El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 37 La junta directiva
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Capítulo 37 La junta directiva

El zumbido sordo de los tres proyectores de alta definición vibraba en el aire acondicionado de la planta treinta y dos, congelado a dieciocho grados exactos para evitar que los ejecutivos sudaran bajo sus trajes de sastre.

Frente al gran ventanal de la sala de reuniones, cuarenta hombres y mujeres de la clase directiva permanecían alineados a lo largo de la mesa de nogal pulido.

Las luces LED de tono blanco frío, dispuestas en hileras matemáticas sobre el techo de escayola, resecaban las gargantas y proyectaban una luz hiriente sobre las carpetas de cuero y los vasos de cristal fino.

Sobre la pared frontal, tres pantallas gigantes emitían un fulgor verde neón que mostraba gráficos de rendimiento ascendentes, porcentajes de liquidez y estimaciones de beneficio trimestral tras la fusión.

Irene estaba de pie ante el podio de metacrilato.

Llevaba un vestido estructurado de crepé negro con mangas tres cuartos.

La tela le ceñía el talle con la rigidez de una escayola, comprimiéndole el tórax hasta obligarla a respirar con exhalaciones cortas y superficiales que no le llegaban al diafragma.

Ajustó el cuello del micrófono con la mano derecha.

Al hacerlo, la luz halógena de la mesa cayó de lleno sobre el cristal de su reloj de pulsera de acero pulido: la aguja del segundero avanzaba con un chasquido imperceptible pero implacable.

—Buenos días —dijo Irene.

Su voz, amplificada por los altavoces integrados en el techo, sonó limpia, metálica y desprovista de cualquier matiz humano, rebotando contra los paneles acústicos de la estancia.

A su izquierda, Mauricio asintió con una sonrisa adiestrada, cruzando las manos sobre la mesa mientras el delegado del fondo internacional preparaba su estilográfica para la firma del acuerdo millonario.

—Como pueden observar en la diapositiva cuatro —prosiguió Irene, alzando el puntero láser de carcasa de aluminio—, la reestructuración de los activos tras el parón logístico en el Atlántico no solo ha neutralizado el impacto en el mercado, sino que ha reforzado nuestra posición de solvencia ante la apertura de la bolsa de Nueva York...

El haz de luz roja impactó sobre el gráfico de rendimiento en verde neón.

En ese preciso instante, el LED brillante comenzó a distorsionarse en su retina. La línea recta que marcaba el incremento de beneficios tembló, perdió su nitidez vectorial y empezó a desplegarse hacia arriba, ensanchándose en una masa de textura áspera, oscura y vertical.

En lugar de un porcentaje de rentabilidad, la mente de Irene vio erigirse la pared de basalto negro de la cala de Faial.

La superficie rugosa de la roca volcánica, húmeda de salitre, resbaladiza por el musgo y coronada por la bruma helada del canal, se superpuso a la pantalla del proyector hasta llenar por completo la pared de la sala de juntas.

Irene perdió el hilo del discurso.

La palabra "solvencia" se le congeló en la garganta, transformándose en una masa de tiza seca que le atascó las cuerdas vocales. El puntero láser le tembló en los dedos y la luz roja osciló sobre el panel antes de caer hacia el suelo de moqueta.

El silencio cayó sobre la planta treinta y dos como un bloque de granito.

Un segundo. Dos segundos. Cinco segundos.

El zumbido de los proyectores se volvió ensordecedor, un siseo eléctrico que le llenó los oídos con la frecuencia inerte de las máquinas.

Mauricio se incorporó en su sillón de cuero, frunciendo el ceño con una ligera mueca de impaciencia corporativa.

El delegado del fondo bajó la estilográfica, dejando la pluma suspendida a un milímetro de la línea de firma.

Siete segundos. Ocho segundos. Ten segundos eternos.

Irene no miró las pantallas ni a los hombres encorvados sobre los balances de cuentas.

Bajó lentamente la cabeza y se miró las palmas de las manos.

Extendió los dedos frente a la luz cegadora de los focos fluorescentes.

Bajo la capa fina de crema hidratante de camomila y el tono pálido de la piel cuidada en la ciudad, las cicatrices seguían allí.

Las pequeñas hendiduras transversales en las yemas y la marca rosada y profunda en el centro de la palma izquierda —donde las lascas de piedra filosa le habían rajado la carne mientras trepaba por la lava para buscar leña seca— destacaban con un relieve áspero, rugoso y honesto.

El dolor fantasma de la piedra fría le recorrió los tendones del brazo hasta llegarle al pecho.

Sintió una ráfaga de aire helado dentro de la garganta, pero no era el oxígeno esterilizado por los filtros del rascacielos; era el aire acre, cargado de ozono, sal de mar y humo de pino que había compartido con Mateo en la penumbra de la cueva.

Aquella marca en su mano era el único rastro de verdad que le quedaba; una huella que ningún balance de beneficios, ningún sueldo de seis cifras ni ninguna firma sobre papel couché podría borrar jamás.

Comprendió con una lucidez brutal que si doblaba la espalda, si estampaba su rúbrica en aquel contrato para salvar las acciones de la compañía, la mujer que había nacido en la roca de las Azores moriría ahogada definitivamente bajo el mármol de las oficinas.

—¿Irene? —intervino Mauricio con un hilo de voz tenso, intentando disimular el abismo ante los inversores—. ¿Necesitas un vaso de agua para continuar con la presentación?

Irene alzó la mirada muy despacio.

Miró a Mauricio, miró los trajes oscuros de corte impecable, las caras pulidas sin una sola cicatriz y la mentira de cristal que los rodeaba a ochenta metros de altura sobre el humo de la ciudad.

—No —dijo Irene.

La palabra no tuvo la cadencia de una disculpa; sonó con la contundencia de un hachazo cortando una cuerda de amarre.

Apagó el micrófono con un chasquido seco del interruptor de plástico.

Dejó el pasador de diapositivas sobre la mesa de nogal, dando un paso atrás respecto al podio de metacrilato.

Sin pedir disculpas, sin recoger las carpetas corporativas con su nombre grabado en letras doradas, se giró hacia la puerta de salida.

—¡Irene! ¿Qué demonios estás haciendo? —siseó Santiago, levantándose de golpe en la primera fila con el rostro desencajado por el pánico—. ¡El fondo está mirando! ¡Estás a punto de destruir la firma!

Irene siguió caminando por el pasillo central de la sala de juntas, sintiendo cómo los tacones de sus zapatos resonaban contra la tarima con un golpe firme, limpio y definitivo.

No se giró para mirar el gráfico de neón, ni las caras paralizadas de los consejeros, ni la sombra del rascacielos que empezaba a desmoronarse a sus espaldas.

En el bolsillo derecho de su vestido de crepé, su mano cerrada apretaba con rabia las aristas de la navaja de marinero mellada, sintiendo la madera gastada por el mar como el único faro en mitad del naufragio.