El niño del charco III. Samuel. Gijón, finales de septiembre de 2015
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III. Samuel. Gijón, finales de septiembre de 2015

Samuel salió temprano hacia el aeropuerto desde su piso de la playa de San Lorenzo. Llevaba poco más de un año haciendo la ruta Ranón-Orly con Vueling. El vuelo despegaba con destino a Orly a las siete y media de la mañana y la tripulación debía presentarse dos horas antes.

Había cambiado de compañía hacía poco; antes volaba con Iberia, pero, aunque económicamente era más ventajoso tenía peores rutas asignadas y el dinero ya no era un problema.

A los cuarenta y tres años había trabajado en rutas muy duras y había hecho bastantes sacrificios por la profesión, aunque muy bien remunerados.

Ahora prefería tener más tiempo para él y esta nueva ruta le resultaba muy cómoda, ya que pasaba la mitad del tiempo en Gijón y la otra mitad en París, su ciudad favorita, desde la que además aprovechaba su condición de comandante para viajar por todo el mundo.

Visitaba lugares de los cinco continentes. Disfrutaba con la aventura por desiertos, por selvas y por safaris. Incluso había participado en una expedición de trineos con perros en Alaska.

Alguno de sus viajes había resultado peligroso, como el que hizo a Tokio.

Desde pequeño le fascinaba la cultura oriental, sobre todo la nipona y las leyendas de los samuráis, así que quiso buscar por su cuenta los últimos vestigios de aquel mito.

Ignoró las advertencias del guía y del recepcionista del hotel y acabó perdiéndose por los callejones de una zona controlada por la Yakuza.

Por poco sale mal parado del encuentro. Después de aquella nefasta experiencia, el mito samurái quedó aniquilado.

Le apasionaba el alpinismo, la montaña y sus cumbres. Tenía ya en su haber un ochomil , el Annapurna, y conocía cada paso, arista o desnivel de los Picos de Europa.

El fin de semana anterior había subido con sus compañeros de montaña al Picu Urriellu, su preferido. Hacerlo con los amigos de siempre le añadía un valor entrañable con el que nada podía competir: esfuerzo compartido para coronar lo más imponente de la naturaleza asturiana.

Aunque existen varias vías de aproximación a la base del Urriello por sus diferentes caras escalables, se habían decidido a intentarlo accediendo al Refugio de la Vega Urriello, situado en la cara Oeste, desde un embarcadero de ganado con zonas de aparcamiento al que se accede por una pista transitable para vehículos.

Habían quedado en la entrada de Sotres para subir desde allí todos juntos.

Se pusieron en marcha después de saludarse con afecto.

Hacía mucho tiempo que no coincidía con alguno de ellos: ahora eran padres de familia cargados de obligaciones, con muy poco tiempo para sus aficiones y un principio bastante evidente de redondez abdominal.

Samuel se alegró mucho de verlos de nuevo.

Dos de sus compañeros solían discutir entre ellos, por casi todo.

Esta vez había sido por la vía de escalada.

Tras un pequeño rifirrafe y una intervención de Samuel, se pusieron de acuerdo y se decidieron por la vía Rabadá-Navarro.

Después de varias paradas y algún pequeño contratiempo consiguieron llegar a la cumbre los nueve, todos juntos.

Samuel recopilaba en un álbum las fotos de todas sus ascensiones y le gustaba repasarlo de vez en cuando. Desde que la pandilla había empezado muchos años antes con esta afición habían sufrido varias bajas, por unas u otras razones y, a veces, sentía nostalgia de aquellos tiempos.

***

Ya en el aeropuerto de Ranón, llegó a la zona reservada para la tripulación donde se reunían a despachar el plan de vuelo. Allí se encontró con Lucía, la azafata que había empezado con ellos hacía poco, con la que ya compartía cierta intimidad.

La chica tenía 38 años, divorciada reciente y guapa. Quería divertirse sin compromiso, o al menos, eso decía ella. Pasarían el fin de semana juntos en París y ya se vería cuánto duraba la aventura: aunque existía cierta tensión sexual entre ambos, no tenía buenas vibraciones.

Samuel tenía sobrada experiencia en asuntos de cama y ya le costaba llevar la cuenta de sus líos de faldas. La mayoría surgían en el trabajo, aunque también acumulaba conquistas en los grupos de montaña y en las expediciones en las que participaba. Y todas eran guapas.

Ellas, muy a menudo, se lanzaban al coqueteo bajo una inocente premisa: «Sin compromiso, ¿eh?

». Sin embargo, después de no muchos encuentros y algún fin de semana juntos, se mostraban partidarias de un romance más serio.

Enseguida proclamaban esas frases hechas que poco antes decían detestar: «formalizar la relación», «pensar en dar un paso más» o «crear algún vínculo».

Samuel sabía que aquello anunciaba peligro.

No daba para más; tocaba huir. Era lo que él llamaba «darles el pasaporte»: una retirada a tiempo.

Nunca había sido machista; siempre les dejaba claro desde el principio que no quería romances serios, solo diversión.

Nada de compromisos, controles ni contratos de fidelidad.

Nada de nidos. De todas las mujeres que habían pasado por su vida, escasamente media docena cumplió con lo pactado.

Quedaban de vez en cuando, pasaban un fin de semana divertido o una noche loca, y poco más.

Irónicamente, fueron ellas las que, aburridas de él, terminaron dándole el pasaporte.

Había leído bastante sobre la evolución y sobre cómo los papeles ancestrales de los guerreros-cazadores y de las Hestias, guardianas del fuego del hogar, habían determinado durante miles de años muchas de las diferencias entre hombres y mujeres.

Con los años y la experiencia había desarrollado su propia teoría, convencido de que estos casos aislados eran la excepción que confirmaba la regla: por lo general las mujeres buscan un romance, aunque ellas casi siempre lo niegan o lo ignoran.

Todas creen, al principio, que quieren un lío, un aquí te pillo…

, pero su naturaleza enseguida se revela.

Si el hombre muestra condiciones de guerrero-cazador, sale la madre gestadora que llevan dentro, por ese instinto primitivo y subyacente.

Es entonces cuando sienten una necesidad irreprimible de hacer el nido.

Un rasgo atávico impuesto por esa Hestia milenaria del que las mujeres todavía no han podido desentenderse, aunque cada vez lo intenten en más ocasiones.

Sabe que su teoría tiene fecha de caducidad. Calcula una generación más, como mucho, para que las mujeres occidentales logren desembarazarse de ese instinto.

El vuelo de vuelta a Ranón desde Orly fue según lo previsto.

Sin embargo, como se temía, el fin de semana en París con Lucía no resultó como esperaba; tal vez faltase interés por su parte.

Ni el sexo —más por cumplir con las expectativas de ella que por gusto—, ni la compañía le resultaron tan gratos.

La aventura se resumía en una indiferente desilusión por ambas partes.

Por eso, antes del vuelo de regreso, se dieron el pasaporte mutuamente, sin dramas.

Hacía tiempo que Samuel había tomado la firme determinación de no hacer ningún nido con nadie. Solo hubo una mujer a la que amó de verdad. Con ella le hubiera gustado formar una familia, si no le hubiese roto el corazón.