II. El niño del acebo. Llanes , diciembre de 2022
La noche anterior, en un bar de Llanes, Carmen había coincidido con una conocida que le habló de una ruta de senderismo que estaba muy cerca de allí, fácil y rápida de hacer.
Fue una casualidad muy oportuna porque al final, entre la cena y las copas, llagaron tardísimo a la casa rural donde se alojaban y ese domingo no madrugaron lo suficiente como para hacer lo que tenían previsto. Hubo entonces, un cambio de planes.
Desayunaron con prisa y se prepararon para la caminata, tras una breve discusión entre Carmen y Antonio por unas botas de montaña que Antonio había olvidado en casa:
—¡A ver hombre! Te pregunté y me dijiste que estaban en el coche, ¿o no? Y yo me despreocupé. Sé perfectamente dónde las tenemos guardadas, en el estante del fondo de la despensa, pero no lo comprobé. Es cosa tuya si no sabes dónde las tienes.
—Pues tenías que haberlo comprobado, Carmen, porque yo creía que las tenía aquí, en esta bolsa del maletero y resulta que aquí lo que tengo son estos zapatos viejos de suela de goma que usaba hace años para el trabajo de campo.
—¡Lo que me faltaba! Ahora la culpa es mía. Te pregunto; me dices que las tienes en el coche y soy yo la que tengo que comprobar que es así… ¿Pero tú te estás oyendo?
—Pues hoy no puedo ir así, con estas deportivas tan nuevas; que las voy a destrozar y estos zapatos tienen la suela ya muy gastada. ¡No sé qué será peor!
—Te aguantas, chico, y para otra vez estás más atento que soy yo la que tengo que estar siempre pendiente de todo y además, con esos zapatos puedes ir perfectamente, que según nos han dicho no es alta montaña ni mucho menos, que es un camino muy sencillo, casi un paseo.
Los cuatro se pusieron en marcha y llegaron, sobre las diez y media, al pueblo donde comenzaba la ruta. Era de acceso sencillo, de no más de tres horas y circular. Dejaron el coche en el aparcamiento y comenzaron la marcha.
El sol de diciembre, alegre, les calentaba la espalda durante la pequeña subida, si bien la temperatura ambiente era baja: la noche anterior habían llegado a los cuatro grados.
El cielo estaba completamente despejado de un azul muy intenso para esa época del año.
El camino discurría entre murias de piedra delimitando las fincas, aunque con la lluvia de los últimos días estaba muy embarrado.
Por algunas zonas se caminaba con dificultad y los pies se hundían en la tierra blanda. Antonio echaba de menos sus botas:
—Estos zapatos me están amargando, ¡coño! Se pegan en el barro. Con lo fácil que era preparar las botas y meterlas en el coche, o avisar por lo menos.
—Antonio, no seas pelma quieres, que eres muy, pero que muy cansino. ¡Olvídate ya de las dichosas botas, que me estas fastidiando el día! —contestó tajante Carmen.
Antonio hizo una mueca graciosa, y todos se rieron quitándole hierro al asunto mientras se paraban un momento a contemplar el paisaje.
Las pequeñas rocas gris parduzco emergían anárquicas, quebrando el verde hierba y contrastando con el pelaje ambarino de las vacas, que pastaban adocenadas al amparo de un toro descomunal y de mirada desafiante.
Continuaron la marcha sin prisa, entre risas y chácharas, acompañados por el eco lejano de los cencerros.
—Las vacas pastan tan despreocupadas que da paz solo mirarlas. Esa parsimonia que tienen para todo; esa manera tan despreocupada que tienen de moverse… esa calma… ¡Qué maravilla! —dijo Cecilia entusiasmada.
En una de las fincas llegaron a contar hasta veinte terneros y Cecilia quiso pararse a hacerles unas fotos.
—¿Otra parada para foto? ¿Me quieres decir qué tienen de particular esas vacas? —le preguntó Pablo a su mujer—. Si son todas iguales… con tanta adoración y tanta pachorra.
—Me encantan las vacas, ya lo sabes de sobra: pasaba las vacaciones en el caserío de los abuelos entre los animales, aunque aquellas vacas no eran de carne como estas, sino de leche. Estas me gustan más, pero de momento no las adoro, ¿eh? Solo las contemplo y además, no tenemos ninguna prisa.
Tuvieron que apartarse para dejar pasar a un todoterreno que arrastraba un remolque donde iba un potro muy nervioso.
Al cabo de un pequeño trecho, pudieron verlo de nuevo: era un animal joven, vigoroso, de capa zaína y cola y crines negras.
Galopaba con mucho brío en círculo dentro de una de las fincas, bordeando el muro que lo separaba del camino.
Antonio les contó entonces que, de niño, montaba a caballo a pelo en la finca familiar, solo con el bocado y las riendas.
Su abuelo, que por aquellos tiempos le llamaba Jerónimo por una película de indios que habían visto en la televisión, le preparaba a Martina: una yegua blanca.
Era la única que se dejaba montar así y solo por él, que apenas pesaba.
—¿Y montabas medio desnudo como Jerónimo? —preguntó Pablo.
—Pues mira, desnudo no, pero tengo una foto con seis o siete años montando a Martina con tan solo un pantalón corto. Me gustaría ampliarla, si la encuentro.
—Pues nos la tienes que enseñar, Antonio, seguro que eras muy mono —apuntó Cecilia.
—Hombre pues sí, era muy guapo ya de pequeño y como decía mi abuelo más listo que un ajo…Todo cabeza.
Seguían riendo cuando doblaron una curva del sendero, entre árboles.
Un poco más arriba, varias vacas se cruzaron por delante de ellos; les extrañó que avanzaran sin ninguna compañía.
Fue entonces cuando distinguieron, en un pequeño claro, a un niño solitario, con una sudadera roja y unas tijeras de podar en las manos.
No tendría más de siete años y Antonio se detuvo un momento para preguntarle:
—¿Cómo es qué estas vacas van solas?
—No lo sé —dijo el niño—. No son mías.
—¿Y qué haces tú por aquí?
—Estoy buscando un acebo para regalarle a mi tío —respondió el niño con naturalidad.
—¡Pues a ver si tienes suerte y lo encuentras!
A todos les llamó la atención que el niño estuviese solo y la sinceridad de su respuesta. Carmen comentó lo inocentes que son los niños a esas edades, transparentes.
Siguieron avanzando y al momento oyeron, a lo lejos, al niño llamando a su padre y cómo una voz de hombre le respondía.
—¡Ah! Ya me parecía a mí. El padre estaba cerca, claro. Era muy extraño que el niño estuviese solo por aquí. No hay casas y es todavía muy pequeño —argumentó Carmen.
—Sí, era muy raro que estuviese solo —apuntó su marido.
Se pararon varias veces más a ojear alguna cabaña de pastor que quedaba bien conservada. En una roca con un socavón, un manantial formaba un abrevadero natural para el ganado. Se hicieron allí varias fotos.
El sol seguía calentando cuando, tras casi tres horas de marcha, el pueblo apareció en el paisaje.
En la parte alta destacaban dos impresionantes casas indianas: las fachadas orientadas al norte miraban el mar Cantábrico, mientras que las del sur se abrían a las cumbres nevadas de la Sierra de Cuera. El contraste era un espectáculo.
Las dos casonas lucían el cartel de «Se vende». Pablo quiso hacerles unas fotos pensando en un amigo que buscaba algo de esas características para convertirlo en hotel. Por su ubicación y sus vistas inmejorables, ambas eran perfectas.
La más grande incluía una finca de varias hectáreas cerrada por un muro de piedra.
Su vegetación, frondosa y bien cuidada, contaba con un gran número de árboles autóctonos.
Además, en el jardín de la entrada principal, un par de palmeras daban la bienvenida a los visitantes igual que columnas corintias.
Siguieron camino, pero no sabían cómo llegar desde allí al aparcamiento donde estaba el coche, así que le preguntaron a una mujer que paseaba con poca prisa:
—Tienen que cruzar todo el pueblo y al final, detrás de la iglesia, tomar el camino que va hacia abajo. No tienen pérdida, en cuanto pasen la iglesia ya se ve.
Al pasar por delante de un bar con un toldo blanco y una pequeña terraza, antes de llegar a la iglesia, vieron a un niño sobre un patín correteando por allí delante. Su sudadera roja les hizo reconocerlo enseguida y Cecilia le preguntó:
—¿Qué, hubo suerte con el acebo? ¿Lo has encontrado?
—¡Sí, un acebo hembra! —contestó con entusiasmo el niño mientras pasaba patinando muy cerca de ellos.
La ilusión de su respuesta fue tan contagiosa que la inocente escena resultó conmovedora. La cercanía del pequeño les permitió reparar en sus grandes ojos: eran del color de las vacas del valle, un ámbar casi dorado. Parecían dos chispas.
Siguieron el camino bordeando la iglesia como les había indicado aquella mujer y enseguida llegaron al aparcamiento, donde recogieron su coche para regresar a Llanes y rematar el fin de semana con una buena comida.
Después de comer, aprovechando que el día seguía fabuloso dieron otro paseo y callejeando llegaron hasta el Mirador de San Pedro donde se hicieron unas cuantas fotos más.
Ya de vuelta en la casa rural cenaron algo ligero y pasaron el resto de la velada delante de la chimenea: tomando unas copas y jugando a los dados antes de acostarse.
Tras volver a casa al día siguiente, Antonio reordenó las vivencias del fin de semana: la primera vez que había visto a ese niño del acebo en el claro había sentido un vértigo extraño en la boca del estómago, algo inquietante.
«Qué curioso», pensó «Aquel día, cuando nos dieron el aviso en la central, llevaba esos mismos zapatos de suela de goma que llevo en el maletero».