Capítulo 9 El agua negra
El mar no abrazaba; engullía.
La caída desde la regala cortó el aire de cuajo, y el impacto contra la superficie del Atlántico fue un latigazo sordo que disolvió cualquier rastro de la gravedad terrestre.
Irene se hundió de golpe en una negrura absoluta, helada, un pozo salobre donde la temperatura del agua le atascó los pulmones como un bloque de plomo.
El pánico, primitivo y ciego, tomó el control de su cuerpo.
Pataleó de forma desordenada, intentando ganar la superficie, pero el abrigo de lana saturado de salitre y los vaqueros empapados actuaban como un lastre de metal, tirando de ella hacia el fondo de la cresta.
Abrió la boca para tragar aire y solo consiguió un buche de agua amarga, cargada de algas y aceite quemado, que le abrasó la garganta hasta el estómago.
El dolor en el hombro amoratado y el escozor del labio abierto pasaron a un segundo plano: la sofocación era una pared de piedra cerrándose sobre su pecho.
Arriba, la superficie era un hervidero de espuma blanca y sombras violentas.
Una garra áspera la aferró por la lana de la solapa con una fuerza brutal.
Mateo la tiró hacia arriba de un sacudón seco, arrancándola del fondo justo cuando la garganta de Irene se cerraba en un espasmo agónico. Emergió tosiendo, escupiendo bilis y sal, rompiendo el agua con un jadeo rasgado que sonó casi como un chillido animal.
—¡Sople! —bramó Mateo a escasos centímetros de su oreja, braceando con el brazo libre contra la marejada.— ¡Sople el agua y patalee! ¡No se quede inerte o nos vamos los dos abajo!
El viento aullaba a su alrededor, arrastrando la rociada de las olas que rompan con un impacto seco, retumbante, contra el muro de basalto que se alzaba a menos de diez metros.
La resaca era una bestia de mil brazos que intentaba arrastrarlos de nuevo hacia la rompiente, donde los restos de la embarcación crujían y se astillaban en una agonía de roble y acero.
—¡Mis piernas! —consiguió formular Irene, con la voz ahogada por el salitre y el temblor incontrolable de las mandíbulas.— ¡No… no las siento!
—¡Patalee, joder! —le gritó él, apretando el agarre sobre la tela del abrigo hasta que los nudillos de su mano le dolieron por la tensión.
Mateo giró el cuerpo en el agua, usándose a sí mismo como escudo entre ella y la espuma que coronaba la marejada.
Con brazadas potentes, rítmicas, curtidas en años de luchar contra la deriva, comenzó a remolcarla hacia la curvatura de la bahía, donde la sombra de un abrigo rocoso prometía un mar menos embravecido.
Cada golpe de ola los sepultaba por un segundo en una tiniebla verde y salada, pero la mano del marinero se mantenía soldada a la lana de su abrigo como una prensa de hierro.
Irene, cegada por el escozor de la sal en las córneas y con la piel de la cara ardiendo por el rasante helado, se agarró a la muñeca de Mateo con los dedos agarrotados.
Ya no quedaba nada de la estratega corporativa que tres horas antes dictaba condiciones por satélite.
No había estatus, ni cuentas bancarias, ni la coraza de arrogancia tallada en las oficinas de la Castellana.
En el Atlántico, reducida a una masa de carne tullida por el frío y ropas mojadas, su vida entera dependía del músculo y la terquedad de un hombre al que había despreciado.
Un crujido definitivo, similar al chasquido de un tronco centenario partiéndose en dos, reventó a la espalda de ambos.
Mateo se detuvo un instante, suspendido en el agua negra, y volvió la cabeza. Irene, jadeando contra su hombro, siguió su mirada.
A través de la bruma y la luz cenicienta del crepúsculo muerto, vieron cómo la popa del pesquero se levantaba vertical sobre el basalto, mostrando la hélice mella y el timón destrozado.
La siguiente ola, una masa de agua pesada y oscura, cayó sobre la estructura con el peso de una losa de hormigón.
El casco se abrió en canal, engullendo aire en un siseo cavernoso antes de deslizarse hacia la poza profunda del lecho marino.
El mar se tragó los restos. Con el barco descendieron las cartas de navegación, la ropa limpia, las tarjetas de crédito, los dos teléfonos cargados y cualquier puente invisible que conectara a Irene con su existencia anterior.
El abismo devoró el rastro digital en un silencio repentino y absoluto, dejando solo un rastro de burbujas y una mancha irisada de gasóleo flotando sobre la espuma.
Mateo dejó salir una exhalación áspera, un sonido que el viento cortó al instante, y volvió a encarar la orilla sin decir una sola palabra. El naufragio era completo.
—Siga moviendo los pies —ordenó él, golpeándole el muslo por debajo del agua con la rodilla.— Ya casi estamos fuera de la corriente.
Irene obedeció de forma mecánica, sintiendo cómo el frío extremo empezaba a adormecerle las extremidades, sustituyendo el dolor del golpe por una pesadez letárgica y peligrosa.
El bautismo no había sido con agua bendita, sino con la hiedra marina y la sal amarga del fondo del canal; un tajo limpio que separaba lo que había sido de lo que tendría que ser para sobrevivir a la noche.
Cinco brazadas más tarde, los dedos de Mateo tropezaron con la primera superficie sólida: una baja de piedra negra sumergida, cubierta de percebes y musgo resbaladizo.
—¡Tierra! —gruñó él, arrastrando el cuerpo de Irene sobre la cornisa de basalto mientras la marea los empujaba por última vez hacia las sombras de la playa desierta.