El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 13 El muro de basalto
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Capítulo 13 El muro de basalto

El instinto de huida no razona; arrastra.

Con la marea baja marcando la retirada del agua, Irene echó a andar bordeando la falda de la bahía.

Sus pies descalzos, con la piel de la planta adormecida por el helor del salitre, pisaban la grava volcánica como si fuera ceniza fría.

Llevaba las solapas del abrigo gris dobladas hacia dentro en un intento inútil de retener un vestigio de calor, con la mandíbula rígidamente apretada para frenar el castañeteo rítmico de los dientes.

—Tiene que haber un paso —musitó, con la voz ahogada por el silbido rasante del viento que se encajonaba entre los riscos.— Toda isla tiene un camino de pescadores. Un sendero de ganado. Algo.

Mateo la seguía a diez pasos de distancia, manteniendo un ritmo lento, pesado, marcado por la cojera seca de su tobillo contusionado.

Llevaba la lona plástica azul doblada bajo el sobaco y la cuerda de nailon deshilachada arrollada en la muñeca manchada de hollín.

No intentó frenarla. Su rostro, cruzado por el cerco negro de la grasa rancia del motor difunto, mantenía una inmovilidad dura, la máscara de quien conoce el veredicto de la geología antes de rozar la piedra.

La curva de la orilla se cerró de golpe.

Frente a ellos, la playa de arena negra no continuaba hacia el interior; moría de manera drástica contra una pared vertical de basalto oscuro de más de treinta metros de altura.

El bloque de piedra volcánica se alzaba como un tajo limpio sobre la tierra, frotado y pulido por siglos de erosión marina que habían borrado cualquier saliente, dejando una superficie lisa, oscura y resbaladiza por la humedad rancia que filtraba la cumbre.

Irene se detuvo a dos metros del muro, levantando la cabeza con los ojos desorbitados. La sombra del risco cayó sobre ella como una losa de hormigón, borrando el poco cielo gris plomo que dejaba pasar la bruma del Atlántico.

—No... —su respiración se aceleró de nuevo, rascando en la garganta secada por la sal.— Tiene que haber agarres. Hay vegetación arriba.

Se abalanzó contra la piedra. Encajó los dedos tullidos en una grieta estrecha por la que rezumaba agua helada, intentando buscar un punto de apoyo para el pie derecho.

La losa de basalto no cedió ni un milímetro.

Las lascas de piedra, afiladas como esquirlas de vidrio, le cortaron la piel suave de las palmas de las manos con un tirón seco.

Irene ahogó un chillido de dolor y volvió a impulsar su peso hacia arriba.

El pie, descalzo y resbaladizo por el lodo negro, perdió la tracción en la roca húmeda.

Salió despedida hacia atrás, cayendo de espaldas sobre la arena de carbón con un impacto sordo que le arrancó el aire de los pulmones y envió una sacudida al hombro contusionado.

Se quedó tendida boca arriba, jadeando contra el cielo violáceo, viendo cómo las gotas de agua fría que goteaban del cantil le caían sobre la cara, mezclándose con el sudor helado y el salitre de sus mejillas.

—¿Ha terminado ya de romperse las manos? —la voz de Mateo sonó arriba, seca, desprovista de la menor pizca de lástima.

El marinero se inclinó despacio, agarró una piedra suelta del suelo y la estampó con fuerza contra la pared de basalto. El choque produjo un sonido denso, metálico, un clank sordo que resonó en el anfiteatro de la cala como la puerta de una celda de hierro cerrándose sobre sus goznes.

—Piedra colada —dijo Mateo, tirando el guijarro al agua de una poza.— Es la colada de la última erupción del siglo pasado. Tres cientos metros de basalto macizo hasta la meseta de la caldera. Sin botas, sin arnés y con el hombro inutilizado, no sube ni dos metros.

Irene se incorporó torpemente sobre un codo, mirándose las palmas de las manos.

La sangre roja, densa, brotaba de tres cortes limpios en los montículos de la piel, tiñendo el lodo negro que llevaba pegado a los nudillos.

El dolor ardió con una punzada viva, despojándola del último resto de entereza.

—Tiene que haber una salida —dijo, y la frase ya no fue una orden corporativa, sino un susurro ahogado, tiritando por el temblor convulsivo del frío.— No podemos quedarnos aquí. Esto es una trampa.

—Es una playa de doscientos metros de largo por veinte de ancho —corrigió Mateo, dando la vuelta para encarar el canal embravecido.— Al frente tenemos tres millas de agua en marejada y a la espalda esta pared. Estamos atrapados, señora Vance. En una caja de piedra y sal.

Irene se puso en pie a trompicones, encarando el perfil del marinero con los puños ensangrentados apretados a los lados de los muslos. La calma estoica con la que él pronunciaba su condena le resultaba insoportable, una provocación directa a la desesperación que le devoraba el pecho.

—¡Deje de hablar como si estuviera resignado a morirse en esta orilla!

—estalló, avanzando hacia él hasta que sus sombras se solaparon sobre la grava.

— ¡Haga algo! ¡Construya una señal! ¡Busque ramas secas para hacer humo!

En Madrid, cuando algo se bloquea, se busca una alternativa, ¡no se queda uno sentado esperando a que la marea lo devore!

Mateo se giró despacio. Sus ojos oscuros, enmarcados por arrugas profundas quemadas por el sol y la sal, la fijaron con una frialdad ancestral.

Dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que Irene pudo oler el aliento amargo de su boca seca y el hedor rancio a humedad y hollín que despedía su lana mojada.

—Esto no es Madrid, señora Vance —dijo, enmarcando las palabras con un susurro bajo, raspado, que cortó el viento.

— Aquí no hay gabinete de crisis ni reunión de urgencia para cambiar la realidad.

La naturaleza no es un cuadro que se mira desde el ventanal de un restaurante de lujo ni un paisaje para poner en un folleto.

Es una bestia que no sabe su nombre y a la que le importa un carajo si usted tiene diez millones en el banco o un pleito pendiente.

Irene dio un paso atrás, pero su espalda tropezó contra el basalto húmedo. El contacto con la piedra fría atravesó la lana de su abrigo como un punzón de hielo.

—Si intenta subir esa pared otra vez, se va a romper la cabeza contra las rocas y yo no voy a cargar con su cadáver —añadió él, dándose la vuelta para recoger la lona plástica del suelo.

— La marea volverá a subir en cuatro horas.

Si no preparamos un refugio bajo la cornisa antes de que vuelva el viento de popa, no nos hará falta el muro para morirnos de frío.

Mateo echó a andar de regreso hacia el hueco de la cueva sin volver la vista atrás.

Irene se quedó clavada junto a la pared vertical, sintiendo la presión claustrofóbica del espacio abierto.

Aterrada, comprendió la paradoja brutal de su encierro: no había barrotes ni puertas de hierro, pero el Atlántico al frente y el basalto a la espalda conformaban la prisión más perfecta e infranqueable de la tierra.

Se miró las manos ensangrentadas, apretó los labios hasta hacerse sangrar de nuevo la herida del labio y echó a andar tras las pisadas torpes del marinero sobre la arena de carbón.