Capítulo 11 El apagón de pantalla
El amanecer en la cala no trajo luz, sino una transición lenta y violenta hacia el gris plomo.
Irene despertó sobre la barra de arena negra con la boca llena de un sabor rancio a salitre, humo frito y algas en descomposición.
La lana de su abrigo gris, empapada hasta la fibra, se había transformado en una armadura rígida que le aprisionaba las costillas, helada como el basalto sobre el que descansaba su cabeza.
El pulso le retumbaba en las sienes con un latido seco, sordo, compitiendo con el rugido monótono de la marea que rompa a escasos diez metros de sus pies descalzos.
Se incorporó sobre los codos en un espasmo de dolor. La contusión del hombro izquierdo bajaba en un ardor punzante hacia el brazo, y el labio roto le escocía con el aire rasante que entraba desde el canal.
Sin embargo, la primera orden que su cerebro emitió no fue buscar refugio ni comprobar la gravedad de sus heridas. Fue el impulso ciego, condicionado por quince años de disciplina corporativa en las plantas altas de Madrid: la mano derecha buscó de inmediato el bolsillo interior del abrigo.
Los dedos le temblaban con una rigidez torpe, entumecidos por la primera fase de la hipotermia. Cuando las yemas tropezaron con la esquina de cristal y metal dentro de la tela encharcada, una descarga de adrenalina le recorrió la espina dorsal. Sacó el teléfono.
El terminal chorreaba un hilo de agua salada y arena gruesa.
La lente de la cámara trasera estaba cubierta por una capa de sal de mar, y la pantalla táctil, antes impecable, mostraba una pátina verde, ácida, fruto de la corrosión instantánea del sulfato de cobre acumulado en las ranuras del circuito.
—Vamos... —musitó Irene.
Su voz brotó como un chasquido ahogado, desprovista de cualquier matiz de autoridad.
Apoyó el pulgar tullido sobre el botón de encendido y presionó con fuerza.
Nada. Clavó la uña limpia con desesperación, apretando hasta que la piel del dedo se volvió blanca y el dolor de la matriz le sacó una mueca.
La pantalla permaneció inerte, reflejando únicamente la luz cenicienta del cielo y su propio rostro enmarañado, sucio de lodo negro y hollín.
—Enciende... enciende, por favor... —el tono se convirtió en una súplica gimoteante, el ruego ridículo de un devoto ante un altar roto.
Volvió a apretar. Una, dos, tres veces. Clavó el terminal contra el muslo mojado, frotando la pantalla con la manga salada para limpiar el limo salino, y hundió de nuevo el botón hasta que la esquina de la carcasa le cortó la piel del nudillo.
El teléfono no respondió.
Estaba muerto, reducido a una rasca de plástico y silicio inservible, tan inútil como una piedra del acantilado.
En ese preciso instante, el diafragma de Irene se bloqueó.
La falta de respuesta del terminal no llegó como una avería técnica, sino como una decapitación.
La sensación de ahogo fue instantánea: el aire helado de la playa no entraba en sus pulmones; se le quedaba atascado en la tráquea como un bloque de yeso seco.
El pecho se le contrajo en un espasmo de hiperventilación, mientras el pulso se le disparaba a un ritmo salvaje, desordenado, martilleándole el cuello con una violencia que le nubló la vista.
Se llevó las manos a la cabeza, enredando las uñas en el pelo apelmazado por el salitre.
El colapso digital la destripó por dentro.
Sin esa pantalla parpadeante, sin la cascada continua de correos, llamadas, informes y validaciones, el "yo" que había construido durante cuatro décadas se disolvía en la nada.
Nadie la leía en la Castellana. Nadie recibía sus órdenes.
Para el resto de la especie humana, atrincherada al otro lado del océano tras sus cristales encendidos, Irene Vance había dejado de existir en el instante exacto en que el mar devoró la última señal.
Un gemido rasgado, primitivo y vergonzoso, le brotó del fondo del esternón. Se dobló sobre la arena de carbón, abrazándose las rodillas, tiritando con una violencia convulsiva mientras el pánico físico le devoraba las entrañas.
A diez metros de allí, junto a la linde de rocas volcánicas, Mateo la observaba.
Estaba de pie, apoyado contra la pared de basalto mojado para descargar el peso de su tobillo contusionado.
Vestía el jersey de lana rancia empapado, con las manos sucias de grasa y hollín metidas en los bolsillos del pantalón de trabajo.
No se acercó. Tampoco pronunció una palabra de consuelo ni hizo el menor gesto para detener la crisis de la ejecutiva.
Sus ojos oscuros, reducidos a dos ranuras por el esfuerzo y la falta de sueño, contemplaban la escena con una lástima helada, ancestral.
Mateo conocía ese veneno; era el síndrome de abstinencia del ruido, la agonía del hombre urbano cuando se le despoja del espejo donde proyecta sus mentiras.
Había visto a marineros veteranos romperse de la misma forma al perder el contacto con la costa, pero sabía por experiencia que ninguna palabra escrita en la tierra puede frenar la embestida del vacío.
La piedra volcánica no ofrecía piedad, y el Atlántico no negociaba con lágrimas. Irene tenía que consumirse sola en su propio veneno hasta que la energía del pánico se agotara contra la realidad del frío.
Mateo apartó la mirada de la mujer y la dirigió hacia la cresta de la bahía. Entre dos bloques de piedra dentada, a cincuenta metros de la orilla, la balsa salvavidas de caucho amarillo yacía atascada entre los percebes, medio desinflada pero entera, meciéndose al compás de la marejada.
—Gaste el aire que le quede, señora Vance —dijo él, con una voz baja y rasposa que el silbido del viento estuvo a punto de tragar—. Cuando termine de llorarle a ese pedazo de vidrio, va a tener que ayudarme a sacar esa balsa del agua si no quiere que nos muramos de frío antes del mediodía.
Irene no respondió. Dejó caer el teléfono inerte sobre la arena negra, viendo cómo los granos de basalto cubrían la lente corroída, mientras su respiración entrecortada seguía arañando el silencio plomizo del alba.