El niño del charco V. Antonio. Cudillero, 2 de octubre de 2015
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V. Antonio. Cudillero, 2 de octubre de 2015

Llevaba una mañana bastante tranquila en la comisaria, para ser viernes.

Lo peor eran siempre los fines de semana, pero esta vez no le tocaría a él; terminaba su turno a las cinco de la tarde.

Estaba acabando de redactar un informe que llevaba días retrasando.

No había tenido mucho tiempo y por fin se había puesto con ello; le faltaba la conclusión y se podría cerrar el expediente como caso resuelto una vez lo supervisase el inspector jefe.

Andrés se acercó a su mesa en ese momento. Eran compañeros desde hacía varios años:

—¡No jodas! un bebé… ¿muy pequeño?

—Ni idea tío, lo que me han dicho: «Bebé abandonado al final del paseo en el puerto de Cudillero. Se requiere Policía Judicial».

Antonio recordaba el último caso de un recién nacido abandonado.

Lo habían dejado en un garaje. La madre, una adolescente, había ocultado el embarazo y el parto.

Al final, los padres de la menor se habían hecho cargo de la criatura, pero a él no le había gustado nada aquella experiencia.

Los casos con menores, sobre todo con niños muy pequeños de por medio, lo ponían de especial mal humor.

Estaban acostumbrados a tratar con todo tipo de delincuentes y maleantes, infelices y pobres diablos en su mayoría, aunque alguno había malo a rabiar, caínes bíblicos, como solían llamarlos en comisaría, malos vocacionales.

Pero si las víctimas eran niños, se le revolvían las entrañas y le quedaba muy mal cuerpo.

Le costaba mucho quitarse esas escenas de la cabeza.

—¡Vaya suerte la nuestra! —dijo Antonio mientras cogía las llaves del coche—. A ver qué nos encontramos. Ya me veo todo el fin de semana agobiado con este asunto.

De la que pasaban por centralita, Antonio le dijo a Marisa que diese aviso para que acudiese al lugar de los hechos también la científica.

Llegaron a Cudillero a la una y media. Siguieron la carretera que bordea el puerto y divisaron, al final de la recta, a la UVI móvil y a algunas personas, no muchas.

Esos casos siempre terminan llamando la atención de la prensa sensacionalista que, lejos de ayudar, entorpecía todas las investigaciones.

Lo primero fue acercarse a la UVI móvil a ver al bebé y hablar con los sanitarios que esperaban por ellos, para poder trasladarlo al hospital.

Recién nacido, varón, caucásico. Había nacido con alguna atención sanitaria, ya que llevaba el clip cauterizante correctamente puesto y todavía muy tierno: calculaban que podría tener dos o tres días como mucho.

Aparentemente sano, solo presentaba una hipotermia que no era muy severa.

No podría llevar allí tirado, sobre el charco, mucho tiempo antes de que el hombre lo recogiera y lo calentara, acercándolo a su pecho y tapándolo.

No parecía desnutrido, ni deshidratado, lo que indicaba que lo habían alimentado los días anteriores desde su nacimiento, pero habría que esperar un examen más exhaustivo en el hospital para corroborarlo.

Preguntaron por los testigos y los sanitarios les indicaron que Samuel era quien había encontrado al bebé. El hombre del plumífero azul y la pareja habían llegado al poco tiempo, cuando Samuel ya había recogido al niño y lo tenía en sus brazos.

—Buenos días, soy el inspector de Policía Antonio Carrera y este es mi compañero el subinspector Andrés Suárez.

»Déjenme, por favor, sus documentos de identidad y uno por uno nos irán contando todo lo que ha sucedido tal y como lo recuerdan. No omitan ningún detalle —se presentó Antonio.

»Empezaremos por usted. ¿Samuel, verdad?

—Sí, soy quien lo ha encontrado.

Samuel les relató a los dos policías lo que había ocurrido y contestó a todas sus preguntas. Les dijo que por puro instinto, al ver al bebé así de desvalido no lo había pensado mucho y lo primero que se le había ocurrido había sido sacarlo del agua y taparlo. No sabía si lo había hecho bien:

—Tal vez no lo tenía que haber cogido así, sin saber; no le sujeté la cabeza y se podía haber desnucado por mi culpa.

Yo no había cogido un bebé tan pequeño en la vida: no tengo hijos, ni sobrinos.

Debería haber esperado por la mujer, que venía cerca y que, según ha contado, tiene hijos, nietos y experiencia o incluso, haber esperado por los sanitarios o la policía, por las pruebas y todo eso —se lamentaba Samuel.

—Samuel, tranquilo. Usted reaccionó como lo habría hecho cualquiera, poniendo al niño a salvo. En un segundo tuvo que tomar una decisión y tomó la correcta. El niño se encontraba en situación de peligro y cada segundo que pasase sería de sufrimiento para él; ya estaba hipotérmico.

—Eso dicen los sanitarios, pero yo mismo lo podía haber desnucado: lo acerqué a mí con la cabeza hacia atrás, colgando. El pobre no la sujeta por sí mismo; es tan pequeño.

—Dígame Samuel. ¿Recuerda haber visto a alguien más que a los otros tres testigos? ¿Recuerda haber visto mientras se acercaba a algún coche cerca o por las inmediaciones? —preguntó Andrés.

Por la recta mientras Samuel caminaba habían pasado un par de coches: uno rojo que iba más rápido de lo razonable, por eso se acordaba, y una furgoneta de reparto con un logo en los laterales con letras negras y amarillas.

Al responder a esta última pregunta, Samuel se dio cuenta de un detalle en el que no había reparado hasta ese momento.

Le pareció que podría ser importante: después de sacar al niño del charco, mientras lo tapaba, vio un coche blanco aparcado en el arcén, por la carretera que sube hacia el Mirador. Luego desapareció.

Era raro que estuviese parado ahí, en el arcén y en sentido contrario. Si el ocupante quería contemplar las vistas podría haber seguido hasta el Mirador, a unos cien metros, que dispone de aparcamiento y una mejor vista. Está perfectamente señalizado.  No tenía mucho sentido…

—¿Pudo ver la marca o el modelo?

—No, solo sé que era blanco. Podría ser un coche alto, algún todoterreno o monovolumen porque sobresalía bastante por encima del quitamiedos.

—¿Pudo ver al conductor? ¿Recuerda si dentro había una o varias personas?

—No, ni idea. Lo siento, en esos momentos bastante tenía ya. Estoy muy aturdido.

—Esto lo ha impactado, Samuel, es normal.

Antonio entonces reunió a los otros implicados y aprovechó la ocasión para indicarles que en la Policía disponían de un equipo de psicólogos que se ocupan del seguimiento y la posible terapia, si fuese necesario, de los testigos de algunos casos.

A su juicio este era sin duda uno de esos casos.

Lo que les acaba de ocurrir, podría llegar a ser muy traumático.

Les entregó a todos una tarjeta con los datos de este servicio.

Les aconsejó que se pusiesen en contacto y se prestasen a una primera valoración de los especialistas.

Le pidieron a Samuel que se quedase por allí un rato más, por si necesitasen preguntarle alguna cosa después de oír los otros testimonios.

—¡Ah sí! Samuel, perdone, una última cuestión. ¿A qué hora salió de la plaza y comenzó la caminata por la recta del paseo del puerto?

—Pues recuerdo que miré la hora, para calcular lo que me quedaba hasta las dos y media que tendría el arroz que dejé encargado. Eran las doce y cuarto, así que en un par de minutos estaba enfilando la recta.

Antonio y Andrés siguieron con los otros testigos.

Primero con la mujer, Elisa y por separado el acompañante, su marido Ricardo.

Ella estaba hecha un manojo de nervios, los sanitarios ya le habían administrado un calmante.

Él, un poco más tranquilo, había sido quien había hecho la llamada al 112: en su teléfono aparecía registrada a las doce y cuarenta y tres minutos. La versión de ambos coincidía.

Vecinos de Cudillero y casados, salían todos los días que el tiempo lo permitía a pasear, más o menos a esas horas.

Casi siempre esa misma ruta, con pocas variaciones.

Los dos jubilados: Elisa había sido empleada en un pequeño supermercado del pueblo que ya estaba cerrado y Ricardo funcionario de correos.

También recordaban haber visto pasar al coche rojo —un fangio había dicho ella— y a la furgoneta de reparto.

Ninguno de los dos recordaba el coche blanco de la carretera.

Hasta que oyeron las voces de Samuel iban hablando de unos asuntos de familia, distraídos.

Elisa no dejaba de hacerles las mismas preguntas:

—¿Qué va a pasar ahora con ese bebé? ¿Qué va a ser de él?

Ellos respondieron lo único que sabían, que los Servicios Sociales del Principado, una vez le diesen el alta en el hospital, se ocuparían de la guarda temporal del niño.

Estaría perfectamente atendido hasta que se buscase otra solución.

Elisa insistía en preguntar quién lo habría hecho y por qué.

Los policías comprendían la insistencia de Elisa, que seguía muy afectada:

—Sí, agente, eso no se lo discuto, pero sin padres y sin familia. ¡Por Dios, no lo quiero ni pensar! Si no llega a ser por este chaval a estas alturas podría ser cadáver ya —dijo Elisa con expresión descompuesta.

Los policías le pidieron a su marido que intentase tranquilizarla. Tenían que avanzar con los otros testigos dándoles a entender que, aunque de los padres y de la familia no sabían nada todavía, obviamente, existían. Su trabajo era intentar localizarlos.

—¡Pues vaya padres! Y si los encuentran, ¿les van a entregar al niño?

Mejor sería que se quedasen con él unos padres como Dios manda.

Sé yo que hay muchas parejas esperando por niños para adoptarlos, porque ellos no los pueden tener.

Los traen incluso de otros países, hasta de China, como hizo una sobrina mía.

—Eso no lo decidimos nosotros, Elisa, el fiscal de Menores será quien decida el futuro del pequeño —respondió Andrés.

Le tocó el turno al hombre del plumífero, que se presentó como José Luis. También era vecino del pueblo y también jubilado, de la banca. Antonio le pidió que resumiese, en la medida de lo posible, aquello que considerase de importancia para el caso, sin omitir detalles.