El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 34 El disfraz de seda
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Capítulo 34 El disfraz de seda

El piso de trescientos metros cuadrados en el barrio de Salamanca la recibió con un olor penetrante a limpiador sintético, ambientador de lino blanco y ausencia.

Irene se detuvo en el recibidor de roble claro, sintiendo cómo el silencio esterilizado de la calefacción central le zumbaba en los oídos con la frecuencia inerte de un hospital.

Las persianas automatizadas se alzaron con un siseo eléctrico perfecto, inundando la estancia con la luz fría y uniforme de un mediodía gris sobre los tejados de Madrid.

Santiago dejó su maletín de cuero sobre la consola del vestíbulo con un golpe seco.

—Tienes cuarenta minutos antes de que el equipo de prensa y los consejeros lleguen para la reunión de crisis —dijo, consultando la pantalla de su reloj sin mirarla directamente—. Dúchate, ponte algo estructurado. Hay que dar imagen de control absoluto ante el fondo de inversión.

Irene no respondió. Avanzó hacia el dormitorio principal, dejando una estela de polvo seco y salitre sobre la moqueta mullida.

En el vestidor, rodeada por ordenadas hileras de trajes impecables, seleccionó un conjunto de sastre de tres piezas en lana virgen y solapas de seda gris.

Al quitárselo todo frente al espejo de cuerpo entero, la desnudez le devolvió un reflejo desconocido.

Su cuerpo conservaba el rastro descarnado de Faial: los pómulos marcados por la escasez, la carne firme, los pechos tostados por el sol de poniente y la cicatriz rosada del empeine derecho, que destacaba como un hierro candente sobre la piel.

Se deslizó la camisa de seda sobre la espalda.

El contacto del tejido suave y artificial le provocó una reacción rechazo física e inmediata.

La tela, lavada con suavizante químico, le rozó las escápulas provocándole una urticaria brutal, un picor ardiente que le erizó el vello de los brazos.

Los hombros, acostumbrados al peso de la lana gastada, al viento salado del canal y al calor bruto del torso de Mateo, se le contrajeron en un espasmo de rechazo.

Al abrocharse el chaleco y la chaqueta de lana estructurada, sintió que el corte perfecto del sastre actuaba como una armadura de opresión que le encorsetaba la caja torácica, impidiéndole expandir los pulmones.

Salió a la cocina de isla de mármol blanco.

Sobre la superficie pulida y fría, el nuevo smartphone de última generación que el equipo legal le había entregado parpadeaba ininterrumpidamente con una luz azulada y agresiva.

La pantalla mostraba una riada de notificaciones push: noventa y seis correos no leídos, decenas de mensajes de voz encriptados, alertas de la bolsa y titulares de prensa que especulaban sobre su rescate en las Azores.

El aparato zumbaba sobre el mármol con una vibración continua, sorda y parásita.

Irene extendió la mano derecha para apagar la pantalla.

Intentó deslizar el índice sobre la superficie de cristal suave, pero sus dedos —aún ásperos, rígidos, con las uñas cortadas a matacaballo y marcadas por el rastro del carbón y la arena negra de la cala— no lograron activar el sensor táctil con naturalidad.

La piel rugosa de su yema tropezaba contra la fluidez del dispositivo, incapaz de adaptarse de nuevo al lenguaje digital.

Un golpe de sofoco violento le subió desde el estómago hasta la garganta.

El aire dentro del piso, filtrado por los conductos del aire acondicionado y cargado de moléculas de limpiador industrial, se le volvió irrespirable.

Sintió que las paredes acristaladas de trescientos metros cuadrados no eran más que una celda de lujo esterilizada, una prisión decorada donde su "yo digital" intentaba encajar a la fuerza el cadáver de la mujer que había nacido en la cueva de basalto.

Con el pulso desbocado latiéndole en las sienes, caminó a zancadas hacia el ventanal del salón.

Accionó la manivela de bronce y abrió de par en par la hoja de cristal.

El ruido del tráfico de la calle Serrano irrumpió en la estancia como una descarga de grava: el rugido de los motores diésel, el frenado de los autobuses y el pitido de los cláxones se mezclaron con un aire denso, caliente y saturado de humo de escape y dióxido de carbono.

Irene se agarró al marco de la ventana con las dos manos, sacando la cabeza hacia la calle.

Inspiró el aire sucio de la ciudad buscando desesperadamente una traza de ozono, una ráfaga de salitre o el olor a leña de pino quemada, pero solo encontró la contaminación gris del asfalto madrileño.

Se llevó la mano derecha al bolsillo del pantalón de sastre y apretó con rabia la navaja de marinero mellada que había logrado esconder del equipo de gabinete.

El metal frío y la cacha de madera gastada le devolvieron un segundo de realidad en mitad de la asfixia urbana.

Detrás de ella, sobre la mesa de mármol, el teléfono volvió a sonar con una llamada entrante del fondo de inversión. Irene cerró los ojos, apretó la cacha de la navaja hasta que los nudillos se le pusieron blancos y no se giró.