Capítulo 35 La mentira de las oficinas
El tintineo constante de las copas de cristal de Bohemia rebotaba contra los paneles de roble barnizado de la última planta del rascacielos.
A ochenta metros sobre el asfalto de la Castellana, el aire dentro de la recepción privada olía a perfume de diseño, a aperitivos de vanguardia y a una capa densa de climatización esterilizada.
Al otro lado de la cristalera panorámica, Madrid se extendía como una maqueta inerte bajo una calima gris de dióxido de carbono y humo de escape.
Irene permanecía inmóvil junto a un pilar de mármol negro.
Sostenía la tallada copa de champán helado por el tallo, sintiendo la frialdad artificial del vidrio contra la yema del índice, donde una raya de piel dura y callosa —la marca que le había dejado el manejo de los chopos húmedos en la cueva— se negaba a desaparecer.
Llevaba un vestido de noche ajustado en seda azul noche.
La tela le pesaba en las caderas como una red de plomo y le provocaba un siseo áspero contra los muslos a cada paso, recordándole la abismal distancia entre ese disfraz de tres mil euros y la desnudez de la lava.
—¡Aquí está nuestra heroína de la resiliencia! —exclamó Mauricio, alzando su copa hacia el grupo de inversores que rodeaba la mesa del catering.
El vicepresidente de la firma, un hombre maduro con la piel bronceada en rayos UVA y una dentadura de carillas impecables, le pasó un brazo pesado por encima de los hombros a Irene.
El olor a loción de afeitado cara y a puro se le metió a Irene por la nariz, sofocándole la garganta con una oleada de náusea.
—Irene no solo nos ha devuelto la estabilidad en la junta de esta mañana, señores —continuó Mauricio, dirigiéndose al delegado del fondo internacional con una sonrisa adiestrada para la prensa—.
Nos ha dado la lección del año. Pasar cuatro días incomunicada en una roca del Atlántico y regresar lista para cerrar la fusión demuestra el temple del equipo directivo de esta casa.
La prensa económica no habla de otra cosa.
El valor de la acción ha subido un cuatro por ciento desde la apertura.
Un murmullo de risas dóciles y asentimientos de cabeza recorrió el corro.
—Una verdadera historia de superación personal, Irene —añadió el delegado, dándole un trago a su bebida con un chasquido de hielo—. Un contratiempo convertido en un golpe de branding involuntario. Hay marcas que pagarían millones por una campaña de supervivencia así.
Irene miró el fondo del cristal, donde las burbujas doradas subían en una hilera perfecta y matemática.
En su memoria no había campañas ni números de acciones.
Solo estaba el sabor a grasa de lapa cruda en la lengua, el crujido del hueso de la pierna de Mateo cuando apretó los dientes para no gritar y el olor a salitre quemado penetrando en sus pulmones mientras el mar amenazaba con devorarlos en la oscuridad de la noche.
Aquella marea de trajes a medida estaba devorando la experiencia sagrada del naufragio, desolando su dolor y empaquetándolo como una anécdota rentable para impresionar a cuatro accionistas en un coctel.
—Y díganos, Irene —intervino un consejero más joven, reajustándose el nudo de la corbata de seda—. ¿Cómo fue la logística con la población local? Supongo que el marinero que la encontró no tendría ni idea de a quién estaba rescatando.
Mauricio soltó una carcajada sorda, dando un golpecito en el brazo de Irene.
—Bueno, al menos el muchacho sirvió para algo antes de que el equipo legal archivara el asunto por fuerza mayor —bromeó el vicepresidente, guiñando un ojo al grupo—. Un sirviente de la mar con suerte. Le habrán pagado bien el favor, imagino.
El aire de la estancia se volvió de pronto seco y abrasador, como si la calefacción del rascacielos hubiera prendido fuego a las cortinas.
Irene clava las uñas de la mano libre en la carne blanda de su palma.
El dolor físico fue instantáneo, un pinchazo agudo que le hizo reaccionar los tendones del antebrazo.
Apretó el tallo de la copa de Bohemia con una fuerza salvaje, desmedida, sintiendo cómo el cristal fino cedía bajo la presión de sus dedos tensos hasta rozar el límite de la fractura.
El marinero. El "sirviente".
Aquella masa de parásitos ejecutivos no sabía nada de las manos ásperas de Mateo abrigándola en el suelo de tierra.
No sabían nada del hombre estoico que se había negado a hablar ante la policía para no manchar su nombre, ni de la promesa muda que se habían hecho en mitad del barro y la lluvia del puerto.
—Mateo Sola no era un sirviente —dijo Irene.
Su voz no fue alta, pero sonó con una nitidez cortante, rasgada y helada que congeló la risa en los labios de Mauricio. La conversación en el corro se detuvo en seco.
—¿Cómo dices, Irene? —preguntó Mauricio, entornando los ojos con un matiz de advertencia en la mirada.
—Que él no me sirvió a mí —repitió ella, dando un paso al frente y zafándose del brazo del vicepresidente con un gesto brusco que hizo oscilar el líquido de las copas—. Nos mantuvimos vivos el uno al otro mientras vosotros solo calculabais las pérdidas del barco en un Excel.
La tensión en la última planta se volvió transparente y hostil. El delegado del fondo miró a Mauricio con incomodidad, mientras los mozos de chaqueta blanca detenían el paso con las bandejas en suspenso.
Irene no esperó la respuesta de nadie. Apoyó la copa de champán sobre la mesa de mármol con un golpe seco que hizo saltar unas gotas sobre el lino blanco.
Se giró sobre sus tacones y caminó a pasos largos hacia los ascensores privados, sintiendo cómo las miradas de desconcierto y los cuchicheos de la clase ejecutiva le quemaban la espalda como una plaga de avispas.
Metió la mano derecha en el bolsillo oculto de su vestido de seda, donde el perfil irregular de la navaja de marinero mellada le devolvió el pulso a las venas. La mentira de las oficinas acababa de grietarse para siempre.