El niño del charco IV. Samuel y Marta. Gijón, 1995-1997
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IV. Samuel y Marta. Gijón, 1995-1997

A Marta la había conocido una noche de verano en un local de moda por aquel entonces. Era compañera de trabajo de su amigo Carlos, enfermero del servicio de urología en el Hospital de Cabueñes. Ella, enfermera de rayos.

Estaban tomando algo de pie, copa en mano, cuando Marta pasó por delante y se paró a saludar a Carlos. Samuel la miró… Guapísima e impresionado no pudo contenerse, así que metió baza enseguida y le pidió con descaro a Carlos que los presentara:

—¡Carlos, tío, preséntame a tu amiga!

—Esta es Marta, compañera del hospital, también es enfermera; Marta, este es Samuel. Está terminando en la Escuela de Aviación de La Coruña.

—¡Anda ya! ¿Vas a ser piloto? ¿Como en Top Gun ? —preguntó Marta.

—Bueno, piloto ya soy; estoy terminando prácticas y en un par de meses me darán una ruta como piloto comercial segundo, en Iberia —respondió Samuel.

Carlos se puso bizco mirando al resto de amigos y se apartó. Todos sabían ya lo que iba a pasar…

Samuel y Marta siguieron a lo suyo: Samuel desplegó al completo su multicolor cola de pavo real y Marta quedó hipnotizada, al instante.

Los amigos estaban acostumbrados a aquello.

Llevaban años viendo la facilidad con la que Samuel les echaba el anzuelo y ellas, todas guapas, picaban casi siempre.

Tenía una planta imponente, uno de los guapos oficiales de Gijón en aquellos años y en cuanto decía lo de piloto, ya era el acabose . Pescaba sin querer.

Lo que no sabían sus amigos era que aquel nuevo amor acabaría, a la larga, destrozando a Samuel el triunfador.

La cosa prosperó esa noche. Samuel y Marta empezaron a salir: Marta entonces tenía veinticuatro años, Samuel veintitrés.

Su noviazgo se convirtió en formal. Samuel se entregó por primera vez, en espíritu y sustancia, a la conquista de Marta. El romance duró poco más de dos años, todo miel.

Marta seguía trabajando en el servicio de rayos en el Hospital de Cabueñes y Samuel hacía la ruta trasatlántica comercial con Iberia, Madrid-San José. Ganaba un buen sueldo y en cuanto quedaba libre de sus obligaciones aéreas volvía a Gijón. Solo pensaba en Marta y solo tenía ojos para ella.

Estaban buscando casa —el piso de soltero de la playa donde vivía Samuel era alquilado—.

Les gustaba un chalecito que se vendía en La Providencia que, aunque no era muy grande, admitía ampliación y la reforma no resultaba aparatosa.

La vista desde allí era increíble, toda la ciudad y la bahía de San Lorenzo a sus pies; lo mejor de la casa eran, sin duda, los atardeceres.

Habían ido por allí varias veces acompañados de un amigo arquitecto para estudiar las posibilidades, y la consulta en el banco ya estaba hecha: la hipoteca, sumada al coste aproximado de la reforma, estaba preconcedida.

Solo faltaba llegar a un acuerdo con la agencia y el propietario.

Fue por entonces cuando a Marta la trasladaron a Ginecología.

Era la especialidad que más le gustaba y hacía tiempo que había solicitado plaza en ese servicio.

Justo se había jubilado una enfermera y Marta pudo reclamar la vacante; estaba encantada.

Samuel se alegró mucho por ella, sabía que era lo que quería.

El ginecólogo, jefe del servicio, le cayó fenomenal desde el principio.

Le sacaba diez años y no era guapo precisamente, pero tenía un no sé qué; un gran profesional que le enseñaba muchísimo.

Hacían juntos las visitas diarias por las habitaciones de maternidad y ese trato directo con las pacientes era lo que más le gustaba a ella.

Esto le contaba Marta a sus amigas y al propio Samuel, mientras seguían con sus planes de boda.

El padre de Marta insistió en que el banquete debía celebrarse en el Club, algo que a Samuel le pareció bien…

hasta que se enteró que había una lista de espera de un año para tener comedor libre.

Protestó un poco, le parecía absurdo posponerlo todo tanto por un simple restaurante, pero Marta lo convenció:

—Samu, en mi familia siempre lo hemos celebrado todo en el Club. Papá y Mamá se conocieron allí, ya lo sabes. Para ellos es muy importante y para mí también, la verdad. No me imagino mi boda en otro sitio: ceremonia en San Pablo y banquete en el Club. Total, ¿a ti qué más te da?

—Eso ya lo sé, Marta; sé lo importante que son estas celebraciones para tu familia, pero esperar un año por un restaurante, me parece mucho tiempo.

La casa, si firmamos pronto, estará lista en seis meses, y antes podríamos vivir en mi piso de la playa.

Siempre dices que te encanta y está muy céntrico.

—Sí, Samu, pero tampoco tenemos tanta prisa por casarnos. Ya estamos casi siempre juntos y cuando estás aquí paso más tiempo en tu casa que en la mía. La diferencia no sería tanta y de hacer las cosas, quiero hacerlas bien.

—Vale, cielo, yo solo quiero verte contenta. Pídele a tu padre que concrete en el Club fechas y con eso iremos a San Pablo para reservar la iglesia también.

Después de valorar varias opciones —ya que Samuel dependía de las rutas de vuelo que tenía asignadas—, la fecha se confirmó para julio del año siguiente, 1998.

Pasó el verano del 97 y entró el otoño. Samuel aterrizó en Ranón a las diez de la mañana, aunque lo previsto era llegar en el vuelo de las cuatro de la tarde.

Volvía de Madrid donde terminaba la ruta que hacía entones a San José, la capital costarricense.

El vuelo de regreso se había adelantado un poco: lo justo para enlazar unas horas antes en el avión con destino a Asturias.

Esa tarde, Marta y él habían quedado a las seis en la notaria para firmar la compra de la casa.

La operación se había retrasado más de la cuenta por un problema del registro: constaba la vivienda con cargas pendientes, ya que los propietarios no habían liquidado la cancelación de la hipoteca y no se había registrado.

Los propietarios lo solucionaron enseguida, pero en el registro de la propiedad se lo tomaron con calma.

Llevaban más de una semana sin verse. Samuel había doblado turno encadenando dos rutas transatlánticas seguidas para cubrir una baja temporal de otro piloto.

La compañía se lo había pedido y él había accedido encantado: esas horas extra, muy bien remuneradas, les vendrían de perlas ahora, entre la compra de la casa, la reforma y la boda.

Samuel pasó por el piso de la playa; se dio una ducha y se preparó un buen desayuno.

Aunque sentía por partida doble los efectos del jet lag , no quería acostarse.

Prefirió pasarse por casa de sus padres, a la vuelta de la esquina, y hacerles una visita.

Su madre, que sería la madrina, estaba entusiasmada con la boda y ya andaba dándole vueltas al modelito.

Después de casi una hora de monólogo materno, Samuel miró de reojo al padre, quien acudió al rescate:

—Lárgate ya hijo, que por hoy ya has tenido bastante cháchara de esta máquina de hablar.

—¡Pero mira qué eres borde hombre! Son cosas que hay que tener previstas, los preparativos llevan mucho tiempo, las invitaciones… todo y no quiero que nos pille el toro —resopló su madre.

—A ti no creo que te pase; no te pilla seguro, imposible. Lo cuentas veinte veces al día; hasta las vecinas saben ya los pormenores —apostilló su padre riéndose de su propia gracia.

Samuel los dejó a los dos con sus cuitas y se fue a dar un paseo por la senda hasta la playa de la Ñora para hacer un poco de tiempo y despejarse, pensando en darle después una sorpresa a Marta: iría a esperarla a la salida del trabajo, a las tres de la tarde.

Caminó a buen paso, como a él le gustaba. Se encontró con varios conocidos a los que saludó sin detenerse demasiado y, en un par de horas, completó todo el recorrido. De regresó a su piso, se dio otra ducha rápida.

El día anterior ella le había comentado por teléfono que prefería quedar en casa primero, antes de ir al notario, porque quería comentarle algo.

Samuel, como ya iba justo de tiempo, pensó en avisar a Marta dejándole un recado en la centralita antes de bajar al garaje a por el coche; pero, en vez de eso, le pisó un poco al acelerador y consiguió llegar al hospital a las tres y cinco.

Dio un par de vueltas por el parking de abajo, donde siempre aparcaba Marta y reconoció su coche enseguida: había llegado a tiempo.

Justo vio que dejaban libre una plaza al final de esa misma hilera.

Esperaría allí hasta ver aparecer a Marta, que algunas veces se retrasaba para terminar alguna visita de última hora.

Al poco tiempo, la vio doblar la esquina del aparcamiento y enfilar la calle donde había dejado su coche. Le pareció más guapa que nunca, pero no caminaba sola: el ginecólogo, su nuevo jefe, la acompañaba en despreocupada conversación.

Samuel miró de arriba abajo a Ramón, el ginecólogo.

Lo había visto un par de veces en el hospital con la bata blanca y otra en la entrada del Teatro Jovellanos, pero no se había fijado mucho en él.

Ahora le prestó un poco más de atención: el tipo no era gran cosa, más bajo que alto, rechoncho sin estar gordo, y de cara tampoco parecía muy agraciado; bastante corriente, al menos de lejos. Además, era mucho mayor que ellos.

«Mejor», pensó.

Los dos se acercaron al coche de Marta, que ya llevaba la llave en la mano. Samuel salió del suyo para ir a su encuentro y lo cerró. Al rodearlo por delante para dirigirse hacia ellos, pudo ver cómo Ramón se acercaba a Marta, la cogía de la mano y la besaba en la boca. Luego se alejó diciendo:

—Nos vemos mañana, cielo.

Samuel se paró en seco y dio media vuelta de regreso a su coche —todavía llevaba la llave en la mano—; abrió la puerta y se sentó. Cuando puso la llave en el contacto, en la radio sonaba: Cruz de navajas por una mujer .

—¡Puta canción! —exclamó.

Inmóvil, notó cómo un calambre, una bomba acuchillada, le llegaba al corazón y lo dinamitaba en diez mil pedazos…

Marta pasó en su coche por delante de él en ese instante, pero no lo vio.

Samuel esperó así, petrificado, hasta las cuatro y media, hora a la que se puso en marcha para llegar a su piso, como un águila con las alas quebradas, un poco antes de las cinco.

Cuando Samuel apareció, desencajado, Marta ya estaba allí, inquieta. Ella había visto la maleta de Samuel en el banco de la entrada y supo que algo no iba bien. No se besaron.

—¿Qué tal la semana? —preguntó Marta.

—Bien, aunque muy cansado.

—Me imagino. Son mucho tute dos vuelos tan seguidos. No tienes buen aspecto.

—Ya, no creo que lo repita. ¿Qué es lo que querías decirme?

—Verás, Samu. Creo que nos estamos precipitando, con lo de la casa y la boda. Somos todavía muy jóvenes. No sé, tendríamos que vivir un poco más antes de casarnos y tener más experiencias para dar el paso definitivo, ¿no te parece?

—Pero ¿qué dices Marta?, ¿qué experiencias? Fuiste tú la que habló de comprar una casa con jardín y vistas al mar, una que nos permitiese tener familia más adelante. Yo estoy contento en este piso y para los dos es más que espacioso.

—Ya, pero no es solo por la casa, es todo. Atarnos ya para siempre… ¿Y si luego aparece alguien?

—¿Qué alguien Marta? Yo solo te quiero a ti, pero ahora mismo no te entiendo, de verdad.

—Y yo te quiero a ti Samu, mucho, pero tengo dudas.

—¿Qué dudas? Dime lo que te pasa ya, Marta. ¡Por Dios!

—No quiero engañarte, Samuel. Creo que estoy empezando a sentir algo por Ramón, el ginecólogo.

Samuel sintió cómo llegaba una nueva bomba al corazón, pero esta vez no pudo dinamitar nada. Su corazón ya estaba roto y supurando furia.

—Creo que lo mejor es que nos demos un tiempo, para aclarar las ideas — dijo ella—. No tenemos nada firmado aún y podemos esperar un poco más. Yo quiero dar el paso definitivo con total seguridad, sin sombra de dudas y ahora mismo las tengo.

—¡Recoge tus cosas, Marta! Voy a dar una vuelta en moto y cuando vuelva no quiero encontrarte ni a ti, ni a nada tuyo. Deja las llaves sobre la mesa de la entrada antes de salir: tú y yo hemos terminado —concluyó Samuel, mirándola con ira, antes de salir dando un portazo.

Esa tarde no fueron al notario; no compraron la casa de La Providencia con vistas a la bahía de San Lorenzo y tampoco hubo ceremonia en San Pablo, ni banquete en el Club.

En realidad, no fueron juntos, porque Marta sí fue al notario, a San Pablo y al Club, pero no con Samuel, sino con Ramón, el ginecólogo.