El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 21 El corte en la piedra
51%

Capítulo 21 El corte en la piedra

El temporal de la noche anterior se había retirado hacia el norte, dejando tras de sí un Atlántico de tono plomizo y un aire helado que arrastraba el olor acre del ozono, la salitre y la vegetación marina descompuesta en las rocas.

La mar saliente empezaba a descubrir la franja baja de la playa de arena negra, dejando al descubierto un lecho de algas verdosas, húmedas y traicioneras que cubrían como una pátina de grasa las formaciones de basalto poroso.

Irene avanzaba a trompicones por el límite de la marea.

Tenía las piernas al descubierto, castigadas por el viento racheado de la tarde que le secaba el sudor en la frente y le hacía tiritar bajo la lana rancia de su abrigo deshilachado.

Llevaba entre las manos un trozo de corteza de madera flotada.

El hambre, un dolor físico y retorcido que le roía las entrañas tras días de privación, la empujaba a escudriñar cada grieta en busca de lapas o moluscos.

A quince metros, Mateo revisaba con su paciencia estoica el colector de agua dulce, haciendo palanca con la navaja entre los bloques de piedra.

Irene divisó una colonia de conchas oscuras adheridas a una repisa de roca que la marejada acababa de dejar al descubierto.

Dio un paso apresurado sobre la piedra negra, pero su pie desnudo —helado y carente de sensibilidad fina— tropezó contra una capa de limo resbaladizo.

El cuerpo se le desequilibró hacia atrás.

—¡Irene! —el grito de Mateo retumbó contra el acantilado.

Irene extendió los brazos a ciegas para evitar despeñarse contra el agua agitada que rompía a pocos metros con un rugido sordo.

En un intento agónico por afianzar la postura, apoyó todo el peso de su cuerpo con violencia sobre una lasca de basalto emergida, afilada y cortante como una cuchilla de cristal.

El borde de la piedra le rebanó el empeine del pie derecho.

No hubo dolor inmediato, solo el chasquido sordo de la carne al abrirse y una sacudida fría que le subió por la columna. Irene soltó un jadeo ahogado, un aire caliente que se congeló al instante en la atmósfera de la tarde. Cuando intentó dar un paso atrás, el empeine le cedió.

Se desplomó de costado sobre la grava mojada.

Al bajar la mirada, vio brotar una hemorragia densa, de un rojo oscuro y viscoso, que brotaba a borbotones de la corteza del pie y teñía en segundos el charco salobre de agua estancada a sus pies.

El olor acre a sangre fresca, sal y barro negro le invadió la garganta, provocándole una náusea violenta.

El dolor llegó de golpe: un látigo incandescente, una punzada brutal que le abrasó la pierna hasta la cadera.

—No te muevas —la voz de Mateo rasgó la bruma.

El marinero atravesó la franja de algas con una zancada pesada, ignorando el dolor de su propio tobillo contusionado. Llegó a su lado justo cuando una ola de espuma gris se estrellaba contra la losa, amenazando con arrastrar la sangre y a la propia Irene mar adentro.

Sin dudarlo, Mateo se inclinó, le pasó un brazo robusto por debajo de las rodillas y el otro por la espalda, y la levantó en brazos en un solo impulso.

Irene ahogó un grito y se agarró a la lana dura de su jersey con los dedos agarrotados, enterrando el rostro en el cuello del hombre.

Sintió el latido acelerado de Mateo retumbando contra su mejilla, la firmeza bruta de sus músculos tensos y el olor a sal, humo y sudor limpio que emanaba de su piel.

—Está profunda... me he abierto el pie, Mateo —susurró ella, y por primera vez en su voz no quedó rastro del temple ejecutivo; solo la fragilidad desnuda de un animal herido.

—Mantén la pierna arriba —ordenó él con un tono bajo, seco, donde latía un pavor subterráneo.

Mateo caminó a rastras por la arena gruesa, apretando los dientes a cada paso para sostener el peso de ambos hasta alcanzar la zona seca de la playa, al pie del refugio de basalto. La depositó sobre la lona plástica azul con una delicadeza brusca y se hincó de rodillas frente a ella.

Irene se dobló sobre sí misma, viendo cómo el flujo rojo no cesaba, goteando de manera constante sobre el plástico.

El pánico la paralizó. En Madrid, una herida se solucionaba con una llamada, un seguro privado y una sala limpia con anestesia.

Aquí, en esa cala ciega rodeada por paredes insuperables de piedra negra, un corte profundo significaba la amenaza real de una infección, la gangrena y una muerte miserable sin antibióticos.

Dependía por entero de la fuerza de sus manos y de la destreza de un hombre al que cuatro días atrás habría mirado por encima del hombro.

Mateo observó el tajo abierto en la piel fina del empeine, sintiendo que la responsabilidad de esa vida se le clavaba en el pecho como un ancla de hierro.

—Voy a tener que lavarla con agua dulce y apretar duro —dijo él, fijando sus ojos oscuros en los de ella.— Va a doler, Irene.

—Hazlo —articuló ella, apretando los puños contra la arena de carbón hasta clavarse la grava en los nudillos.

El viento racheado sopló de nuevo desde el canal, mientras la sangre caliente de Irene continuaba goteando sobre el basalto frío, sellando el inicio de su vulnerabilidad más extrema.