pero Chechu sí se cruzo con un coche, uno verde, mira las notas.

—Sí, a la ida no recuerda si se cruzó con algún coche. Eso tampoco nos importa mucho. A la vuelta por la recta es cuando se cruzó con un coche verde oscuro que era de uno del pueblo, aparejador, y que según dijo esta todo el día por esa carretera. Vamos a llamarlo.

Chechu les había anotado el teléfono del aparejador, así que lo llamaron y este los atendió de buen grado.

No había visto nada que le hubiese llamado la atención.

Seguramente se debió de cruzar con otros coches, pero no lo recordaba.

Les confirmó que se dirigía a una obra que estaba aparejando.

Una casona con un proyecto de rehabilitación para hospedaje en el pueblo vecino.

Durante el trayecto hizo varias llamadas al contratista y tenía los registros en su teléfono.

En la obra varias personas podrían confirmar su presencia allí. Solo recordaba haber saludado a Chechu.

— Yo lo descartaría sobre la marcha.—dijo Andrés.

—Sí, estoy de acuerdo. Yo tampoco creo que los conductores de los coches que los testigos recuerdan hayan tenido nada que ver.

Estoy convencido de que son circunstanciales.

Pero todo esto no explicaría la presencia del coche blanco en su puesto.

En la posición en la que estaba y sabiendo que se fue en cuanto recogieron al niño, parece muy sospechoso, ¿no te parece? —preguntó Antonio.

—Desde luego, yo desde el principio también lo he pensado.

—Vamos a ver si en las comisarias ya han localizado a todos los recién nacidos con el alta médica o falta alguno. Si fuese así ya tendríamos el caso medio resuelto, por lo menos localizaríamos a la madre.

A lo largo de la mañana los fueron informando de las otras comisarías. Habían localizado a los veintiocho niños que encajaban en el patrón, y todos estaban en sus casas, dichosamente. Ese camino estaba cerrado, como se temían.

El parto no había sido en un centro hospitalario regulado, lo que complicaba mucho las cosas porque eso significaba que el alumbramiento se había producido fuera del sistema sanitario, incluso en una clínica clandestina de las que ya habían tenido alguna noticia.

Ni la madre gestante, ni el niño figuraban, por lo tanto, en el sistema.

Preguntaron a Marisa, la compañera de centralita, por un caso que recordaban que habían llevado en la comisaria no hacía mucho tiempo, en el que estaban implicadas prostitutas.

Marisa los puso en contacto con los dos compañeros de delitos sexuales que habían llevado el caso y que estaban, precisamente, de servicio.

—Buenos días. ¿Qué tal? —les preguntó Antonio.

—Bien, con mucho lío. Lleváis el caso del abandono infantil, ¿no?

—Sí, por eso hemos venido a veros. Queríamos haceros unas preguntas sobre el asunto aquel de unas prostitutas con hijos clandestinos o algo parecido, aquí en Gijón. Me imagino que os acordéis. Puede que nos sea útil.

—Sí, claro que nos acordamos. Esas cosas no se olvidan. Dime qué necesitáis.

—¿Cómo fue el caso? Todo lo que pudisteis averiguar.

—Averiguar, averiguar, no mucho, la verdad, aunque nos fuimos enterando de cosas. Alguna información ya la conocíamos y otra era completamente nueva, pero no sirvió para nada.

—¿Por? —preguntó Antonio.

—Por lo de siempre. La implicada, una prostituta indocumentada, no se atrevió al final a presentar denuncia. No había nada que hacer. Pero sí nos facilitó una información interesante.

Habían recibido varias llamadas alertando sobre un piso en el centro, en el que los vecinos aseguraban que se practicaba la prostitución.

Habían hecho una visita a ese lugar y la mujer que los atendió les dijo que allí vivían su marido —que estaba presente— y sus dos hijos, que ese momento se encontraban en el colegio.

Desde la puerta, ya que no llegaron a entrar en la vivienda, vieron, sin embargo, pasar de una habitación a otra a una mujer negra, joven, bien parecida y semidesnuda, a la que no habían mencionado.

Ellos en esa situación, sin una orden, no podían intervenir.

Pasaron después a ver al vecino que había hecho la llamada para explicarle que, en una propiedad privada y sin denuncia, nada podían hacer. Le dejaron una tarjeta con sus teléfonos por si había alguna novedad.

Al cabo de un par de meses, recibieron una llamada del administrador del edificio porque algunos propietarios habían encontrado en sus buzones una carta manuscrita y firmada donde una de las mujeres, que afirmaba vivir en ese piso, relataba lo que estaba sucediendo.

La carta decía que eran varias las chicas que vivían allí y que estaban en la misma situación: no podían salir solas; les hacían trabajar sin descanso a demanda de los clientes y las maltrataban.

La carta estaba escrita en español de América.

No sabían exactamente de qué país. Parecía del Caribe.

La había firmado una tal Yésica Mendes, y, lo más importante, había dejado su teléfono.

Rastrearon el número y comprobaron que figuraba en una página web de contactos eróticos, aunque restringido, solo podía recibir llamadas. Sospechaban que estas estaban supervisadas.

La llamaron y llegaron a hablar con ella en dos ocasiones. Le pidieron que se presentase en comisaría, pero se negó. Tampoco quiso entrevistarse personalmente con ellos en un sitio neutral. Tenía miedo.

Intentaron llamarla en una tercera ocasión, peso esa línea ya estaba fuera de servicio. No sabían cómo se las había arreglado ella para contestar directamente las otras veces, seguramente había burlado alguna seguridad, aunque todo indicaba que ya la habían cazado.

En sus dos conversaciones, comprobaron que, efectivamente, tenía acento caribeño.

Posiblemente fuese dominicana, aunque ella lo negó.

Había llegado a España de forma ilegal y como todas ellas, engañada.

No había tenido libertad desde entonces.

Llevaba en el país dos años, primero Madrid y luego Asturias.

Sus compañeras de piso habían sido siempre extranjeras, de distintos países latinos y del este de Europa.

Les contó que en este piso llevaba unos cinco meses y que en ese tiempo habían pasado por allí cuatro chicas distintas, que desaparecieron sin más —por lo visto las movían continuamente de un sitio a otro, donde hubiese más demanda—.

—Hasta aquí, Yésica, si es que se llama así, que lo dudo, no nos contó nada nuevo.

Es la misma historia que nos cuentan todas, siempre el mismo guión.

Llevamos ya varios años en delitos sexuales y el panorama, cada vez, es más preocupante.

Solo hay que echar un vistazo a los titulares de prensa —dijo el compañero que estaba relatando lo ocurrido mientras sacaba varios recortes de su cajón, que leyó en alto:

»Las compran y las venden como esclavas del sexo. Miles de mujeres y niños de países del Este de Europa son captados por la amplia red internacional de traficantes de prostitución, uno de los negocios del crimen organizado más lucrativos .

» Este es de un artículo de El País Semanal, titulado «Las esclavas del Este » y tenemos también otros méritos como estos y siguió leyendo:

» También hay datos de la ONU que sitúan a España en el primer puesto en el ranking europeo de consumo de prostitución, que supone, en la gran mayoría de los casos la trata y explotación de mujeres y niñas y además, España es considerado como el mejor destino europeo en cuanto a turismo sexual, y el tercero en el mundo después de Tailandia y Brasil.

—Desde luego en esto, estamos en cabeza.

—Ya, vosotros estas cosas estaréis hartos de verlas y ya no os sorprenden, pero dices que hasta ese momento no había nada nuevo en lo que os contó Yésica. ¿Qué os contó luego que sí lo fue? —preguntó de nuevo Antonio.

—Pues nos contó algo alarmante.