El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 12 El inventario del desastre
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Capítulo 12 El inventario del desastre

La marea baja retrocedió dejando al descubierto una franja de rocas volcánicas, negras, cubiertas por una pátina resbaladiza de percepción y algas en descomposición. El olor a marisco muerto y chatarra mojada se pegaba a las fosas nasales, saturando el aire frío del amanecer.

Mateo echó a andar por la orilla, cojeando levemente a causa del tobillo inflamado. Sus pasos sobre la grava volcánica producían un chasquido sordo, rascando el suelo a cada avance mientras sus ojos rastreaban los despojos que el Atlántico había vomitado durante la noche.

—Espere... —la voz de Irene brotó rasgada, rota por el temblor que aún le sacudía las mandíbulas.

Irene lo siguió a trompicones. Los tacones rotos de sus zapatos de salón marcaban huellas desiguales y torpes en la arena gruesa de carbón.

Llevaba el abrigo de lana gris empapado, pesado como un arnés de plomo, y las manos tullidas por el salitre pegajoso.

Se detenía ante cada bulto oscuro que la espuma arrojaba contra las rocas, arrastrando los pies con una desesperación ciega.

—Tiene que haber algo más —musitó, inclinándose sobre una poza de agua salada para arrancar un trozo de plástico negro que resultó ser solo el resto de una defensa rota del pesquero.— Mi maleta de piel... las carpetas de auditoría... Los pasaportes estaban en el compartimento estanco del camarote.

Mateo no respondió. Se agachó junto a una acumulación de algas acumuladas en la base del acantilado y metió las manos desnudas en la masa verde y húmeda.

Tiró con fuerza, sacando un pedazo de lona plástica de color azul, rasgada en las esquinas pero lo bastante tupida como para cortar el viento.

La sacudió contra la piedra, levantando una rociada de gotas saladas.

—Esto sirve —dijo él. Su voz era una línea plana, despojada de dramatismo.

—¿Eso? —Irene la miró con un desprecio instintivo, el reflejo condicionado de quien está acostumbrada a valorar las cosas por su precio de catálogo.— Es basura. Un pedazo de plástico sucio. Necesitamos herramientas, un botiquín, la documentación para cuando aparezca la patrulla marina.

Mateo se puso en pie, ignorando la queja. Avanzó dos metros más y recogió del agua un tramo de cuerda de nailon deshilachada, de apenas metro y medio, endurecida por la sal.

Se la enrolló en el antebrazo manchado de hollín y grasa rancia.

Luego, con la punta de la bota, hizo rodar un cilindro metálico oxidado que flotaba entre dos bloques de basalto.

Era una lata de conserva sin etiqueta, abombada por un extremo, con la hojalata cubierta por un velo de herrumbre.

—Comida —dijo Mateo, sopesando el bote en la palma de la mano callosa.

—Está podrida —Irene dio un paso atrás, arrugando la nariz ante el hedor a hierro quemado y salitre que despedía la lata.— No podemos comer eso, nos matará.

—Nos matará el frío si no encontramos con qué encender fuego antes de que vuelva a caer la noche —corrigió él.

De su bolsillo del pantalón de trabajo, milagrosamente a salvo de la corriente, Mateo extrajo una navaja gastada de mango de asta de ciervo.

El metal de la hoja estaba rayado, oscurecido por años de cortar redes y destripar pescado, pero el filo conservaba un brillo honesto bajo la luz plomiza del cielo.

La abrió con un chasquido seco que resonó contra el acantilado.

Irene observó el objeto. En su cabeza, las ecuaciones financieras se cruzaban en un cortocircuito absurdo: los activos de su fondo de inversión en Madrid, los contratos internacionales pendientes de firma, los millones de euros representados en sus cuentas corporativas...

todo se estrellaba contra la evidencia brutal de la playa.

En esa franja de arena de carbón, un trozo de hierro oxidado y una navaja mella valían infinitamente más que toda su capacidad crediticia.

—Busque madera seca —ordenó Mateo, señalando hacia la pared de piedra donde las matorrales secos y los restos de matojos arrastrados por el viento quedaban atrapados en las grietas.— Si quiere que ese abrigo le sirva de algo, hay que secarlo.

Irene se miró las manos. Las uñas impecables estaban partidas, llenas de lodo negro, y la piel de los nudillos se tornaba purpúrea por la rigidez del frío. Sintió una punzada de rabia amarga en la garganta, la humillación de verse reducida a una recolectora de despojos.

—No voy a recoger palos —dijo, intentando sostener la postura rígida con la que dominaba las reuniones de directorio.— Esto es absurdo. Nos van a localizar en unas horas.

Mateo no discutió. Guardó la navaja en el bolsillo, se echó la lona plástica sobre el hombro y se encaminó hacia la cueva que se abría en la base del risco, dejándola sola en mitad de la orilla.

—El Atlántico no sabe quién es usted, señora Vance —dijo sin girarse, y su voz se disolvió en el rugido constante e indiferente de las olas retirándose sobre la piedra.— Y a las rocas tampoco les importa.

Irene se quedó inmóvil sobre la grava, sintiendo el viento helado secando el salitre sobre su piel cortada. Miró hacia el horizonte vacío, donde la bruma borraba el límite entre el agua y el cielo, y por primera vez comprendió que las reglas del mundo que conocía habían dejado de existir.