Capítulo 20 La sombra de la tormenta
La presión atmosférica cayó en picado a media tarde, trayendo consigo un denso tufo a ozono mezclado con el hedor picante del aire helado del mar.
El cielo, que horas antes lucía un gris ceniciento, se tiñó de un color plomo sucio y pesado que parecía aplastar la franja de piedra negra contra el agua.
El viento del canal dejó de soplar a ráfagas para convertirse en un aullido continuo, una fuerza ciega que levantaba la arena de carbón en torbellinos hirientes y hacía restallar la lona azul como el disparo de un látigo.
—Se acerca un frente borrascoso del suroeste —dijo Mateo, saliendo al exterior de la cornisa y clavando la mirada en la línea del horizonte, borrada por un cortinaje de agua oscura.— No es un chubasco de paso, Irene. Viene con marea viva y fuerza de temporal.
Irene salió del refugio, cubriéndose la cara con el antebrazo.
El viento le arrebataba el aliento en cuanto abría la boca, pegándole los mechones sucios y enmarañados a la piel del rostro.
Vio cómo las primeras olas, convertidas en montañas de espuma gris y rugiente, comenzaban a devorar la playa de arena negra, reduciendo el margen entre el agua y la base de la pared de basalto a escasos diez metros.
—Si el agua llega a la cueva, nos ahogamos o morimos de hipotermia —raspó ella, sintiendo el chispazo helado del pánico clavársele en el diafragma.
—Entonces hay que tapiar la boca ahora mismo —ordenó Mateo, agachándose para alzar un bloque de basalto del tamaño de un torso humano.
Trabajaron a una velocidad agónica, empujados por el instinto animal de conservación.
No hubo espacio para la cautela. Irene se lanzó a la grava, hincando las rodillas en el barro helado para arrastrar piedras gruesas y húmedas hacia la entrada del hueco.
Las palmas de sus manos, surcadas por las heridas del choque inicial, volvieron a abrirse, dejando un rastro rojo y caliente sobre la piedra porosa.
No sintió el dolor; la adrenalina pura le adormecía los nervios.
Mateo, haciendo palanca con el peso de sus hombros y disimulando el dolor de su tobillo contusionado, fue encajando los bloques de roca en el umbral, dejando apenas un respiradero superior y asegurando la lona plástica con pedruscos pesados en la base.
Apenas terminaron de colocar el último muro improvisado, el cielo se desfondó.
El primer trueno retumbó en la negrura con un estallido seco, físico, un impacto sordo que rebotó contra la pared de basalto y vibró directamente en el suelo de la cueva, haciendo temblar los dientes de Irene.
La lluvia descargó con una furia torrencial, una cortina de agua densa que borraba la playa y aplastaba cualquier rastro de luz.
La cala quedó sepultada en una penumbra absoluta.
El rugido exterior era ensordecedor: el silbido del viento buscando rendijas, la lluvia golpeando la lona con la violencia de mil agujas de metal y el embate del Atlántico estrellándose contra la roca a escasos pasos de su guarida.
La humedad empezó a filtrarse por las grietas del techo, en un goteo helado que apagó la última ascuas del fuego con un siseo agónico de humo.
Acorralados en el fondo del nicho, sin más luz que el resplandor blanco y fugaz de los rayos que se colaban por la rejilla del muro, el espacio se volvió opresivo.
Irene se encogió contra la pared de piedra, temblando no solo por el aire helado que saturaba el recinto, sino por una impotencia brutal, absoluta.
Ella, que en los despachos de Madrid coordinaba respuestas a crisis millonarias con un par de órdenes por teléfono, se descubría reducida a la nada, atrapada en una grieta de roca a merced de la violencia ciega del planeta.
El entorno hostil no negociaba; destruía.
En la oscuridad casi total, sintió el cuerpo de Mateo acomodarse a su lado, buscando el refugio del rincón más profundo.
Un relámpago iluminó el rostro del marinero durante una fracción de segundo.
Tenía las mandíbulas apretadas, la cara manchada de hollín y barro, y los ojos fijos en la entrada amenazada por el agua.
Por primera vez, Irene vio en la mirada del hombre estoico una rendija de temor animal: el conocimiento de quien sabe exactamente lo que el mar es capaz de tragar.
La tormenta volvió a rugir, y un trueno brutal pareció partir la acantilado en dos.
Llevada por una sacudida de pánico ciego, Irene extendió la mano a oscuras. Sus dedos, fríos y desgastados, buscaron el cuerpo de Mateo hasta dar con su mano derecha. Se agarró a él con desesperación, enterrando las uñas en su piel callosa y mojada.
Mateo no la retiró.
Al contrario, el marinero giró la palma de la mano y cerró los dedos sobre los de ella con un agarre firme, pesado, casi doloroso.
Apretó con la fuerza de un ancla que se clava en el fondo antes de la marejada.
El roce de sus pieles sucias, castigadas por la sal y el basalto, transmitió un calor abrumador en medio de la negrura helada.
—Aquí estamos seguros —retumbó la voz de Mateo en la penumbra, pegada a la sien de Irene para vencer el estruendo de la lluvia.— El muro aguanta. No sueltes.
—No voy a soltar —articuló ella en un hilo de voz que se perdió entre el viento.
Permanecieron inmóviles, hincados en la arena húmeda del fondo, con las manos entrelazadas como el único punto firme en un mundo que parecía desintegrarse afuera.
El pánico los unificó por completo; el estatus, las mentiras urbanas y los secretos ya no existían.
Solo quedaba el pulso acelerado de dos seres humanos agarrados el uno al otro, esperando en silencio a que la naturaleza decidiera su destino.