VI. Antonio y Andrés. Gijón, 2 de octubre de 2015
Eran poco más de las cuatro cuando llegaron a la comisaría.
Sabían que las primeras horas eran vitales en las investigaciones y debían ponerse a ello lo antes posible.
Su comisario jefe los estaba esperando; los había llamado cuando estaban de camino, después de que Marisa, de centralita, le notificase la llamada que habían recibido sobre la aparición de un niño abandonado en las inmediaciones de Cudillero en extrañas circunstancias.
Formaban parte de la Brigada Central de Investigación de Delitos contra las Personas, dependiente de la Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violenta.
Después de una breve entrevista con el inspector jefe y el comisario para ponerlos en antecedentes, el primero les ayudó a establecer un plan de actuación y una serie de pasos previos para empezar por lo más obvio, localizar a la madre. El comisario les dio algunas instrucciones más.
Se pusieron en contacto con el servicio de pediatría del Centro Hospitalario Universitario, para conocer el estado del niño.
Los facultativos ya lo habían explorado, dada la urgencia de la situación.
Se encontraba perfectamente; se alimentaba con normalidad y estaba sano, sin malformaciones, ni enfermedad congénita alguna.
Su analítica revelaba lo mismo: no presentaba ninguna infección, ni se le había administrado medicación, salvo un resto muy sutil de algún opiáceo, probablemente para mantenerlo dormido algunas horas.
Su peso, dos kilos seiscientos gramos, respondía a una gestación incompleta. Había nacido una semana antes de tiempo, pero no se consideraba que fuese prematuro. La alimentación había sido artificial, mediante leche en polvo. No había ingerido leche materna.
La edad cronológica cuadraba con lo que les habían dicho desde el principio y no superaba los tres días de vida, según el grado que presentaba la cicatrización umbilical.
Les dijeron también que no habían encontrado rastro alguno en el cuerpo del niño, salvo un resto de Betadine en la cicatriz del ombligo y otros de fibras de polipropileno y de polímeros termoplásticos, lo que significaba que en algún momento había llevado pañales comunes.
No había restos de agua del charco en los pulmones y lo único que tenía cuando lo encontraron, la pinza umbilical o clip cauterizante, era muy común y de uso muy general.
Todo indicaba que la habían colocado con unos guantes de protección sanitaria.
Por ahí, no iban a sacar nada de lo que poder tirar.
Les explicaron que el niño permanecería en la unidad neonatal varios días más, en observación.
Lo primero, pues, era comprobar si había alguna denuncia por desaparición o secuestro de un recién nacido en todos los hospitales y clínicas con servicio de maternidad, tanto públicos como privados.
Dado que el recién nacido había recibido alguna asistencia en el parto, parecía probable que hubiese nacido en algún centro habilitado para ello.
También comprobaron si se había dado en España algún caso de abandono con alguna similitud, pero no se había registrado ninguno parecido.
Enseguida descubrieron que no había ninguna alerta, ni denuncia en el sistema por desaparición o secuestro.
Si el parto había sido en un centro hospitalario, la salida de la madre y el niño del mismo habría tenido que ser mediante alta médica.
No se registraba tampoco el fallecimiento de ninguna madre, ni de ningún niño en ese periodo de tres días que establecieron como premisa, ni en la región ni en el territorio nacional.
La posibilidad de que hubiese nacido fuera del país era más que remota, teniendo en cuenta el poco margen que había, aunque no era imposible.
Creían más probable que hubiese nacido dentro de la provincia, pero tampoco podían descartar que hubiese sido fuera de Asturias.
Habría que comprobar entonces, si de los nacidos en los últimos tres días en todo el territorio, varones y caucásicos, alguno había recibido el alta médica.
La estancia en el hospital en los centros públicos, cuando se ha producido un parto vaginal, es de cuarenta y ocho horas, salvo incidencias, y en el caso de la cesárea la estancia en el hospital suele ser de setenta y dos horas, por tanto, se podrían descartar los nacimientos por cesárea.
Comenzaron por Asturias; contactaron con una coordinadora del SESPA.
En los últimos tres días habían nacido trece niños de los que ocho fueron mujeres y cinco varones, todos en centros de la sanidad pública.
Solo uno de los varones había recibido el alta; el resto seguía en el hospital.
Comprobaron que el niño, de Oviedo, había recibido el alta médica esa misma mañana y se encontraba en su casa, felizmente.
Por lo tanto, ningún varón nacido en la región, en un centro sanitario registrado, podía ser el recién nacido abandonado.
Mucho más complicado sería hacer los mismos descartes en todo el territorio nacional.
Para eso contactaron con la coordinadora del Registro General de centros, servicios y establecimientos sanitarios (REGCESS) solicitando su colaboración.
Al cabo de un poco de tiempo de espera los pusieron en contacto con una funcionaria muy competente que pudo comprobar que en el resto de España se habían registrado ochocientos cincuenta y siete nacimientos en los últimos tres días.
Esto respondía a una media diaria mucho menor que la del último año, y que a ellos en este caso les favorecía.
De los ochocientos cincuenta y siete nacidos, cuatrocientos veintidós eran varones —también menos de la media del último año, que situaba en mayor porcentaje el nacimiento de varones sobre el de mujeres—, y de estos, solo doscientos catorce eran caucásicos.
Una vez aislaron los centros y regiones de nacimiento de estos últimos, para lo que hizo falta la colaboración de varios funcionarios del REGCESS más, procedieron a discriminar a aquellos varones caucásicos que habían sido dados de alta de los nacidos en los tres últimos días: solo veintiocho, distribuidos en doce centros sanitarios de siete provincias.
Ese mismo viernes se envió información a cada comisaria de las localidades en las que se ubicaban estos centros sanitarios, solicitando su cooperación en la localización y comprobación del estado de los niños dados de alta según esos parámetros establecidos.
Desde todas las comisarias implicadas se desplegó un dispositivo de búsqueda.
Si el recién nacido abandonado resultaba ser alguno de estos niños, los padres serían acusados de intento de asesinato de un menor y se les imputaría un delito de abandono de menores tipificado en el artículo 229 del Código Penal, que establece:
El abandono de un menor de edad o una persona con discapacidad necesitada de especial protección, será castigado con la pena de prisión de uno a dos años.
Asimismo, en caso de que ese abandono fuera realizado por los padres, la pena de cárcel se incrementa, suponiendo un castigo de entre 18 meses y tres años de prisión.
Y si además el abandono implica un peligro para la salud del pequeño, el castigo podría ampliarse hasta los cuatro años.
Se pusieron en contacto también con la Sección de Análisis de Conducta (SAC) del Cuerpo Nacional de Policía, adscrita a la Unidad Central de Inteligencia Criminal de la Comisaría General de la Policía Judicial y especializada en la investigación del delito mediante técnicas de psicología.
Dada la extraña naturaleza del caso a Antonio le pareció que podrían aportar alguna luz a la investigación. Solicitaron su colaboración.
Antonio y Andrés tuvieron una conversación muy interesante con el compañero de la SAC que los atendió por teléfono. Les pidió información general y les explicó, con bastante detalle, en qué consistía su trabajo.
Se ocupaban de estudiar las evidencias psicológicas y los vestigios conductuales que quedan reflejados en el modo en que el agresor comete el delito.
En este caso y por lo que les habían dicho, la víctima elegida y el lugar donde fue abandonada, eran la clave.
También las evidencias que se detectan a partir de los testimonios verbales de todos los implicados pueden ser de mucha ayuda.
El análisis de todos estos factores les permitía reconstruir los hechos y dar respuesta a preguntas como qué ha pasado y cómo ha pasado, y a elaborar hipótesis sobre quién y por qué.
El fin es conseguir un perfil individual del delincuente que pueda ayudar a su detención.
—Yo también creo que el lugar elegido para el abandono es premeditado, estudiado y ha de significar algo, no es casual, desde luego. ¿Crees que fueron los padres o solo uno de los dos? o incluso otra persona —preguntó Antonio.
—Es muy pronto para eso. Necesitamos estudiar todos los datos de los que dispongáis para poder sacar conclusiones, si es que podemos. Enviadnos, por favor, un dossier con todo lo que tengáis a mi correo electrónico y el lunes nos pondremos con ello. Por el momento es todo lo que os puedo decir.
—Por supuesto, en un momento te llegará lo que hemos conseguido hasta ahora: las transcripciones de los testimonios, las fotos del escenario y de los alrededores y lo poco que tenemos todavía de la científica. Estaremos en contacto. Muchas gracias y buen fin de semana.
Antonio recopiló todo lo que tenían y Andrés terminó las transcripciones de los testigos.
Ya no podían hacer nada más por el momento.
Dependían del resultado de la búsqueda enviada a las otras comisarias, sobre lo que, honestamente, no confiaban obtener ningún resultado, y de lo que pudiese revelar el análisis de laboratorio de la científica.
Así que, pasadas las ocho se fueron; el lunes seguirían.
Antonio se dirigió directamente a su casa.
Carmen ya lo había llamado varias veces viendo que se retrasaba tanto.
Se daría una ducha y se cambiaría de ropa, todavía llevaba puestos los zapatos de suela de goma que había comprado para el trabajo de campo y que llevaba siempre en el coche, para no estropear las deportivas que solía usar.
Tenía que cambiarse de calzado en el garaje y volver a dejar los zapatos en el maletero, para tenerlos a mano siempre que le pudiesen hacer falta.
Alguna vez había subido a casa con ellos puestos y se había olvidado de llevarlos de regreso al coche.
Esa noche Carmen y él habían quedado con varios amigos para cenar en un mexicano que habían abierto hacía poco.
Cecilia había hecho la reserva con dos semanas de antelación ya que al ser novedad tenía muchísima demanda.
A Carmen no le gustaba ir a restaurantes recién inaugurados, pero Cecilia había insistido en probarlo y como era su cumpleaños le concedieron el capricho.
«Menos mal que tengo plan para hoy, así por lo menos unas horas estaré distraído», pensó.
La inmersión en esas profundidades de la naturaleza humana, las del fango, lo habían dejado exhausto.
El caso de hoy era sin lugar a dudas el más extraño en el que se había involucrado en toda su carrera.
En muchas ocasiones se había encontrado con situaciones extremas, incluso con riesgo de su propia vida y la de otros, pero era policía y ese era su trabajo.
Era un profesional endurecido por muchos años de servicio. Había aprendido a tomar distancia y a no implicarse demasiado; tanto la empatía que mostraba en los primeros casos como el trato con las víctimas y la ilusión por hacer bien el trabajo se fueron apagando con el día a día.
Lo de hoy era otra cosa: delirante, una auténtica pesadilla.
Estaba seguro de que él no podría quitarse de la cabeza a esa criatura en mucho tiempo.
La imagen de lo que le había escuchado relatar a Samuel se le representaba mentalmente muy vívida.
Él no lo había llegado a ver —solo Samuel había visto realmente al niño en el charco llorando—, pero la escena la podía recrear perfectamente en su cabeza.
El bebé era francamente pequeño, incluso para ser un recién nacido. Su desvalimiento e indefensión sobrecogían, y sabía con certeza que los otros testigos, sobre todo Samuel, tendrían ese mal sueño durante mucho tiempo.