El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 4 Frecuencias cruzadas
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Capítulo 4 Frecuencias cruzadas

El choque del casco contra la marejada del canal no fue un bamboleo; fue un golpe seco, estructural, que hizo gemir las tracas de roble del pesquero.

Al dejar atrás la bocana y la protección del espigón de hormigón, el Atlántico se tragó la nave en una negrura sin bordes.

Las olas, cargadas de la rabia sorda del frente entrante, barrían la pequeña cubierta de teca, rociando la escotilla con una metralla de agua salada que lamió las rejillas de ventilación con un siseo constante.

Irene se había instalado junto a la mesa de cartas, encajada en el escaso ángulo de noventa grados que formaban el mamparo de babor y el trastero del aparejo.

Tenía el portátil abierto sobre las rodillas.

La pantalla emitida una luz fría y blanca que iluminaba las gotas de lluvia que le caían del cabello y la palidez rígida de sus pómulos.

Conectado a la batería auxiliar mediante un adaptador de mechero que soltaba chispas de estática cada vez que la embarcación caía en un pozo de agua, el indicador de señal buscaba desesperadamente una red.

Buscando red... Red no disponible.

—¡Tiene que haber repetidores en el estrecho!

—gritó Irene hacia el puente, elevando la voz por encima del retumbo bronco, monocorde y pesadísimo del motor de gasóleo.

Sus dedos, agarrotados por la humedad y el frío metálico que subía desde las sentinas, tecleaban sin pausa sobre el plástico, reintentando el envío del paquete de datos de la reestructuración.

— En el mapa corporativo figuraba una antena de alta frecuencia en la cumbre de Pico.

Mateo no respondió. Permanecía de pie ante la rueda de madera del timón, descalzo sobre el piso de teca desgastada, afirmando su posición solo con la flexión rítmica de las rodillas y el peso de su cuerpo.

La planta de sus pies, endurecida por años de piedra y cubierta, se adhería a la madera mojada con una estabilidad animal.

Con el torso inclinado hacia el parabrisas empañado, el jersey de lana virgen despedía un vaho denso al contacto con el aire helado que se filtraba por las junturas.

Ignoraba las órdenes de Irene como si la mujer fuera una ráfaga de viento más intentando azotar la cabina.

Sus manos, manchadas permanentemente por la grasa y el óxido, corregían el rumbo dos grados a babor, adentrándose con deliberada frialdad en la zona donde las nubes de tormenta se cerraban en un embudo plomizo sobre el mar.

Irene se puso en pie de golpe. Una sacudida del barco la lanzó contra la barandilla de bronce del puente, clavándole el pasamanos en la cadera. Ignoró el hematoma inminente y avanzó dos pasos, tambaleándose sobre los tacones arruinados.

—Le he dicho que se mantenga cerca de la costa de la isla para no perder la cobertura del repetidor terrestre —exigió, agarrándose al marco del mamparo.— Está metiendo el barco en el centro del canal. ¡Ahí no entra nada de señal!

Mateo no se giró. Su mirada permaneció fija en la negrura del exterior, donde el destello del faro de Ponta Delgada era ya un punto agónico borrado por la niebla.

—Si me acerco al acantilado con esta marejada de fondo, la resaca nos rompe la quilla contra las lascas de basalto en diez minutos —dijo él.

Su voz no tenía prisa ni ira; era un dato técnico vertido con el desprecio de quien habla a un niño obstinado.

— Aquí manda la corriente del sur, no sus mapas de satélite.

—¡Yo pago este viaje! —estalló Irene, clavándole la mirada en la nuca, donde los mechones negros y húmedos de Mateo olían a sal de mar y a ozono.— ¡Pago para llegar a Faial con la documentación lista, no para que juegue a ser un marinero heroico en medio de una marejada que podía haberse evitado!

Mateo soltó un radio de la rueda de timón con la mano derecha.

Se giró despacio, despacio hasta que su sombra gigantesca oscureció el destello de la pantalla del portátil.

Había una distancia insalvable entre ellos: ella, una masa de nervios a punto de colapsar, blindada con una chaqueta de tres mil euros manchada de sal y sangre seco en el labio; él, una presencia estoica, descarnada, despojada de cualquier adorno urbano, que olía a esfuerzo, a mar abierto y a una soledad ancestral.

—Su dinero no compra el calado de este barco, ni la visibilidad del canal, ni el aire que respira —dijo él.

Se inclinó ligeramente sobre ella, de modo que Irene pudo ver el entramado de cicatrices pequeñas que bordeaban la línea de su mandíbula.

— Si quiere mandar en la ruta, coja la rueda.

Pero si tocamos la piedra de la bocana por buscar su dichosa antena, la primera en irse al fondo con ese maletín de aluminio va a ser usted.

El traqueteo del motor cambió de ritmo, emitiendo un sonido metálico, un tosió seco que hizo temblar las vigas del techo.

Una cortina de agua de mar se estrelló de lleno contra el cristal frontal del puente, y por un segundo la luz de la pantalla se reflejó en el salitre que chorreaba por el vidrio.

Irene apretó el portátil contra su pecho.

Las manos le temblaban de forma incontrolable, una vibración sorda que no procedía del viento ni del frío del Atlántico, sino del abismo desconocido que se abría en su interior al constatar que su jerarquía, su estatus y sus decisiones no ejercían el menor impacto sobre el volumen de la tormenta ni sobre la voluntad del hombre que la llevaba al naufragio.

—Es usted un salvaje —musitó entre dientes, buscando la protección del mamparo mientras el barco volvía a caer de proa contra la masa de agua.

Mateo volvió a colocar la mano en el timón.

—Y usted es un cadáver que todavía cree que está en una oficina de Madrid —respondió sin mirarla.

El cielo plomizo se cerró definitivamente sobre la embarcación. Una ráfaga rasante de viento helado cruzó las rendijas del puente, lijando las mejillas de Irene con microgotas de agua de mar mientras la última raya de cobertura de la pantalla se desvanecía en el vacío.