Capítulo 8 Embestida contra el basalto
El crujido no pertenecía al agua. Fue un alarido de fibra de vidrio y madera de roble reventando contra la piedra, una sacudida seca, telúrica, que hendió el casco desde la quilla hasta el bauprés.
El impacto catapultó el cuerpo de Irene a través del puente de mando.
Salió despedida contra la mesa de cartas, golpeándose el hombro izquierdo con una violencia que le arrancó el aire de los pulmones, antes de rodar sobre la teca húmeda.
La boca se le llenó al instante de un sabor denso, caliente y ferroso; la herida del labio se había reabierto de golpe al chocar contra la esquina de bronce del mamparo.
A su alrededor, el mundo se convirtió en un caos de agua negra y estrépito. El mar rompió los cristales del babor con un estallido sordo, inundando la cabina con una masa helada que arrastró cartas náuticas, latas de conserva y el portátil inerte hacia la sentina.
—¡Arriba! —bramó Mateo.
Su voz emergió por encima del bramido del Atlántico, rasgada y salvaje.
Irene, aturdida por el golpe en el hombro y con el pulso latiéndole en las sienes a una velocidad ensordecedora, intentó incorporarse, pero los pies descalzos le resbalaron en la cubierta anegada, manchada por la mezcla de agua salada y el gasóleo residual del motor muerto.
El pesquero había encallado de costado en una baja de basalto sumergida frente a la costa ciega de la isla.
La siguiente ola llegó con la fuerza de un pisotón gigante: elevó la popa un metro para volver a dejarla caer con un impacto brutal contra la roca volcánica.
El suelo se inclinó en un ángulo imposible de cuarenta grados.
Un crujido cavernoso retumbó bajo sus pies cuando el costado de estribor cedió, abriéndose en una brecha por la que el mar entró a borbotones.
—¡Nos hundimos! —chilló Irene, agarrándose con pánico ciego al brazo de Mateo, clavándole las uñas en la lana mojada de la manga.— ¡Nos estamos yendo abajo!
Mateo no respondió con palabras. Con un movimiento fluido y brutal, la agarró por la pechera del abrigo mojado y la arrastró hacia la popa.
Irene vio cómo, en la inclinación agónica del barco, su bolso de cuero —aún atrapado dentro del tambucho estanco de la balsa— amenazaba con escurrirse por la borda tras un embate de la marea.
Por un instinto ridículo, herencia del mundo de cristal y contratos que acababa de saltar en pedazos, estiró el brazo sano para sujetarlo.
—¡Mi bolso! —gritó, viendo cómo el tambucho estanco de la balsa amenazaba con abrirse tras un embate de la marea.
— ¡Están los discos duros! ¡Tengo todo ahí!
—¡A la mierda los discos! —bramó Mateo, acortando la distancia entre sus rostros hasta que Irene sintió el aliento a sal, agotamiento y rabia del marinero cortándole la cara.
Le sujetó los hombros con una firmeza que no admitía réplica, obligándola a soltar la traba de la balsa para empujarla directamente hacia la borda.
Sin darle tiempo a procesar la pérdida, Mateo la agarró por la cintura y la empujó sin contemplaciones sobre la regala de babor, justo cuando una masa de agua negra volvía a barrer la cubierta de proa a popa.
—¡Al agua, coño! —ordenó él, rugiendo contra el viento que aullaba a través de los estayes metálicos deshechos.— ¡Nos va a aplastar contra el risco!
Irene no saltó; la marea la barrió.
El golpe contra el agua helada del Atlántico fue una amputación térmica.
El frío no era una temperatura: era un fósforo encendido clavado en los pulmones que le paralizó el diafragma al instante.
Se hundió un metro en la negrura salobre, sintiendo cómo la lana pesada de su abrigo absorbía litros de mar y la tiraba hacia las profundidades como un ancla de plomo.
El dolor del hombro amoratado y el escozor del labio sangrante se disolvieron en una sola punzada visceral de pura supervivencia.
Pataleó con todas sus fuerzas, sin zapatos, sintiendo el raspón del salitre en la garganta mientras emergía a la superficie tosiendo y escupiendo espuma amarga.
A escasos cinco metros, la silueta negra del pesquero crujió por última vez sobre la cresta de basalto.
La siguiente masa de agua levantó la embarcación y la estampó de lleno contra el muro de piedra volcánica; la madera rotas saltó en esquirlas que flotaron en la negrura mientras el barco comenzaba a escorar de forma definitiva, engullido por el canal.
Una mano grande, dura y de piel áspera como la lija la agarró por el cuello de la camisa, sacándola a flote con un tirón seco.
Mateo estaba a su lado, braceando contra la corriente que tiraba de ambos hacia la orilla de piedras dentadas. La miraba con la cara empapada de sal y los ojos desorbitados por el esfuerzo físico, despojado de cualquier máscara de estoicismo.
—¡Bracee! —le gritó él al oído, con la voz ahogada por el rugido del oleaje rompiendo contra la costa negra.— ¡No se deje llevar por la resaca o las rocas la van a descuartizar!
Irene no protestó. No exigió abogados, no mencionó su cargo ni pensó en la reunión de Londres.
Aferrada al hombro de Mateo con la fuerza del animal que se niega a morir, comenzó a patalear en la negrura, dejando que el marinero la guiara entre la espuma hirviente hacia la orilla incierta de la isla.