El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 5 El fallo del engranaje
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Capítulo 5 El fallo del engranaje

El estruendo no avisó. A mitad del canal, donde la negrura del Atlántico se tragaba cualquier perfil de la costa, el rugido bronco y constante del motor de gasóleo viró a un chasquido metálico, seco y violento, un crujido de engranajes devorándose a sí mismos que hizo temblar la estructura de roble desde la quilla hasta la regala.

Luego, la nada.

El silbido de las turbinas se extinguió en un ahogo metálico, sustituido en un instante por un silencio absoluto, denso y sofocante, roto únicamente por el martilleo rabioso del oleaje contra el casco inerte.

Del piso de la escotilla que conducía a la pequeña sala de máquinas comenzó a brotar una columna de humo negro y espeso, cargado con un olor penetrante a aceite frito, goma quemada y azufre que se pegó al instante a las paredes de la cabina y a la garganta de Irene.

Irene se puso en pie de un salto, perdiendo el equilibrio cuando la embarcación, desprovista de propulsión, quedó a la deriva y viró de costado contra la marejada.

Su portátil salió despedido de la mesa de cartas, golpeando contra la traca de babor con un crujido seco antes de quedar volcado sobre el suelo húmedo.

—¿Qué ha sido eso? —gritó Irene, apretándose el vientre con las dos manos para frenar la náusea del pánico.

Mateo no respondió. Sin una sola palabra, agarró una llave inglesa pesada y un trapo sucio colgados junto al mamparo y se arrojó por la escotilla, desapareciendo en la humareda negra.

Desde abajo llegaron golpes secos de hierro contra hierro, amortiguados por el humo, acompañados por el siseo de la grasa hirviendo sobre la fundición de hierro.

Irene se agarró al marco del mamparo, tosiendo por el aire saturado de azufre. Se asomó a la abertura de la máquina, sintiendo el calor sofocante que ascendía desde la sentina.

—¡Escúcheme! —exigió, elevando la voz por encima del estrépito de la marea que ya empezaba a zarandear la nave sin freno—. ¡Tengo una multiconferencia programada a las seis de la mañana con el consejo de administración en Londres! ¡Dígame cuánto va a tardar en arreglarlo!

Abajo, el ruido de la llave inglesa cesó de golpe. Solo se oía la respiración entrecortada de Mateo y el crujido constante de las cuadernas bajo el impacto del agua.

Cinco segundos después, el marinero emergió de la escotilla.

Sus antebrazos, antes limpios por el agua de mar, estaban cubiertos por una capa gruesa de hollín y grasa negra; el sudor le abría surcos brillantes en la cara y tenía la boca apretada en una línea fina y dura.

Arrojó la llave inglesa sobre la mesa de cartas con un golpe metálico que sobrecogió a Irene.

—No hay nada que arreglar —dijo él. Su voz sonó plana, helada, despojada de cualquier matiz de consolación.

—¿Qué significa que no hay nada que arreglar?

—Irene dio un paso hacia él, sosteniéndole la mirada con una desesperación ciega—.

He pagado cinco mil euros en efectivo por este viaje.

Le pagué para ir a Faial, no para quedarnos parados en medio de la nada.

Use los recambios, llame a la capitanía, haga lo que sea.

Mateo abrió la palma de la mano derecha. En el centro de la piel callosa y llena de grasa descansaba un puñado de esquirlas de goma negra, chamuscadas y reducidas a ceniza, junto a un pasador de acero doblado sobre sí mismo como un alambre viejo.

—La bomba de inyección se ha gripado por completo —dijo él, arrojando los restos quemados al suelo de la cabina.— La correa se ha deshecho en la polea. El motor está muerto.

—¡Pues encienda el motor auxiliar! —estalló ella, agarrotando los puños dentro de los bolsillos de su abrigo mojado.

Mateo la miró con un desprecio tan denso que a Irene se le cortó la exhalación en la garganta. Por primera vez, en la penumbra inundada por el humo y el olor a azufre, la fachada ejecutiva de la mujer mostró una fisura irreparable.

Sus abogados, su dinero, sus decisiones firmadas en la novena planta de la Castellana no tenían la menor entidad frente al acero fundido de una bomba de inyección rota a veinte millas de la costa más cercana.

—Esto no es una oficina de Madrid, señora Vance —dijo Mateo, acercándose un paso hasta rozar el hombro de ella—.

Aquí no hay botón de reinicio, ni hay un técnico de guardia, ni hay una cláusula que le devuelva la vida si nos vamos abajo.

El auxiliar se quemó hace dos años y no lo cambié porque preferí gastarme el dinero en vino.

¿Quiere reclamarme las garantías? Adelante, pida una hoja de reclamaciones al Atlántico.

En el fondo del pecho de Mateo, sin embargo, la furia no era contra ella.

Era la punzada rancia y conocida de la culpa del marinero que ha fallado en la prevención, el látigo silencioso que le recordaba que la desidia lo había acompañado siempre, exactamente igual que la noche en que su hermano no volvió a la orilla.

Irene retrocedió hasta que su espalda chocó contra la madera fría del mamparo. Se llevó la mano a la boca, rozando la herida abierta de su labio, sintiendo la mezcla salada del salitre y la sangre. Miró el ordenador apagado en el suelo y luego la negrura que azotaba los cristales.

El pánico que había logrado contener durante horas bajo una capa de arrogancia corporativa comenzó a filtrarse por sus venas como un veneno helado.

El barco, sin rumbo ni gobierno, se inclinó bruscamente a estribor mientras una ola más alta se coronaba sobre la cubierta.