Capítulo 38 La ruptura con la masa
Irene cerró con un golpe seco la carpeta de cuero marrón que contenía el contrato sin firmar.
El sonido, denso y rotundo, resonó en la planta treinta y dos con el chasquido de un portazo en un templo vacío.
Frente a la mirada atónita de Mauricio y los murmullos crecientes de los cuarenta ejecutivos alineados a la mesa, Irene ajustó la varilla del micrófono con la mano izquierda.
Sus dedos, con las uñas marcadas por la arena negra y las incisiones de las lascas de piedra, destacaron bajo el halo halógeno como una afrenta directa a la porcelana y al mármol de la sala.
Inspiró el aire seco de la climatización y fijó los ojos en la mirada desencajada del vicepresidente.
—Este acuerdo es una mentira construida sobre papel quemado —dijo.
La frase salió limpia, rasgada y helada, sin temblor en las cuerdas vocales, despojando de golpe a la estancia de cualquier simulación corporativa. No esperó la réplica del delegado del fondo ni la reacción de los asesores.
Se giró sobre sus talones y abandonó el podio de metacrilato a paso firme, avanzando por la moqueta verde hacia la puerta de salida.
—¡Irene! ¡Detente ahora mismo! —gritó la voz enfurecida de Mauricio a sus espaldas, mientras el murmullo de los inversores estallaba en un avispero de preguntas y cuchicheos—. ¡Si cruzas esa puerta, estás fuera de la firma! ¡Te vas a quedar sin nada!
Santiago corrió por el pasillo lateral, intentando cortarle el paso antes de la salida de incendios.
—¡Irene, por el amor de Dios, piensa en las acciones! —le siseó su jefe de gabinete, agarrándola del antebrazo con desesperación—. ¡Es un suicidio profesional! ¡Estás tirando veinte años de carrera por un brote de pánico!
—Suéltame, Santiago —dijo ella, mirándolo a los ojos con una frialdad tan visceral que el hombre dio un paso atrás, soltándole la manga del vestido como si la tela estuviera al rojo vivo.
—No es pánico —añadió en un suspiro que no buscaba respuesta—. Es que he empezado a respirar.
Irene atravesó las puertas batientes de cristal templado y caminó a pasos largos por el pasillo de distribución hacia los ascensores de alta velocidad.
A sus espaldas, las voces de los consejeros se diluyeron en el silbido del aire acondicionado, transformándose en un eco lejano e inútil que ya no tenía ningún poder sobre ella.
El ascensor blindado descendió los ochenta metros de altura en un suspiro hermético.
Al abrirse las puertas en la planta baja, el imponente vestíbulo de cristal, acero pulido y granito del rascacielos se desplegó ante ella.
Decenas de empleados con trajes grises y maletines cruzaban la entrada con prisas mecánicas, ajenos a la catástrofe que acababa de desencadenarse en la planta treinta y dos.
Irene se detuvo en mitad del vestíbulo, junto al gran pilar de hormigón visto.
Se inclinó despacio y, sin importarle las miradas de desconcierto de los recepcionistas, se quitó los zapatos de tacón de marca.
Dejó el calzado de piel de serpiente abandonado sobre el suelo de granito pulido, sintiendo por primera vez en días la planta de los pies liberada de la presión artificial.
Metió la mano en la solapa de su chaqueta, sacó la pluma estilográfica de oro con la que debía haber firmado el contrato millonario y la arrojó sin dudar al contenedor de basura metálico de la entrada.
El chasquido del metal contra el fondo del cubo sonó como la rotura definitiva de una cadena.
Empujó la giratoria de cristal y salió a la calle.
La lluvia torrencial que caía sobre el Paseo de la Castellana la recibió con un impacto físico y salvaje.
Las cortinas de agua helada chocaban contra el asfalto gris de la gran avenida, rompiéndose en ráfagas de ozono, vapor y lluvia que limpiaron de golpe la contaminación urbana acumulada en la atmósfera.
El estruendo sordo del tráfico denso, el agua batida por los neumáticos de los autobuses y los cláxones lejanos crearon una sinfonía de violencia purificadora.
Irene dio el primer paso descalza sobre el asfalto mojado y frío.
La grava sucia, la rugosidad del firme y el agua helada le lijaron la piel.
Al apoyar todo su peso sobre el pie derecho, la textura dura y relieve áspero de la cicatriz de basalto que le había dejado la isla en el empeine y la planta se clavó contra la calle con un pinchazo de dolor vivo, anclándola de golpe a su verdadera identidad.
La marca de la roca volcánica ya no era una herida de guerra ni un rastro de sufrimiento; era el cimiento indestructible sobre el que se alzaba su nueva existencia.
Echó la cabeza hacia atrás, abriendo la boca para recibir el agua torrencial que le caía sobre las mejillas, sobre los labios y sobre el cuello del vestido de crepé.
El agua helada le aclaró el rostro, lavándole la máscara de maquillaje corporativo y empapándole la melena hasta pegársela a la espalda.
Respiró con una urgencia vital, profunda y visceral, hinchando los pulmones con la misma desesperación y libertad con la que había sobrevivido junto a Mateo en la penumbra de la cala de Faial.
A su alrededor, los peatones parapetados bajo paraguas negros la esquivaban con miradas de extrañeza, pero Irene no vio a la masa.
Metió los dedos en el bolsillo de la chaqueta, apretó la madera gastada de la navaja de marinero y echó a andar a paso firme por la Castellana, sabiendo que la caída de la máscara ejecutiva era total, irrevocable y profundamente victoriosa.
La ciudad de cristal acababa de perderla para siempre.