Capítulo 39 El billete sin retorno
El crujido del papel térmico entre sus dedos era el único sonido real en mitad del vestíbulo de la terminal de aviación.
Irene apretó la tarjeta de embarque impresa —solo ida, destino Ponta Delgada— sintiendo el calor sutil que retenía la tinta fresca de la máquina expendedora.
A su alrededor, el frío aséptico del cristal templado y las estructuras de acero de Barajas reflejaban una marea de pasajeros con los rostros iluminados por la luz azulada de sus pantallas.
Nadie miraba hacia arriba. Nadie escuchaba el eco metálico de la megafonía ni el olor acre a queroseno quemado que se filtraba por las turbinas de climatización.
Irene se detuvo frente a una papelera de reciclaje de acero inoxidable.
En su mano izquierda sostenía el smartphone corporativo de última generación.
El cristal suave del dispositivo vibraba en un espasmo continuo, desbocado, proyectando sombras de luz sobre su pómulo.
En la pantalla se agolpaban noventa y seis notificaciones pendientes: amenazas de querella por incumplimiento de contrato redactadas por el equipo legal del bufete, mensajes aullados por Mauricio en el buzón de voz y alertas de la prensa económica que especulaban sobre su dimisión fulminante.
Seis horas antes, haber visto esa pantalla le habría provocado un ataque de asfixia.
Ahora, tras haber firmado ante notario la venta de sus participaciones ejecutivas por una fracción ridícula de su valor y haber liquidado sus cuentas bancarias principales en un trámite relámpago, aquel parpadeo digital le parecía el vestigio inútil de un cadáver.
Llevaba puesta una camisa limpia de algodón basto, un pantalón de lana gris sin planchar y las botas de cuero gastado que había comprado en un puesto de segunda mano camino del aeropuerto.
En el hombro, únicamente un bolso de mano de lona pesada con dos mudas y la navaja de marinero mellada guardada en el fondo.
Colocó el teléfono sobre la embocadura de la papelera.
—Señora Vance —la voz de Santiago sonó estridente en el altavoz del aparato en una llamada entrante—, si sube a ese avión, la firma congelará todos sus fondos. No le va a quedar nada. Va a ser una paria financiera.
Irene miró la pantalla un segundo antes de responder.
—Ya no me queda nada que podáis quitarme, Santiago —dijo ella.
Apoyó el pulgar sobre el botón lateral de encendido. Mantuvo la presión constante, sintiendo cómo el metal del chasis le enfriaba la yema áspera.
En la pantalla, el logotipo de la compañía de telecomunicaciones parpadeó una última vez antes de fundirse a negro. La luz se extinguió por completo.
Irene abrió los dedos y dejó caer el teléfono.
El aparato descendió en el vacío y chocó contra el fondo de la papelera metálica con un golpe sordo, pesado y seco. El impacto resonó en el pasillo como el cierre de un ataúd de plástico y silicio.
—¿Equipaje para facturar? —preguntó la empleada de la aerolínea desde el mostrador, ajustándose el micrófono del auricular.
—Ninguno —respondió Irene, entregando el billete de papel térmico junto a su pasaporte.
—El vuelo a las Azores sale por la puerta B22 en veinte minutos —indicó la mujer, devolviéndole la documentación sin mirarle las manos.— Que tenga un buen viaje.
Irene cogió el billete y caminó hacia el control de seguridad a paso firme, sin acelerar pero sin mirar una sola vez hacia atrás.
Al cruzar el arco detector de metales, el aire acondicionado le dio de lleno en el rostro, pero no sintió el vértigo abismal de estar saltando al vacío sin red de seguridad financiera ni estatus social.
Sintió únicamente una urgencia física, visceral y abrasadora en el centro del pecho: la necesidad de volver a pisar la arena negra, de escuchar el rugido del viento del Atlántico cortando las rocas de basalto y de encontrar la mirada estoica de Mateo para confirmar que la verdad que descubrieron en la cueva no había sido destruida por la ciudad.
Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, apretó la cacha de madera gastada de la navaja y cruzó la puerta de embarque mientras el cielo de Madrid se oscurecía tras las cristaleras.