El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 3 El puerto de herrumbre
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Capítulo 3 El puerto de herrumbre

El aire en el interior de la cantina de pescadores no olía a refugio; olía a humo de tabaco negro empapado, a humedad de piedra añeja y a gasóleo rancio filtrado por la rendija de la puerta.

Afuera, la marea saliente hacía rascárselas defensas de caucho contra el hormigón del muelle con un retumbo sordo, rítmico, como un monstruo metálico respirando en la negrura.

La única iluminación provenía de un tubo de tungsteno parpadeante que emitía un zumbido eléctrico en el techo, proyectando sombras alargadas e inestables sobre el suelo de losas desgastadas.

Irene empujó la puerta de madera hinchada con el hombro. El viento colado tras ella hizo oscilar la luz, levantando un siseo helado que agitó las cortinas de plástico transparente del mostrador. Entró arrastrando la maleta de aluminio.

Los tacones, manchados de barro negro y salitre, crujieron sobre la gravilla fina acumulada en la entrada. Su abrigo de lana gris chorreaba agua directamente sobre las losas, dibujando un cerco oscuro alrededor de sus pies.

Detrás de la barra de zinc, sentado en un taburete bajo de madera dura, Mateo Sola ni siquiera levantó la mirada.

Sus manos, anchas y con los nudillos marcados por cicatrices blancas, frotaban con parsimonia una pieza de bronce con un trapo impregnado en grasa pesada de motor.

El olor del solvente se sumaba al aroma metálico del mar que desprendía su jersey de lana virgen, un tejido áspero, deshilachado en los puños, que olía a sudor honesto, frío y humo viejo.

Irene avanzó hasta el borde de la barra.

Sacó el teléfono del bolsillo interior del abrigo con la mano tiritando.

La pantalla parpadeó una sola vez con una advertencia de batería crítica antes de quedar en negro, entrando en modo de suspensión.

Un destello de pánico le abrasó la garganta, pero contrajo los músculos de la mandíbula y apoyó la palma sobre el zinc oxidado.

—Necesito salir a la isla de Faial de inmediato —su voz sonó áspera, cortada por la sequedad del aire y el frío acumulado en los pulmones.— Pago el triple de la tarifa habitual por la travesía.

Mateo detuvo el movimiento del trapo. El silencio que siguió no fue una pausa; fue una barrera que se levantó entre ambos, densa como la niebla que presionaba los cristales empañados de la cantina.

Levantó la vista despacio. Sus ojos, de un gris plomo apagado, la recorrieron sin prisa ni piedad: se detuvieron en los tacones arruinados por la marea, subieron por la línea entallada del traje de sastre empapado y se posaron en la pequeña rozadura sangrante de su labio inferior.

Finalmente, miró el teléfono inerte que ella apretaba como si fuera un arma.

—El canal está cerrado —dijo él. Su voz era grave, baja, una raspadura de piedra contra piedra que no guardaba la menor cortesía. No se movió del taburete—. Y el mar no sabe leer pantallas.

Irene apretó los dientes, sintiendo el latido caliente en la herida de la boca. La arrogancia del hombre le resultó insoportable, una afrenta personal a la velocidad con la que ella solía doblegar la realidad en las oficinas de Madrid.

—No le he preguntado por las lecturas del mar —replicó ella, dando un paso más hacia el zinc—. Le he ofrecido dinero. Hay una emergencia legal que exige mi presencia en la notaría al amanecer. Se trata de la reestructuración de una firma corporativa. Si salimos ahora, podemos bordear el frente.

Mateo dejó la pieza de bronce sobre la barra. El impacto del metal contra el zinc produjo un chasquido sordo que hizo vibrar los vasos vacíos al fondo del mueble. Volvió a pasar el trapo sucio por la palma de su mano, limpiándose la grasa con una indiferencia helada.

—El frente ya está encima —dijo él, señalando con la barbilla hacia la ventana, donde las ráfagas de lluvia fina golpeaban contra el vidrio con el sonido de puñados de sal arrojados con rabia.

— Ningún barco de madera sale con este viento si el patrón quiere volver a cenar en tierra. Busque una cama y deje de molestar.

—¡Tengo cinco mil euros en efectivo! —estalló Irene.

El impacto de su puño contra la madera de la barra retumbó en la estancia. Sacó del bolso de piel un fajo de billetes amarrados con una goma elástica, húmedos en los bordes por la lluvia, y los estampó contra el zinc, junto a la pieza de bronce.

—Cinco mil euros por dos horas de navegación —insistió, inclinándose hacia él hasta que pudo oler la mezcla de salitre, tabaco y desprecio que emanaba del hombre.— ¿Eso tampoco le sirve para mover su barco de mierda?

Mateo no miró el dinero. Sus ojos se clavaron en los de Irene con una rigidez mineral, completamente impermeable a la furia de la mujer.

Había en su mirada un pozo de cansancio absoluto, una apatía antigua que no se pagaba con papel ni con promesas.

Para Mateo, la cifra sobre la barra no era más que barro mojado; desde la noche en que el mar engulló a su hermano pequeño en ese mismo canal bajo un temporal idéntico, la vida había perdido el valor comercial.

El Atlántico embravecido ya no le provocaba respeto ni miedo; le provocaba una atracción sorda, una ruleta rusa contra el agua a la que le daba exactamente igual jugar o perder.

Se levantó del taburete. Su envergadura llenó el espacio detrás del zinc, obligando a Irene a tensar los hombros y dar un medio paso imperceptible hacia atrás.

—Coge su papel —dijo él, sin elevar el tono. Su voz era una sentencia plana—. Si nos vamos al fondo esta noche, los billetes no flotan.

—¿Acepta o no? —exigió ella, negándose a retirar la mano del fajo.

Mateo miró fijamente la pantalla apagada del teléfono de Irene.

Le resultaba grotesca esa obsesión ciega por llegar a un punto del mapa a costa de cualquier lógica, una estúpida ilusión de control que merecía ser destruida por el mar.

Él no salía por los cinco mil euros; salía porque la borrasca de fuera le parecía menos implacable que el silencio de la cantina y porque la desesperación urbana de esa mujer le producía un rechazo tan violento que prefería ponerla frente a la verdad del agua.

Arrojó el trapo con grasa sobre el mostrador.

—El temporal gordo no entrará hasta dentro de tres horas —mintió con frialdad, sabiendo perfectamente que la presión barométrica estaba cayendo en picado—. Si el motor no se ahoga en la bocana, estaremos en la otra orilla antes de que el canal se vuelva impracticable.

Irene dejó ir un suspiro ahogado, una exhalación de triunfo artificial que le devolvió por un segundo la ilusión de estar al mando.

—Sabía que llegaríamos a un acuerdo —dijo, agarrando el asa de su maleta.

Mateo pasó por su lado sin rozarla, abriendo la puerta de la cantina.

El golpe de viento y agua los alcanzó de lleno, apagando por un instante el zumbido de la luz de tungsteno.

—No hemos llegado a nada —dijo él desde el umbral, volviéndose hacia ella con el rostro iluminado por el destello lejano de un rayo en el horizonte—.

En el agua, las prisas solo sirven para ahogarse.

Suelte la maleta si no quiere que se la trague el mar en la rampa.

Irene no soltó el equipaje, pero al dar el segundo paso sobre la tabla mojada, un balanceo brusco del pantalán le hizo perder el equilibrio.

La maleta de aluminio resbaló de sus dedos agarrotados y cayó al agua negra entre los pilotes con un chapoteo ahogado.

Antes de que pudiera reaccionar, Mateo la agarró del abrigo y la arrastró hacia la embarcación, dejándola solo con el ordenador y el bolso colgado al hombro