Capítulo 36 El abismo del mensaje
El zumbido constante del router de fibra óptica proyectaba un temblor invisible en la penumbra del dormitorio principal.
A la una de la madrugada, el piso de trescientos metros cuadrados crujía con el frío seco de la calefacción programada.
Irene estaba sentada en el suelo de madera barnizada, con la espalda apoyada contra la pata de la cama de matrimonio.
Llevaba puesto un camisón de seda que no le daba calor alguno; las piernas descalzas le tiritaban contra el parqué barnizado, pero el dolor del frío helado era la única ancla que le impedía disolverse en el vacío de la estancia.
Sobre la mesa de noche, la pantalla del smartphone nuevo parpadeó.
Irene estiró el brazo y cogió el cristal suave.
En la pantalla brillaba la imagen escaneada del informe técnico de la aseguradora marítima, un documento de cuarenta páginas redactado en lenguaje frío que Santiago le había enviado para su revisión.
En el anexo cuatro, bajo el epígrafe de "Partes implicadas", figuraba un número de teléfono personal.
Nueve cifras. El contacto directo de Mateo Sola.
Irene rompió su propia norma. Con los dedos temblorosos y las uñas aún marcadas por la arena negra de la cala, marcó la secuencia de dígitos. Se llevó el marco de aluminio pulido a la oreja izquierda, sintiendo cómo el metal frío le helaba el pómulo.
El teléfono empezó a sonar en el vacío.
Rin. Rin. Rin.
Cada tono retumbaba en su auricular como un latido sintético, una ráfaga de ondas de radio cruzando el Atlántico para intentar unir dos mundos que ya no tenían lenguaje común.
Irene apretó los párpados, conteniendo la respiración mientras el impulso eléctrico viajaba a tres mil kilómetros de distancia.
A tres mil kilómetros de allí, en el muelle de Ponta Delgada, la lluvia de medianoche golpeaba con violencia contra los cristales sucios de la cantina del puerto.
El establecimiento olía a vino peleón, a tabaco rancio y a serrín húmedo esparcido sobre las baldosas.
Mateo estaba sentado solo en una mesa de madera de pino manchada de grasa de motor, con los hombros hundidos dentro de su chaqueta de lana basta. Frente a él, una jarra de barro a medio llenar recogía el reflejo de la única bombilla desnuda que colgaba del techo.
Sobre la mesa, junto a las llaves de la taquilla de la Capitanía, su viejo terminal de carcasa gastada comenzó a vibrar.
El aparato zumbó sobre la madera, desplazándose un milímetro con cada descarga eléctrica. Mateo bajó la mirada hacia la pantalla de cristal líquido rayada, donde un número desconocido con prefijo de Madrid parpadeaba en la oscuridad.
Mateo no se movió.
No extendió su mano callosa para descolgar. Apoyó los antebrazos sobre la mesa y fijó la vista en la cristalera de la cantina, observando cómo la lluvia caía sin tregua sobre las aguas oscuras del puerto comercial, donde los pesqueros cabeceaban amarrados a los pilares de hormigón.
Escuchó la llamada retumbar en el silencio de la mesa hasta que la señal se agotó.
Mateo sabía que responder a esa voz a través de una línea de fibra óptica destruiría la memoria sagrada de la isla.
Hablar por un teléfono de plástico era aceptar el lenguaje de la ciudad, traducir la sangre, el fuego de la cueva y el peso de las piedras a una conversación vacía codificada en datos.
El silencio era la única forma que le quedaba de proteger la verdad de lo que habían sido.
En Madrid, la llamada se cortó con tres pitidos cortos y secos.
Pi. Pi. Pi.
La pantalla del smartphone se apagó de golpe, devolviendo a la habitación la penumbra de las persianas echadas.
Irene dejó caer el aparato sobre la madera barnizada con un golpe sordo.
Se recogió las rodillas contra el pecho, abrazándose las piernas con rabia mientras la seda del camisón se le pegaba a la piel helada.
La tecnología era una ilusión inútil; un engranaje perfecto incapaz de zurcir la distancia social, la vergüenza y el miedo que la maquinaria corporativa había levantado entre los dos.
Apoyó la frente sobre las rodillas y rompió a llorar en el suelo de su dormitorio.
No fue un llanto contenido ni elegante; fue un sollozo visceral, rasgado y sordo que le sacudió la columna vertebral con un espasmo de dolor físico.
Lloró por la pérdida de la lava, por el olor a humo de leña que ya no estaba en sus manos y por el peso aplastante de saberse atrapada en una jaula de cristal donde la única respuesta a su verdad era el tono estéril de una red desierta.