Capítulo 10 Arena de carbón
El Atlántico los escupió como a dos restos de naufragio inútiles.
Irene cayó de bruces sobre la orilla, encajando el rostro contra una masa de arena negra, gruesa y áspera como el carbón molido.
La primera ola de la resaca la arrastró un metro hacia atrás, pero sus dedos, agarrotados por el frío, se clavaron en la playa volcánica, buscando un anclaje desesperado en la piedra húmeda.
Tosió de forma violenta, expulsando buches de agua amarga, salitre y bilis que le abrasaban las mucosas.
El esternón le dolía a cada inhalación; el aire helado de la noche le entraba en los pulmones como si tragara cuchillas de afeitar.
A su lado, el mar roncaba con un estruendo continuo e indiferente, rompiendo a pocos metros con un batir pesado de espuma blanca que iluminaba por segundos la penumbra.
—No... no se quede en la orilla —la voz de Mateo brotó como un rasguño, ahogada por el viento salobre.
Irene intentó incorporarse, pero las piernas no le respondieron. La primera fase de la hipotermia le sacudía el cuerpo con un temblor rítmico, convulsivo, un espasmo violento que le hacía chocar los dientes con un repiqueteo seco.
Tenía las manos adormecidas, tullidas, teñidas por una capa densa de barro negro y granos de basalto que se le habían metido bajo las uñas.
Mateo se puso en pie a duras penas. Tambaleándose sobre la arena inestable, con la lana del jersey chorreando agua de mar y los pantalones pegados a la piel como una segunda capa de plomo, dio tres pasos ciegos.
Se detuvo, dobló los rodillas y se llevó la mano a la pierna izquierda, comprobando la movilidad del tobillo con una mueca de dolor retenido.
Luego, despacio, giró la cabeza sobre el hombro para explorar la negrura.
Nada.
A espaldas de la playa no había luces de pueblos, ni siluetas de casas, ni el destello lejano de una linterna o una antena de telecomunicaciones.
Solo un muro de piedra volcánica, áspero y vertical, recortándose contra un cielo de nubes bajas y violáceas que se tragaba cualquier indicio de civilización.
Estaban atrapados en una lengua de tierra ciega, un rincón muerto del archipiélago donde la geología no entendía de mapas ni de rutas comerciales.
—El... el teléfono —musitó Irene, con la mandíbula agarrotada.
Por un puro acto reflejo, un hábito ciego esculpido por años de adicción a la pantalla y al control, se llevó las manos heladas a los bolsillos del abrigo de lana mojado.
Estaban vacíos.
Los bolsillos interiores del traje de sastre, deshecho por el salitre, solo contenían un puñado de arena gruesa y agua salada.
Miró sus manos en la oscuridad. La piel de las palmas estaba blanca, rugosa por la inmersión, cruzada por pequeños cortes llenos de lodo negro.
La realidad no llegó como un pensamiento analítico; fue un impacto físico en la boca del estómago, un vacío abismal que le cortó la respiración.
Sus tres terminales, sus accesos bancarios, su agenda de contactos con la élite financiera de Madrid, sus credenciales del consejo de administración...
todo yacía en el fondo de la fosa marina, engullido junto a las cuadernas del pesquero.
—No hay nada en sus bolsillos, señora Vance —dijo Mateo.
Su tono era plano, desprovisto de sarcasmo, despojado de cualquier intención de consuelo.
Se dejó caer sobre las rodillas a su lado y la agarró por los antebrazos para arrastrarla tres metros más arriba, lejos de la espuma de la marea.
— Y si lo hubiera, aquí solo le serviría para intentar encender un fuego.
—Mi... mi empresa... —Irene intentó articular una frase coherente, pero la voz se le quebraba en un gimoteo involuntario provocado por el frío.— Tienen... tienen el itinerario. Van a mandar... un barco de rescate.
Mateo la soltó en la parte alta de la barra de arena, donde los bloques de basalto caídos del acantilado ofrecían una pálida protección contra el viento rasante.
Se limpió el salitre de los ojos con el dorso de la mano sucia y se encaró a ella.
—Nadie va a mandar nada —sentenció, mirándola fijamente con sus ojos oscuros, reducidos a dos grietas de cansancio y resignación.
— En Capitanía de Ponta Delgada no hay ningún plan de viaje registrado porque salimos sin despachar.
En Faial nadie nos espera. Y su empresa tardará por lo menos cuarenta y ocho horas en darse cuenta de que no responde a los correos antes de empezar a hacer llamadas.
Irene lo miró, tiritando sobre la arena de carbón. Quiso gritarle, quiso golpearlo con los puños cerrados, pero sus brazos pesaban como bloques de cemento y el dolor del hombro contusionado le latía a cada pulso en la sien.
—Estamos en el fin del mundo —susurró ella, y la frase sonó como la sentencia de un tribunal inapelable.
—Estamos en una cala desierta de la costa sur —corrigió él, inclinándose para empezar a retirar con las manos los trozos de algas y madera flotante que la marea había arrojado a la orilla.
— El mar se ha quedado con su vida anterior.
Si quiere recuperar una parte, más le vale aprender a respirar sin su pantalla.
El cruce de miradas que siguió entre ambos no tuvo la calidez de la compasión ni el alivio del rescate.
Fue la constatación muda y brutal de un naufragio compartido: la certeza de que, en esa franja de arena negra cercada por la noche y el acantilado, no eran más que dos prisioneros condenados a entenderse para no morir congelados antes del amanecer.
El viento del Atlántico volvió a aullar contra las rocas, secando el salitre sobre sus pieles tullidas.