El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 2 Vuelo a la niebla
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Capítulo 2 Vuelo a la niebla

El zumbido de las turbinas del turbohélice resonaba en el cráneo de Irene con la persistencia de un taladro de baja frecuencia.

En la cabina de pasaje, la luz halógena de lectura proyectaba un cerco amarillo y frío sobre la bandeja desplegable, donde su ordenador portátil ardía a una temperatura casi destructiva.

Conectado mediante un cable de trenzado textil a una batería externa pesada como un lingote de plomo, el procesador trabajaba al límite, intentando descargar los últimos estados financieros de la filial de Ponta Delgada antes de que la señal de datos se disolviera por completo.

Irene tecleaba con una rapidez frenética, usando solo las yemas de sus índices para no dañar las uñas impecables. La pantalla parpadeó en rojo. Un aviso de error de red ocupó el centro de la hoja de cálculo: Conexión interrumpida. Reintentando...

—No ahora —siseó entre dientes.

Se pasó la lengua por el labio inferior y una descarga de dolor agudo le recorrió la mandíbula.

La costra reciente de la herida, abierta apenas un par de horas antes en el baño de la Castellana, volvió a quebrarse, dejando un reguero metálico y caliente en la comisura.

Ignoró la sangre. Apoyó la frente contra la ventanilla de doble metacrilato.

El cristal estaba helado; al otro lado, la negrura del frente atlántico devoraba cualquier referencia visual.

Una sacudida violenta hizo crujir la estructura de aluminio del avión.

La bebida descafeinada que descansaba en el soporte plástico se vertió sobre el borde del teclado, un líquido negro y amargo que Irene secó de inmediato con la manga de su abrigo de lana, sin importarle la mancha sobre el tejido caro.

El indicador de señal del teléfono corporativo cayó de tres barras a un punto solitario, para luego mostrar la palabra fatídica: Sin servicio.

—Señores pasajeros, hemos iniciado el descenso hacia el aeropuerto de João Paulo II —la voz del piloto brotó de los altavoces con un chasquido de estática—.

Las condiciones meteorológicas en la isla de San Miguel son extremas.

El frente de baja presión ha cerrado las operaciones marítimas y la visibilidad en pista es inferior a los cincuenta metros. Rogamos abrochen sus cinturones.

El avión cayó en un pozo de aire, perdiendo metros a una velocidad que dejó a Irene con el estómago pegado al diafragma.

Las turbinas aullaron al corregir el rumbo contra las rachas cruzadas de viento del sudoeste.

Irene apretó las manos contra los reposabrazos de cuero sintético.

Los nudillos se le pusieron blancos, pero sus ojos permanecieron fijos en el icono inerte de la pantalla del teléfono.

La impotencia no era miedo a estrellarse; era una rabia ciega, una intolerancia visceral ante la naturaleza interfiriendo en la logística de su contrato.

Para ella, la tormenta no era un fenómeno atmosférico: era una avería en el sistema, una falta de eficiencia del mundo físico que le impedía enviar la firma digital.

Las ruedas del aparato tocaron el asfalto mojado con un impacto seco que hizo vibrar los compartimentos de equipaje.

El frenado de emergencia desplazó a Irene hacia delante, retenida solo por el trinquete del cinturón.

Fuera, la niebla no era vapor; era una masa densa, gris plomo, impregnada del olor a queroseno quemado y al ozono que precede a la tormenta eléctrica.

La lluvia fina golpeaba el fuselaje con un siseo constante, como un puñado de arena arrojado contra el metal.

Irene fue la primera en cruzar la pasarela de desembarque.

El aire de las Azores la golpeó en el rostro con la fuerza de una bofetada húmeda: frío, cargado de salitre y vegetación en descomposición.

Le atravesó la tela del abrigo en segundos, erizándole el vello de los brazos y helándole el sudor rancio que se le había acumulado en la nuca durante el vuelo.

En la terminal de salidas, el cuadro de salidas marítimas brillaba en un naranja de neón chillón: TODOS OS FERRIES CANCELADOS / ALL FERRIES CANCELLED.

Una multitud de turistas y pasajeros locales se agolpaba frente a la ventanilla de la naviera comercial. Los murmullos de protesta, el llanto de un niño cansado y el sonido de las ruedas de las maletas sobre el terrazo húmedo creaban un ruido de fondo que a Irene le provocó náuseas.

Se abrió paso a codazos entre la gente, usando su maleta de mano como un ariete de aluminio.

—Necesito un pasaje a la isla de Faial o una embarcación charter hacia las dársenas del sur —dijo Irene al llegar al mostrador, arrojando su tarjeta corporativa de platino sobre el mostrador de fórmica.

El empleado de la naviera, un hombre maduro con la piel de la cara ajada por la intemperie y las manos ásperas como lija, ni siquiera miró el plástico.

Señaló con el pulgar hacia los ventanales que daban al puerto de Ponta Delgada.

Fuera, la niebla borraba las farolas y el oleaje rompió contra el espigón con un mugido cavernoso, proyectando espuma por encima del muro de hormigón.

—El Atlántico no acepta tarjetas de crédito, señora —respondió el hombre con una calma cansada y sin levantar la voz—.

El puerto está cerrado por capitanía. Ningún ferry comercial va a cruzar el canal con un frente de fuerza ocho entrando por el oeste.

Busque un hotel en la ciudad y espere a que escampe.

—No puedo esperar —replicó Irene. Se inclinó sobre el mostrador, apoyando los puños sobre la superficie fría.— Hay una reestructuración de activos que caduca a las ocho de la mañana. Pago el triple de la tarifa por una travesía privada.

—Entonces busque a un loco en los muelles viejos —dijo el empleado, volviendo la espalda para atender a otro pasajero—. Pero los locos de aquí tampoco suelen suicidarse gratis.

Irene no lo pensó. Giró sobre sus tacones y salió por las puertas automáticas de la terminal hacia la marea nocturna.

El asfalto del aparcamiento brillaba bajo las luces difuminadas de los focos.

La lluvia, calada de sal, le mojó el cabello en pocos minutos, pegándole los mechones oscuros a las sienes y haciéndole correr el corrector de ojeras sobre la piel irritada.

Caminó durante quince minutos por el paseo marítimo, arrastrando el trolley de cuero sobre los adoquines negros de basalto.

Los golpes secos de las ruedas contra las junturas de la piedra retumbaban en el silencio de la costa.

A su derecha, el mar no se veía, pero se sentía como una masa viva y ciega que respiraba a pocos metros, arrojando sal picante contra su boca.

Llegó a las dársenas privadas del puerto viejo, un entramado de pantanales de madera que crujían y balanceaban con la fuerza de la marejada.

Los mástiles de los veleros amarrados chocaban entre sí con un tintineo metálico y desordenado, como decenas de campanas enloquecidas.

La niebla era tan espesa que las luces de posición de los barcos parecían fantasmas flotando en el agua negra.

Irene descendió por la rampa metálica resbaladiza, sujetándose a la barandilla cubierta de verdín. El olor a gasoil, algas podridas y madera húmeda se le pegó a la garganta.

—¿Hay alguien aquí? —gritó, pero el viento de cara le devolvió la voz aplastada contra su propio pecho.— ¡Necesito un patrón! ¡Pago en efectivo!

Nadie respondió. Solo el crujido de las defensas de goma contra la madera de los pilotes y el ruido sordo del agua chocando contra las quillas.

Sacó el teléfono una vez más. La pantalla indicaba Batería 4% y la palabra Sin servicio continuaba fija, insensible a su desesperación.

Sintió una punzada de pánico rancio en el estómago, un vacío abismal que intentó sofocar apretando los dientes hasta que las muelas le dolieron.

A cincuenta metros, al final del último muelle flotante, una luz amarilla y tenue parpadeó dentro de la cabina de un pesquero antiguo de madera oscura, con la pintura de la quilla desconchada y el casco cubierto de escaramujos.

De la pequeña chimenea de metal salía un hilo fino de humo gris que la niebla disolvía casi al instante.

Irene apretó el agarre de su equipaje y echó a andar sobre la tabla mojada, dispuesta a comprar el paso a la otra orilla a cualquier precio, sin saber que al cruzar ese límite estaba dejando atrás la última línea de contención de su vida civilizada.