El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 6 La deriva
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Capítulo 6 La deriva

El balanceo de la embarcación mutó de súbito; ya no hendía la marejada con la proa, sino que encajaba el golpe transversal de cada ola, atravesada por completo a la mar.

Sin el impulso de la hélice, el pesquero de roble se convirtió en un pedazo de madera muerta a la deriva en el centro del canal, zarandeado por crestas invisibles que rompan con un mugido sordo contra la regala.

La estructura crujía con una tirantez seca, un lamento de cuadernas y plásticos que retumbaba desde las entrañas del casco.

Irene se agarró al pasamanos de teca con los dedos tullidos por el frío. El pánico le subía por la garganta como una amargura metálica. Miró la pantalla del portátil, volcado en el suelo: el indicador de red parpadeaba en un bucle ciego antes de apagarse definitivamente en un fundido a negro.

—Tiene que haber recepción más arriba —musitó, con la voz quebrada por una respiración entrecortada.

Ignorando el azote de la lluvia fina y el viento rasante que le cortaba los pómulos, subió los tres peldaños hacia la cubierta exterior.

El mar la recibió con una rociada de agua salada que le empapó el abrigo de lana gris hasta volverlo pesado como una losa.

Irene se encaramó a la regala, sujetándose a un cabo tenso con una mano mientras elevaba el teléfono corporativo con la otra, estirando el brazo hacia el cielo violeta y plomizo del crepúsculo.

—¡Busca! —exigió en un chillido ahogado hacia el cristal inerte.— ¡Busca una puta señal!

El terminal parpadeó con un destello agónico en la esquina superior: Sin servicio. La luz del crepúsculo se extinguía a una velocidad devoradora, tiñendo las nubes bajas de un tono violáceo, sucio, que borraba el límite entre la masa de agua y el cielo.

Desde la escotilla, Mateo la observó sin moverse.

La luz del tubo de tungsteno del puente le daba de lado, resaltando la capa de hollín y grasa negra que le cubría los antebrazos y la rigidez estoica de su rostro.

No intentó sujetarla ni le gritó que bajara; contemplaba su desesperación con una frialdad amarga, sabiendo que esa búsqueda ciega de aire digital no era más que el aleteo ridículo de un animal atrapado en una red de alambre.

—Si se cae al agua con ese abrigo, no voy a tirar el aro —dijo él. Su voz rasgó el rugido del viento sin perder la entonación plana—. El salitre no perdona los lastres.

Irene bajó del listón de un salto, perdiendo el apoyo y golpeándose la espinilla contra la cornamusa de popa. El dolor agudo le sacó una lágrima helada que se confundió con las gotas de lluvia sobre su mejilla.

—¡Haga algo! —gritó, abalanzándose hacia la puerta de la cabina, con los puños apretados y el pulso latiéndole con violencia en la garganta.— ¡Active la radio de emergencia! ¡Emita una señal de socorro a la guardia costera!

Mateo se giró hacia el panel eléctrico del puente.

Sin responder, encajó el destornillador en la tapa metálica de la batería auxiliar de la radio VHF.

El olor a azufre y aceite frito que salía de la máquina se mezcló de inmediato con el aire húmedo que se colaba por la popa.

El agua acumulada en las sentinas, al no funcionar la bomba de achique, había subido por los imbornales con cada balanceo, inundando el cableado inferior.

—El acumulador está anegado —dijo él, metiendo la mano entre los cables pelados.

—¡Puentee el circuito! —insistió Irene, pegándose a su espalda, sintiendo el calor excesivo y el olor a sudor rancio y sal que despedía el jersey de lana del marinero.— Tienen que rastrearnos por la baliza satelital. Mi empresa tiene un protocolo de búsqueda si no respondo en cuatro horas.

Mateo accionó el conmutador de baquelita negra.

Un chasquido seco y metálico retumbó en la pequeña cabina.

Una ráfaga de chispas azules y anaranjadas saltó del cuadro, iluminando por un segundo los rostros de ambos con un resplandor hiriente.

El olor a plástico quemado inundó el habitáculo mientras un hilo de humo denso brotaba del fusible central, apagando de golpe la única bombilla de tungsteno.

El sistema eléctrico murió en un segundo.

El silencio que siguió no trajo paz; fue un vacío denso, un agujero negro en medio del Atlántico donde el chasquido del agua contra las cuadernas se convirtió en el único pulso audible.

Irene se llevó las manos a la cabeza, enredándose los dedos en el pelo apelmazado por el salitre.

Dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo, sintiendo cómo el teléfono resbalaba de sus dedos sin fuerzas y golpeaba contra el piso de teca con un chasquido sordo, quedando inerte junto a la grasa acumulada.

Habían entrado de lleno en la franja ciega del archipiélago, ese espacio mudo donde los radares terrestres rebotan contra la piedra volcánica y los satélites pierden la huella de la tierra.

—Se acabó —susurró ella. Su voz ya no tenía la vibración cortante de la ejecutiva de Madrid; era un hilo delgado, despojado de estatus, tembloroso como una hoja expuesta al raso.

Miró sus manos. Las uñas impecables estaban sucias de hollín y la piel de los nudillos se tornaba morada por la congelación incipiente.

El colapso digital no llegó como un fallo técnico, sino como una amputación física: la certidumbre atroz de que, en ese preciso instante, para el resto del planeta ella había dejado de existir.

Nadie leía sus órdenes, nadie ejecutaba las transferencias, nadie respondía a su auxilio.

Mateo recogió el teléfono del suelo sin mirarlo y lo dejó sobre la mesa de cartas, junto al destornillador oxidado.

Su rostro, perfilado apenas por el último fulgor violeta que entraba por el parabrisas, permaneció impasible, asumiendo la gravedad real del naufragio con una calma ancestral y terrible.

—Bienvenida al mar, señora Vance —dijo él, asegurando la traba de la puerta de popa para evitar que la marea los inundara por completo—. Aquí las mentiras no flotan.

El pesquero derivó a ciegas hacia el sur, devorado por la bruma y el crujido constante de la madera hundiéndose en la sombra.