Capítulo 14 La costra de sal
El calor del mediodía cayó sobre la bahía no como un alivio, sino como un martillazo.
La pared de basalto negro, saturada por la radiación solar que se filtraba a través de las nubes bajas, comenzó a devolver el calor acumulado.
La arena volcánica, fina y cenicienta como el carbón molido, proyectaba una reverberación seca que quemaba los ojos y abrasaba las plantas de los pies descalzos.
El olor a salitre rancio y algas secas se volvía denso, rancio, pegándose a la pared del paladar.
Irene avanzaba pegada al muro de piedra, arrastrando las solapas del abrigo sucio.
Tenía la lengua hinchada, áspera como papel de lija, y las encías le escocían por una capa dura de sal que se le había formado en los labios cortados.
El desierto de agua del Atlántico se extendía a dos metros de sus pasos, pero era una burla salada que solo prometía la muerte.
—No hay nada —dijo Irene, golpeando con la palma sangrante la superficie lisa de la roca. Su voz brotó como un silbido seco, desprovisto de resonancia.— Es solo piedra muerta. Nos vamos a secar aquí como dos trapos.
Mateo no respondió.
Caminaba despacio, con la cabeza inclinada y la mirada fija en las vetas horizontales del basalto, allí donde la roca cambiaba de tono por la humedad. Detuvo su paso torpe junto a una hendidura oscura, una grieta de apenas dos dedos de ancho que se hundía hacia las entrañas de la colada volcánica.
Se agachó. Un hilo de sombra cortaba la piedra.
De la parte superior de la hendidura, acumulándose sobre un saliente de musgo marchito, asomó una gota translúcida.
Creció despacio, temblando bajo el peso de su propia gravedad, hasta que se desprendió con un chasquido mudo.
Cayó sobre la piedra seca y desapareció al instante, engullida por el polvo volcánico.
Pasaron cuatro segundos. Cayó otra gota.
—Agua —susurró Irene.
El pánico de la sed la despojó de cualquier vestigio de contención.
Se abalanzó sobre la pared de basalto, empujando el hombro de Mateo con una fuerza torpe y desesperada, e hincó las rodillas en la arena negra para pegar la boca directamente a la hendidura húmeda.
Desplegó los labios agrietados, buscando cazar el hilo de humedad con la lengua salada.
Antes de que pudiera rozar la roca, una mano enorme, dura como una quilla de madera, la agarró por la tela del hombro sano y la tiró hacia atrás con un envión seco.
Irene cayó sobre el costado, soltando un ahogado chillido de rabia.
—¡Déjame! ¡Hijo de puta, apártate! —gritó, intentando reincorporarse con los puños cerrados, lanzando una dentellada de odio hacia el marinero.— ¡Es agua! ¡Tengo la garganta en carne viva!
Mateo ni siquiera la miró. Con una lentitud exasperante, arrodillado de forma estoica sobre la grava, sacó del bolsillo de su chaqueta la lata de conserva oxidada.
Limpió el borde mella de la hojalata con la manga seca de su jersey y la colocó con precisión milimétrica bajo la grieta, asentándola sobre dos pedazos de basalto para que no se volcara.
La primera gota cayó dentro del bote con un sonido hueco: clink.
—Si pega la boca a la pared, se va a tragar el musgo y el guano de las gaviotas —dijo Mateo. Su voz sonaba baja, raspada, tan dura como el entorno que los rodeaba.— Le dará diarrea en cuatro horas. Y la diarrea en esta playa la matará antes que el frío.
—¡Solo necesito un trago! —Irene se gateó sobre la arena hasta ponerse a su altura, tiritando por una mezcla de rabia impotente y agotamiento físico. Extendió la mano temblorosa hacia el recipiente metálico.— ¡Es mi vida! ¡Tengo derecho a beber!
Mateo le interceptó la muñeca en el aire.
La presión de sus dedos callosos fue firme, no para infligir dolor, sino como un cepo inamovible. Irene sintió el calor rugoso de la piel del marinero, un contraste brutal contra el frío cadavérico de su propia mano cortada.
—Aquí no hay derechos, señora Vance —le dijo, sosteniéndole la mirada con sus ojos oscuros, donde no había espacio para la negociación ni para el consuelo.
— Solo hay la lata y el tiempo. Esta grieta da medio litro cada seis horas.
Si se lo bebe todo de golpe, su cuerpo lo expulsará en sudor en diez minutos y por la tarde estará suplicando otra vez.
—No me digas cómo tengo que gestionar mi cuerpo —masculló ella, intentando soltarse del agarre sin conseguir que el brazo le obedeciera.— Apestas a salitre y a pescado podrido. No eres nadie para racionarme nada.
—En Madrid sería la dueña del edificio —respondió él, soltándole la muñeca de golpe, haciendo que la mano de Irene cayera inerte sobre su regazo.— Pero en este pedazo de basalto, el dueño es el que sabe dónde entra el agua y cómo no morir antes de que vuelva a bajar la marea.
Irene se quedó inmóvil, respirando con dificultad, escuchando el reloj de arena más cruel de su vida.
Clink.
Otra gota cayó en el fondo de la lata oxidada. El sonido resonaba en el silencio de la cala como una pequeña puñalada.
Miró al hombre que estaba sentado a su lado. Mateo no tenía el porte ordenado de los ejecutivos con los que negociaba fusiones en la planta cuarenta de la Castellana; tenía el cuello ancho, la barba de tres días canosa y llena de sal seca, y las uñas gruesas teñidas por la grasa de los motores.
Sin embargo, la jerarquía de la civilización se había derretido bajo el sol plomizo de las Azores. El dinero, las influencias y la arrogancia de su cargo no valían nada ante esa fina lámina de hojalata.
Mateo esperó a que el fondo del bote quedara cubierto por un dedo de agua blanquecina. Luego, levantó la lata con cuidado, se la llevó a los labios, tomó una pequeña fracción del líquido —apenas lo suficiente para humedecerse la lengua— y se la tendió a ella.
—Sorbos cortos —ordenó él.— Manténgalo en la boca antes de tragar. Si lo traga de golpe, vomitará.
Irene agarró la lata oxidada con las dos manos temblorosas.
La hojalata olía a hierro viejo y marisco rancio, pero cuando el líquido rozó sus labios cortados, el alivio fue tan violento que se le llenaron los ojos de lágrimas.
Retuvo el agua en la boca, sintiendo cómo las mucosas resecas absorbían la humedad con una voracidad animal.
Sabía a mineral, a tierra y a piedra húmeda, pero era la vida abierta paso en la roca.
Tragó despacio, sintiendo el recorrido helado del agua bajando por su esófago inflamado. Volvió a mirar a Mateo. Él ya había vuelto a colocar la lata bajo la grieta y ahora utilizaba la navaja para desgastar el borde de un pedazo de madera flotada, sin prestarle la menor atención.
Irene devolvió la lata a su sitio, abrazó sus rodillas mojadas contra el pecho y apoyó la cabeza contra la pared helada de basalto, sabiendo que la verdadera prisión no era el muro de piedra, sino la certeza insoportable de que, para sobrevivir a los próximos días, tendría que someterse a las reglas del hombre al que más despreciaba.