Capítulo 7 La marejada sorda
La deriva había dejado de ser un concepto abstracto para convertirse en una amenaza física con garras de sal y granito.
Sin el impulso del motor, el pesquero viraba indefenso sobre su propio eje, atravesado a la marejada que lo empujaba con saña hacia el oeste, directo a la franja de acantilados no balizados que cercaban la costa de Faial.
A lo lejos, el rugido de la mar rompiendo contra las bajas rocosas no sonaba como agua; era un retumbo sordo, un trueno continuo que hacía vibrar las cuadernas de roble y el piso de teca bajo la planta de los pies.
Irene se sujetó con ambas manos a la escala de babor, sentida la violencia del impacto en las articulaciones.
La falta de control le quemaba las entrañas.
En Madrid, una crisis implicaba llamadas a puerta cerrada, gabinetes de prensa y transferencias millonarias para sofocar el incendio.
Aquí, frente a la negrura que devoraba el canal, su estatus no valía más que el hollín pegado a la cubierta.
—¡Esto es negligencia criminal! —chilló, encarándose a Mateo con los ojos inyectados en sangre y las sienes latiéndole con furia.
— ¡Usted sabía que este trasto no estaba en condiciones de navegar!
¡Me ha subido a una cáscara de madera pudriéndose para sacarme el dinero!
¡Si nos estrellamos contra esas rocas, juro por Dios que lo meteré en la cárcel el resto de su vida!
Mateo ni siquiera la miró. Permanecía arrodillado en la popa, con el agua helada de la sentina cubriéndole los tobillos, ajustando un nudo marinero alrededor de la cáncamo de bronce que sujetaba la balsa salvavidas inflable.
Sus manos callosas y manchadas de grasa negra se movían con una precisión fría, ajenas a los alaridos de la mujer.
—Grite más fuerte, señora Vance —dijo él, sin elevar el tono, tirando del cabo con un chasquido seco.— Quizá los acantilados tengan piedad si escuchan el nombre de su bufete de abogados.
—¡Es un inútil! —Irene avanzó un paso por la cubierta resbaladiza, tambaleándose cuando una ola lateral hizo inclinarse el casco casi hasta el límite del vuelco.— ¡Un alcohólico y un irresponsable! ¡Debería haberlo sabido en cuanto vi este puerto infecto!
Mateo se puso en pie despacio. Era medio cabeza más alto que ella y la sombra de su cuerpo, recortada contra el último resplandor violáceo de la bruma, pareció aplastar el pequeño espacio del puente. La miró fijamente, con las pupilas reducidas a dos alfileres de hielo.
—El único error que cometí fue dejar que subiera a mi barco —dijo, dando un paso hacia ella hasta que el olor a sal, sudor rancio y humo de su jersey la obligó a echar la cabeza hacia atrás.— Ahora quítese los tacones. Quítese ese abrigo de lana.
—¿Qué? —Irene apretó las solapas empapadas de su abrigo gris contra el pecho.
—Si el barco toca fondo en las bajas, la madera se abrirá como una nuez en dos segundos —explicó él, señalando con la barbilla hacia la negrura donde la espuma blanca de las olas empezaba a saltar como dentelladas en la oscuridad.
— Con cinco kilos de lana mojada y esos zapatos de suela lisa, se irá al fondo en menos de un minuto.
Descalza y en cuerpo de camisa, tal vez tenga una oportunidad si la marea la escupe en la cala.
Irene dio un paso atrás, chocado contra el mamparo de la cabina. En su mano derecha apretaba con la fuerza del pánico su bolso de cuero de marca, donde guardaba el pasaporte, las tarjetas corporativas y sus dos teléfonos inertes.
—No voy a quitarme nada —dijo, con la voz temblando por un escalofrío rítmico que le sacudía la mandíbula.— Mi documentación está aquí. Mis dispositivos están aquí. No voy a tirarlo al mar.
Mateo dejó salir un resoplido amargo, un sonido que sonó casi como una risa sin ganas.
—¿Todavía cree que ese pedazo de plástico le sirve para algo? —Se abalanzó sobre ella con la rapidez de un animal de presa, agarrando la tira de cuero del bolso.
—¡Suelte! —chilló Irene, clavándole las uñas en la muñeca con una desesperación salvaje.— ¡Suéltelo, es mío!
—¡Es un lastre, maldita sea! —bramó Mateo, encarándola por primera vez con una furia desatada que hizo retroceder a la mujer. Tiró del cuero con fuerza bruta, arrancándoselo del hombro mientras la correa se desgajaba con un chasquido de costuras rotas.
Irene tropezó y cayó de rodillas sobre la teca húmeda, raspándose las piernas a través de las medias finas.
Levantó la vista, con la boca abierta para jadear, justo a tiempo para ver cómo Mateo no arrojaba el bolso al mar, sino que lo encajaba con violencia dentro del tambucho estanco de la balsa de salvamento, cerrando la cremallera de caucho con un golpe seco.
El viento aullaba a través de los estayes de acero del mástil, un silbido agudo y metálico que arañaba los oídos mientras el salitre salpicaba la cara de ambos, escociendo en los ojos y en el labio partido de Irene.
—A la balsa no sube nada que no mantenga a un cuerpo flotando —sentenció él, ofreciéndole una mano grande, callosa y sucia de grasa.— Ahora descálcese. O la descalzo yo.
Irene miró la mano extendida de Mateo. El pánico, la humillación y el frío la atravesaban en oleadas casi insoportables, pero en el fondo de sus pupilas quebradas brotó una chispa de odio puro, el primer instinto primitivo que sustituía a la elegante arrogancia de la oficina.
Sin aceptar su ayuda, se llevó la mano al talón del zapato derecho y lo arrojó contra el mamparo. Luego el izquierdo.
Sus pies descalzos tocaron la madera fría y resbaladiza de la cubierta, sintiendo por primera vez el latido brutal e incontrolable del océano directamente bajo su piel.
El estruendo de las olas rompiendo contra las rocas sonó justo a babor, demasiado cerca. La bruma se abrió un segundo, revelando la silueta negra y dentada de los acantilados emergiendo del agua como un muro de basalto dispuesto a tragar el barco.