Capítulo 33 La separación en el muelle
La patrullera atracó en el muelle comercial de San Miguel bajo una lluvia fina que caía de lado, tiñéndose de un naranja sucio y chirriante bajo los focos halógenos de los medios de comunicación.
El muelle era un circo asfixiante. Nada más lanzar las maromas de amarre, el estampido de los flashes cegadores rompió la penumbra del puerto, rebotando contra el asfalto mojado que olía a gasóleo pesado, a aceite quemado de barco y al vaho espeso de decenas de cuerpos apretujados.
Decenas de periodistas gritaban el nombre de Irene a través de micrófonos cubiertos con espumas de colores chillones, exigiendo un titular, una cifra de pérdidas, una confirmación de vida para el telediario de las nueve.
Irene bajó por la escala de embarque con las piernas temblándole dentro de la lana húmeda del abrigo gastado.
Iba con los pies descalzos, sintiendo cómo la grava sucia del muelle y la grasa de los camiones le lijaban la planta del pie, donde la cicatriz reciente del empeine tiraba con una puntada de dolor seco.
Intentó buscar con la mirada la figura de Mateo entre la marea humana, pero la masa de focos y cámaras le quemaba las pupilas, impidiéndole fijar el horizonte.
—¡Irene! ¡Por aquí! ¡Abran paso! —gritó una voz tajante, adiestrada en el control de daños corporativos.
Santiago, su jefe de gabinete, emergió del cordón policial escoltado por tres hombres con trajes oscuros de corte impecable que olían a perfumes sintéticos caros, a cuero de coche nuevo y a tabaco rubio.
Sin pedir permiso, Santiago le echó encima un abrigo pesado de visón negro que olía a naftalina y a moqueta de despacho.
El peso de la prenda de lujo cayó sobre sus hombros como un cepo de hierro, aplastando la tela de la camisa desgarrada por la lava.
—No hables con nadie, Irene. La prensa está desatada —le susurró Santiago al oído, agarrándola del antebrazo con una presión quirúrgica mientras dos asesores legales la rodeaban para hacer pantalla.— Tenemos un comunicado oficial preparado para la apertura de la bolsa.
—Suéltame —raspó Irene, intentando zafarse del abrigo que le producía un ahogo inmediato en la garganta.— ¿Dónde está Mateo?
A diez metros, en mitad de la dársena, la policía marítima había interceptado al marinero.
Dos agentes con impermeables oscuros sujetaban a Mateo por los codos, exigiéndole la documentación, la licencia de patrón y la declaración jurada por el naufragio del barco y la falta de despacho de salida del puerto de Horta.
Mateo no se resistía, pero tampoco colaboraba; permanecía erguido como un bloque de piedra volcánica en mitad de la lluvia de flashes, vistiendo la misma ropa manchada de hollín y tierra seca con la que había dormido en la cueva.
—¡Mateo! —gritó Irene, intentando romper el cordón de seguridad de la policía.
Uno de los abogados del bufete de Madrid la frenó pidiéndole calma con un gesto suave de las manos enguantadas.
—Tranquila, señora Vance. Todo está bajo control —le garantizó el abogado entre susurros, mientras la empujaban suavemente hacia la acera.
— El equipo legal de la firma va a interceder de inmediato con la Capitanía de las Azores.
Archivaremos todas las diligencias contra el patrón bajo el epígrafe de "pérdida por fuerza mayor en la mar".
No habrá responsabilidades penales ni cargos por negligencia.
Le pagaremos el pasaje de vuelta a su pueblo y la firma cubrirá la pérdida de la nave. Nadie va a ir a la cárcel.
Las palabras del letrado cayeron sobre ella con la eficacia fría de una transacción mercantil.
Aquella maquinaria corporativa no estaba salvando a Mateo; lo estaba borrando.
Estaban empaquetando la tragedia, la muerte de su hermano, las noventa y seis horas de frío, sangre y desnudez en la cueva, transformándolo todo en un ajuste contable de "fuerza mayor" para que las acciones de la compañía no cayeran al abrir el mercado en Madrid.
—No queréis ayudarlo, queréis taparlo —dijo Irene, mirándolo con un asco descarnado que hizo dudar al abogado por un segundo.
—Queremos protegerla a usted, Irene. Usted es la firma —respondió Santiago, abriendo la portezuela de una berlina negra de cristales tintados que esperaba con el motor al ralentí.
Irene se giró bruscamente sobre el asfalto mojado.
A través del enjambre de micrófonos, cables de televisión y luces halógenas, sus ojos se encontraron con los de Mateo por última vez.
El marinero la miraba desde la puerta de las dependencias del puerto, con la cara de perfil ensombrecida por la lluvia y los brazos caídos a los lados del cuerpo.
No había reproche en su mirada; solo la antigua sobriedad de quien sabe que el mar siempre devuelve a los hombres a sus ruinas.
En ese segundo de silencio robado al ruido de los motores, Mateo ladeó la cabeza, fijando en Irene una promesa muda que ninguno de los abogados ni de las cámaras de televisión podría desarmar jamás.
—Entra en el coche, Irene. Por favor —insistió Santiago, sujetándole la nuca para evitar que la prensa fotografiara su rostro sin maquillaje.
La empujaron hacia el interior del vehículo.
El sonido sordo, pesado y hermético de la portezuela del coche blindado al cerrarse cortó de golpe el griterío del muelle, el estruendo de los focos y el rugido del viento del puerto.
Dentro de la berlina, el aire olía a cuero sintético, a climatizador ajustado a veintidós grados y a un silencio artificial, plástico y esterilizado que le oprimió los pulmones.
Irene pegó la mano derecha —la mano que todavía conservaba las marcas de la salitre y el rastro del carbón de la hoguera— contra el cristal tintado, viendo cómo la figura solitaria de Mateo se disolvía detrás del reflejo sucio de los focos mientras el vehículo aceleraba hacia la carretera del aeropuerto.