El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 1 La jaula de cristal
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El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10)

El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10)

Por Valeria Sanchis Bruma

© inepub.com

Capítulo 1 La jaula de cristal

El aire acondicionado de la novena planta de la torre de la Castellana no enfriaba; lixiviaba la humedad de la estancia con un zumbido sordo, químico, constante.

Irene sentía la aridez en el fondo de las fosas nasales, una sequedad metálica que sabía a aire reciclado y al café rancio que llevaba consumiendo desde las seis de la mañana.

Frente a ella, tres monitores de alta resolución proyectaban un resplandor de luz azul artificial que le quemaba las pupilas.

Los gráficos de rendimiento de la firma de inversión parpadeaban en verde neón y gris plomo, fluctuando al ritmo de las órdenes de compra que ejecutaban los algoritmos desde Londres.

El teléfono, apoyado sobre el cristal reflejante de la mesa de juntas, vibró contra la superficie con un chasquido eléctrico.

—Si el holding de liquidación en Londres detecta una fisura en las garantías de la filial ibérica, ejecutarán las ventas automatizadas antes de que abra el parqué de Nueva York, Irene —la voz del socio principal llegó rasgada, enlatada a través del altavoz, compitiendo con el pitido ininterrumpido de dos correos entrantes con marca de prioridad alta.

Irene no pestañeó. Ajustó los puños de su chaqueta de lana frita gris plomo, un traje rígido que le constreñía los hombros como una armadura urbana. Clavó la mirada en la esquina superior del monitor principal, donde un indicador de señal alta parpadeaba en azul.

—La reestructuración está atada al milímetro, Mauricio —dijo ella.

Su voz sonó lisa, pulida, una herramienta ejecutiva diseñada para transmitir un control absoluto que no admitía réplicas.

— El cuaderno de venta tiene el visto bueno del comité de riesgos.

La señal de las transferencias se monitorizará en tres horas.

—No es el cuaderno lo que nos preocupa —interrumpió la voz enlatada desde la bocina—. Es el activo colateral de Azores. Hay una fluctuación anómala en las cuentas de la filial en Ponta Delgada. Un vaciado de fondos no autorizado desde las cuentas de la entidad.

Irene sintió una punzada seca en el lado izquierdo de la sien, un latido brusco que le aceleró el pulso en la garganta.

El control. El imperio de papel y cifras que había tardado ocho años en edificar en las oficinas de cristal de Madrid amenazaba con mostrar una grieta por un error de gestión a mil quinientos kilómetros.

—¿Qué tipo de vaciado? —preguntó. Sus dedos, con las uñas cortadas con precisión milimétrica, se apretaron contra el borde liso de la mesa de cristal hasta que las yemas se volvieron blancas.

—Doscientos cincuenta mil euros transferidos a una cuenta puente en el puerto antes de que el apoderado firmara el bloqueo —respondió la bocina—.

Si los auditores de la junta lo ven en diez minutos, la fusión capitula.

Necesitamos la firma física del apoderado original o la presencia de la dirección ejecutiva en la notaría de San Miguel antes de mañana a primera hora.

—Enviad a un pasante con el poder delegado —ordenó Irene, inclinándose sobre el altavoz sin desatar la rigidez de su espalda.

—El pasante no tiene firma en el acta fundacional, Irene —sentenció Mauricio—. O vas tú en el vuelo corporativo de las cuatro o la fusión se cae.

Irene cortó la llamada con un toque seco de la yema del dedo sobre la pantalla táctil.

El silencio posterior no trajo calma; quedó ocupado de inmediato por el zumbido de los servidores del pasillo y el rumor sordo del tráfico que ascendía, tamizado por el doble cristal blindado, desde la avenida abajo.

Se levantó de la silla de cuero. Los músculos del cuello le protestaron con una tirantez rígida, pero su rostro no mostró la menor quiebra. Se dirigió al baño privado de la planta noble. El espacio, revestido de mármol negro y espejo liso, apestaba a jabón de glicerina y limpiador sintético.

Frente al lavabo, Irene se apoyó contra la piedra fría.

El espejo le devolvió el reflejo de una mujer de treinta y seis años con los párpados ligeramente hinchados por la falta de descanso, la piel pálida por las horas bajo la luz halógena y un rastro de sudor frío en la comisura de los labios.

Sacó de su bolso un estuche de maquillaje.

Con la mano temblorosa, destapó la barra de labios.

Intentó perfilar la línea de la boca, pero el pulso le falló. El carmín trazó una marca roja y torcida sobre la piel del labio inferior.

—Mierda —susurró.

Agarró una celulosa seca y frotó la piel para borrar el trazo.

Frotó con una violencia desmedida, una furia sorda dictada por la intolerancia a la imperfección, hasta que el papel áspero le rebanó la epidermis del labio, dejándole una rozadura viva y un reguero fino de sangre que le supuró sobre la piel irritada.

Presionó la herida con la yema del pulgar, sintiendo el latido sordo del dolor físico engranado con la taquicardia que le oprimía el pecho.

Irene se miró a los ojos en el cristal. El cansancio biológico que llevaba meses enmascarando con dosis constantes de cafeína y pantallas encendidas amenazaba con salir a la superficie, pero la idea de perder el control sobre el contrato la aterraba más que cualquier colapso corporal.

Regresó al despacho con el bolso de piel de becerro al hombro y el terminal encajado entre la palma y los dedos.

—Cancelad la reunión de las cinco con los analistas de riesgo —dijo a su secretaria al pasar por el recibidor, sin detener la marcha hacia los ascensores.— Que preparen la documentación física en una carpeta estanca. Voy a Azores en el vuelo privado.

—Irene, hay una alerta por temporal atlántico entrando por el oeste del archipiélago —advirtió la secretaria, levantando la vista de su propio panel parpadeante.— Se aconseja restringir los desplazamientos entre islas.

Irene presionó el botón del ascensor. El panel iluminó su número en rojo.

—El viento no ejecuta cláusulas de penalización en la bolsa, Marta —respondió Irene, acomodándose la solapa de su abrigo de lana sobre el labio herido.— Que el piloto tenga los motores encendidos en Barajas en cuarenta minutos.

Las puertas de cromo del ascensor se abrieron con un deslizamiento liso.

Irene cruzó el umbral sin mirar atrás, con la pantalla parpadeando en la mano mientras descendía hacia la calle, decidida a sofocar el incendio en las islas antes de que la masa de dinero que sostenía su existencia se disolviera en la nada.