El niño del charco I. Samuel. Gijón-Cudillero, 2 de octubre de 2015
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El niño del charco

El niño del charco

Por Patricia Lopez Fernandez

© inepub.com

I. Samuel. Gijón-Cudillero, 2 de octubre de 2015

Samuel había planeado para el fin de semana con su grupo de montaña una subida al Torrecerredo, el más alto de los Picos de Europa.

Contaban ascender el sábado, pasar la noche en el albergue y bajar el domingo, pero estaba pensando en no acudir a la cita poniendo alguna excusa…

una molestia en una rodilla o una sobrecarga en un tobillo.

Su inoportuno encuentro con Marta, el día anterior, lo había dejado descolocado y un nubarrón muy gris lo sitiaba desde entonces.

No podía dejar de darle vueltas: cuando creía haber superado aquella ruptura, de dieciocho años atrás, apareció ella dinamitándolo todo, otra vez.

Carlos, su mejor amigo, seguía siendo compañero de Marta en el Hospital de Cabueñes y, a pesar de que la relación personal entre ambos era más fría desde la ruptura, tenía todavía algún contacto con ella en el trabajo.

Samuel le preguntaba por Marta de vez en cuando y Carlos le decía la verdad, que ella y su marido parecían una pareja feliz.

Samuel había vuelto a ver a Marta unas cuantas veces desde que habían roto, siempre de lejos, así que se habían podido evitar. Ese día, en cambio, se la había encontrado de frente, sola, paseando al perro por el Muro de San Lorenzo. Fue ella la que se paró y se acercó a saludarlo:

—Hola, Samuel. ¡Cuánto tiempo!

—Sí, Marta, mucho tiempo.

—Vaya, pues te veo genial; pareces el mismo de siempre.

—Gracias, tú también estás igual de guapa. Cumplir años te sienta bien.

—No me quejo. Serán las obligaciones que vienen con los años, porque supongo que sabes que Ramón y yo, al final, nos casamos y tenemos dos niñas, bueno, no tan niñas ya, además de este animalito. Los años me han pasado volando.

—Sí, algo me había contado Carlos de tu boda y también que vives en Somió, ¿no?

Lo dijo como si tal cosa, como si lo hubiese oído de casualidad. No quiso dar la impresión de muy enterado. Ella no merecía esa satisfacción.

—Tenemos una casa con jardín, que para las niñas es lo mejor y también para el perro, que con un año es muy inquieto y necesita mucho espacio; no para ni un momento.

—Es precioso y parece muy cariñoso, pero tiene pinta de ser muy juguetón —contestó Samuel acariciando al perro.

—Y revoltoso, rompe lo que pilla. Mucho más que las niñas cuando eran pequeñas y eso que son casi iguales; las tuvimos muy seguidas.

¿Y tú te has casado? Es que Carlos y yo no hablamos sobre ti; sé que no le gusta y hace mucho tiempo que decidí no preguntar.

Llegué a la conclusión de que lo pasaba mal cada vez que le sacaba el tema.

Carlos sufría y ella lo había notado, aunque no era cierto que no supiera nada de Samuel: lo sabía por su hermana, por su madre, por las amigas… No quiso dar la impresión de muy conocedora de su vida.

—Ya sabes cómo es; muy buena persona y un gran amigo y no, Marta, no estoy casado. Yo había elegido una mujer para eso, ya lo sabes, pero no pudo ser —respondió Samuel cortante.

No había querido decir eso. No quería parecer resentido ni despechado; se le había escapado. Su ímpetu lo había delatado y Marta lo había notado arqueando una sola ceja.

—Tienes razón; fue una canallada lo que te hice. A veces, la marea nos deja en la orilla cosas que cambian nuestra vida sin que lo podamos evitar. Solo me duele el daño que sé que te causé. Tienes que creerme.

—Sí, Marta, creo que entonces no pudiste evitarlo.

—Además, de eso hace muchos años ya y éramos muy jóvenes, casi unos críos. Habrás conocido a muchas mujeres desde entonces.

También lo sabía de sobra por su hermana, su madre, las amigas…

—Bueno, eso es cierto, pero no he querido comprometerme tanto con ninguna. Todavía no he encontrado a una mujer ideal para mí.

—O quizá, no has querido encontrarla —apuntó Marta con algo de coquetería.

El perro, al ver que otro can se acercaba, comenzó a ladrar tirando de la correa con tanta intensidad que a duras penas lo sujetaba su dueña, y Marta dijo entonces:

—Me tengo que ir Samuel, este ya no para. Me alegro muchísimo de haberte visto y espero que no vuelva a pasar tanto tiempo hasta la próxima.

—Yo también me he alegrado de verte.

Samuel vio cómo Marta se alejaba arrastrada por el perro y sintió de nuevo la descarga eléctrica, la corriente, el calambre recorriéndole el cuerpo, desde abajo.

Si esa mujer le hubiese dicho ven, como en aquel viejo bolero, los diez mil pedazos de su corazón se hubiesen ensamblado como un mecano, y pensó: «¿Seguiré enamorado de ella hasta las trancas? »

Esquivo, desde ese reencuentro con Marta, prefería la soledad para encarar sus sentimientos. Tal vez su amigo Carlos tuviese razón y Marta era una obsesión. «¿Por qué no soy capaz de olvidarla después de tanto tiempo? ¿Qué me pasa con ella?», se preguntó.

Ese viernes iría a dar una vuelta, airearse y ventilar un poco las ideas, ya resolvería qué hacer con lo de Torrecerredo.

Llevaba tiempo sin mover la moto, así que, decidió que a los dos les vendría bien un paseo y arrancó hacia Cudillero. Le gustaba ir de vez en cuando; caminar un poco por los alrededores del puerto y comer en uno de los restaurantes del pueblo.

Aparcó la moto en la plaza y se pasó por el Bar de Paco, donde comía el arroz con bugre desde hacía muchos años con su familia:

—¿Qué tal Paco?¿Cómo va todo?

—¡Hombre, Samuel! Cuánto tiempo que no te veíamos por aquí.

—Sí que hace tiempo, sí… Oye, un arrocín de esos que tú sabes, ¿podría ser para comer?

—¡Faltaría más, hombre! Hoy no tenemos mucho apuro. ¿Para ti solo?

—Sí, Paco, hoy como solo.

—Bueno, algunas veces viene bien estar solo. ¿Para qué hora te lo preparo?

—No sé. Quería dar una vuelta primero y llegar hasta La Cruz.

—Pues mira, calcula para las dos y media y si llegas antes esperas un poco con una cerveza aquí en la terraza, ¿te parece?

—Perfecto, pues entonces a las dos y media aquí me tienes.

La mañana estaba muy agradable, aunque había llovido bastante por la noche, ya había amanecido despejado. Samuel siguió camino muelle abajo, por la derecha. Quería ir hasta el final del paseo por el dique, hasta La Cruz.

El paseo, con una acera ancha, bordea todo el puerto y sigue por el mismo dique hasta el islote de La Cruz, formando un rectángulo que casi se cierra y solo deja abierta la bocana del puerto.

El recorrido desde la Ribera hasta el final del dique por el paseo supone unos dos kilómetros, cuatro ida y vuelta, cuando en realidad la distancia que separa los dos puntos, en línea recta, es de poco más de doscientos metros.

Samuel continuaba dándole vueltas a su encuentro con Marta.

Su ruptura aquel día en el piso de la playa había sido escueta.

Lo que Marta le había pedido entonces era tiempo, y él, en ese momento, no había querido mostrar debilidad, ni luchar por ella.

Además, le había dejado claro que no se arrepentía de su decisión, que era muy feliz, aunque a decir verdad, tanta felicidad le había resultado muy poco convincente, con cierto tufillo a naftalina:

Superhappy con el maridito, las hijas, la casita y el perro…

No sabía muy bien por qué, pero le pareció impostada, casi automática. Al menos esa era la impresión que le había causado:

«¿Coqueteó ella un poco al preguntarme por otras mujeres? ¿O lo he interpretado a mi manera?»

Recordó de nuevo algo que había dicho Marta: la marea deja en la orilla cosas que cambian la vida.

Había estado especulando sobre la frase y en ese momento cayó en la cuenta de dónde había oído algo parecido: Náufrago , la película protagonizada por Tom Hanks, que se sentaba horas a ver lo que el mar le ofrecía cada día.

A Marta le encantaba el cine, sobre todo el cine clásico y era muy frecuente que lanzase, a lo loco, frases de las películas que había visto viniesen a cuento, o no.

Samuel continuaba con estas disquisiciones cuando llegó al final de la recta donde la carretera, que hasta ese punto iba pareja al paseo, se separaba y subía en curva hacia el mirador, para salir por la parte alta del pueblo otra vez a la nacional.

La acera, por la que seguía el paseo, doblaba en ángulo recto hacía el dique.

Al doblar la esquina y dejar a su izquierda el aparcamiento se detuvo al oír algo, un maullido.

Miró hacia donde parecía proceder el sonido, por debajo del quitamiedos de la carretera y, sobre el asfalto del aparcamiento del dique, vio que algo se movía.

De lejos creyó que se trataba de un pequeño animal herido.

Se fue aproximando con curiosa calma, hasta que el impacto de la surrealista visión lo paralizó.

Solo al cabo de un momento pudo tomar conciencia de lo que tenía delante: un recién nacido diminuto, completamente desnudo, lloraba dentro de un charco sobre el asfalto.

Samuel comenzó a dar voces pidiendo ayuda; no había nadie cerca. Vio un hombre que venía hacía él desde el dique, pero estaba a unos cincuenta metros. Detrás, por la acera, venía caminando una pareja, algo más próxima; les grito:

—¡Llamen al 112! ¡Llamen al 112!

Se quitó con rapidez la cazadora que llevaba puesta —una bomber que siempre usaba para ir en moto, verde militar por fuera y forrada en naranja por dentro—; se la colocó debajo del brazo derecho apretándola con la axila para dejar sus manos libres y se agachó a por el niño.

No sabía cómo cogerlo, jamás había tenido en sus brazos a un niño tan pequeño.

El llanto era cada vez más apremiante, así que, lo agarró por debajo de sus bracitos y sacándolo del agua se lo puso contra el pecho sujetándolo después con una sola mano, mientras con la otra y con mucha dificultad lograba ponerle la cazadora por encima del cuerpo.

En ese momento llegó hasta él la pareja.

—¡Llamen al 112, joder! ¡Llamen al 112! ¡He encontrado un bebé aquí tirado, en el charco!

—Pero ¿qué dice? ¿Qué bebé? —gritó la mujer.

—¡Este bebé! —dijo Samuel mientras bajaba un poco la cazadora por donde asomaba la cabeza del niño.

—¡Por Dios, Ricardo, llama al 112! —le dijo la mujer a su acompañante, que ya tenía el teléfono en la mano.

En breve todos rodearon a Samuel. También el hombre que venía desde el dique y había apresurado su paso al oír las voces. A medida que se acercaba, pudo ver que llevaba algo sobre el pecho envuelto en la cazadora que le había visto quitarse.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó el hombre.

—Este chaval que ha encontrado un bebé desnudo, tirado en ese charco. Ya hemos llamado al 112. No tardarán —contestó la mujer con voz nerviosa.

—¡¿Qué dices?! Imposible. ¿Cómo va a dejar nadie un bebé ahí tirado? No puede ser.

—Mírelo usted mismo —dijo Samuel retirando un poco la cazadora.

El bebé había dejado de llorar y el hombre, estremecido, no supo qué decir.

—¡Es horrible! —gritó la mujer—. ¿Quién ha podido hacer una cosa así? Si es un recién nacido diminuto y desnudo. ¡Por Dios! Tiene que ser una madre enferma, una loca. No hay otra explicación.

En pocos minutos apareció la UVI móvil y los sanitarios se hicieron cargo de la criatura. Según le indicaron a Samuel, parecía un bebé sano, aunque presentaba principio de hipotermia.

Los dos agentes de la policía judicial llegaron al poco tiempo en un solo coche.

Uno se presentó como el inspector Antonio Carrera y el otro el subinspector Andrés Suárez.

Al cabo de un momento acudió también un coche de la científica con otros dos agentes que acordonaron la zona, ya que los viandantes comenzaban a acercarse.

Eran muy pocos a esas horas, al tratarse de un día de diario el paseo no estaba muy concurrido.

Los agentes de la científica tomaron varias muestras y peinaron la zona en busca de algún resto que pudiera ser útil.

Encontraron varias colillas que llevaban allí bastante tiempo, a juzgar por el estado en el que se encontraban, una lata de Coca-Cola abollada y con óxido en los dobleces y otra de Aquarius, muy deteriorada. Nada de todo ello era reciente.

Tomaron muestras del agua del charco en el que habían abandonado al niño. Registraron su tamaño y también el de los otros charcos que había en la zona. Se llevaron la cazadora bomber como prueba.

La ambulancia trasladó al niño al hospital Universitario, por ser el más cercano, para recibir atención sanitaria. La científica recogería más tarde todas las pruebas, los posibles restos, que los sanitarios pudiesen extraer del bebé. La pinza umbilical era lo único que llevaba puesto.