Capítulo 32 La irrupción del metal
El aluminio dorado de la manta térmica crujió bajo el viento de la mañana con un chasquido seco, metálico y chirriante que le produjo a Irene una dentera inmediata en los dientes posteriores.
El rescatador de la lancha de salvamento insistió en envolvérsela alrededor de la espalda, apretando el plástico refractario contra su piel desnuda de los hombros.
La lámina sintética no daba calor real; era una barrera inerte, helada y crujiente que olía a embalaje industrial y a depósito sanitario.
—Tome esto, señora Vance —dijo un segundo sanitario, saltando desde la borda neumática con una botella de agua mineral transparente en la mano—. Beba despacio. Tiene los labios agrietados.
Irene miró el envase de plástico PET. La luz fría del sol se refractaba en la etiqueta brillante, mostrando un código de barras impecable y una marca comercial.
Sostener ese cilindro liso y sintético en la mano derecha —mientras en la izquierda aún apretaba la cacha de madera gastada y mellada de la navaja de marinero— le provocó una náusea repentina que le subió desde el estómago.
—No quiero agua embotellada —murmuró, y su voz sonó extraña, ronca y rasgada, acostumbrada solo al sonido del viento, al siseo de la marea y al tono grave de Mateo.
—Está deshidratada, es el protocolo —insistió el hombre, encajándole sin miramientos un teléfono satelital de carcasa gorda en la palma abierta—. Su firma en Madrid está en línea. Llevan cuatro días de histeria ejecutiva. El señor Mauricio está en el buque nodriza, a dos millas.
El aparato de hule negro pesaba en su mano como un pedazo de plomo. La pantalla de cristal líquido parpadeaba con una luz azulada y chillona que le hirió las pupilas adaptadas a las sombras de la cueva de basalto.
Al llevarse el auricular a la oreja, el ruido irrumpió como un parásito eléctrico.
—¿Irene? ¿Irene, me oyes? ¡Por Dios, dime que estás entera!
—la voz de Mauricio llegó distorsionada por la estática, llena de un tono histérico, frenético y lejano que pertenecía a un mundo de carpetas, cotizaciones y urgencias huecas—.
La junta de accionistas está bloqueada, la prensa se ha enterado del accidente del barco.
Necesitamos tu firma digital en cuanto desembarques en Horta.
¿Me escuchas? ¡El fondo de inversión está a punto de caer!
Irene alejó el teléfono un centímetro del oído, sintiendo que las palabras de su socio carecían por completo de significado.
En Madrid, aquel discurso le habría provocado una descarga de adrenalina; aquí, sobre la arena negra que conservaba el rastro de sus pies descalzos, sonaba como el parloteo inútil de una jaula de pájaros.
—Irene, ¿estás ahí? —gritó la voz desde la pantalla.
—No —dijo ella en un suspiro casi inaudible. Y dejó caer el teléfono satelital sobre la cubierta de caucho de la lancha, donde el aparato continuó emitiendo chasquidos sordos contra el piso húmedo.
A cinco metros, Mateo era conducido hacia la escala de mano del buque de rescate.
El marinero se movía como un animal encadenado.
Rehusó el brazo que un tripulante intentó ofrecerle para salvar el desnivel y subió por la estructura de hierro con la rigidez de una estatua.
Llevaba la camisa de trabajo abierta sobre el pecho, cubierta por manchas de hollín y tierra seca.
No miró a los sanitarios, no respondió a las preguntas sobre su estado físico ni aceptó el bote de desinfectante que le tendían para limpiar las rozaduras de sus manos.
Mateo atravesó la cubierta metálica del buque nodriza y se caminó directamente hacia la popa.
Se sentó sobre un trincado de maromas de nylon grueso, de la espalda apoyada contra el borde de la borda de acero oxidado.
Fijó los ojos en la cala desierta que se alejaba despacio a medida que los motores diésel del barco comenzaban a batir el agua.
Su rostro se había cerrado en un mutismo de piedra, una coraza implacable para protegerse del naufragio social que acababa de arrancar.
—Mateo —llamó Irene, intentando avanzar hacia la cubierta superior.
—Señora Vance, por favor, no se mueva —la interceptó una médica con uniforme blanco impecable y un fonendoscopio colgado del cuello—. Necesitamos tomarle las constantes vitales inmediatamente. Entre en la enfermería.
Irene fue empujada hacia el interior del buque.
El cambio de ambiente fue una agresión sensorial absoluta.
La puerta estanca de acero se cerró detrás de ella con un golpe seco de pestillo, aislando el aire del mar.
En el pasillo de la enfermería, los tubos fluorescentes emitían una luz blanca, fría y cegadora que zumbaba con una frecuencia imperceptible pero constante.
El aire olió de golpe a una mezcla acre de desinfectante industrial, alcohol etílico y combustible quemado. No había rastro del aroma a petricor, ni de la resina de pino, ni del olor a piel limpia y salitre que había llenado sus noches en la cueva.
—Siéntese en la camilla —indicó la médica, señalando una colchoneta forrada en vinilo gris impecable y helado.
Irene se sentó despacio, sintiendo la vibración continua de las máquinas del barco rebotándole en la columna vertebral.
Una enfermera le sujetó el brazo izquierdo con brusquedad profesional para colocarle un manguito de goma negra para medir la presión arterial.
El caucho se infló con un siseo neumático que le apretó la carne hasta paralizarle la circulación.
—Presión alta, pulso acelerado —anotó la doctora en una tableta digital de pantalla luminosa—. Es normal tras un evento traumático de este nivel. Le vamos a administrar un sedante leve para el traslado a Horta.
—No me ponga nada —ordenó Irene, retirando el brazo con una violencia que hizo saltar la tira de velcro.
—Señora Vance, no está en condiciones de evaluar...
—He dicho que no me ponga nada —repitió, poniéndose en pie sobre el suelo de linóleo antideslizante.
La médica la miró con una mezcla de conmiseración y desconcierto profesional. Para aquel equipo con batas blancas y dispositivos electrónicos, Irene no era más que una víctima desorientada que necesitaba ser esterilizada, diagnosticada y devuelta a la normalidad de la flota corporativa.
Irene salió al pasillo metálico, esquivando las miradas de los marineros que ordenaban los aperos de salvamento. Subió los peldaños de la escala hasta salir de nuevo a la cubierta de popa, donde la brisa del canal volvía a golpear con fuerza.
Mateo seguía allí, inmóvil entre los cabos de amarra.
El sol matutino iluminaba la mancha de arena negra de la cala, que ahora no era más que una franja oscura y diminuta perdiéndose en la inmensidad del basalto de Faial.
Irene se acercó y se sentó en la cubierta de chapa a su lado, sin importarle la grasa de motor que manchaba la tela de su abrigo.
Buscó la mano del marinero entre las sombras de las cuerdas, pero Mateo no abrió los dedos.
Los mantuvo cerrados en un puño rígido, la cara de perfil mirando hacia el agua revuelta por la hélice del buque, atrapado de nuevo en la jaula de su propia culpa mientras el ruido del mundo terminaba de engullir su silencio.