El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 15 La degradación del traje
37%

Capítulo 15 La degradación del traje

El calor denso del mediodía comenzó a ceder de manera drástica ante una brisa helada y rasante que entraba desde el canal. El viento se encajonaba entre las rocas volcánicas de la cala, trayendo consigo un rastro húmedo a sal estancada, algas podridas y ceniza fría.

Irene avanzaba pegada al muro de basalto.

Arrastraba los pies descalzos sobre la grava negra, sintiendo cada guijarro afilado como una aguja clavándose en la piel entumecida de las plantas.

La lana de su chaqueta de marca, antes un símbolo de estatus impecable en las plantas altas de la Castellana, estaba tullida por la sal, deshilachada en las costuras de los hombros y apelmazada por el agua de mar.

La camisa de seda blanca, desgarrada en ambos codos, mostraba lamparones verdosos de vegetación marina en descomposición y cercos oscuros de grasa rancia de motor.

Buscando una hendidura que la resguardara de las ráfagas que le cortaban la piel de la cara, tropezó con una poza de agua marina estancada entre dos bloques de piedra.

Se detuvo. La sed y la picazón rabiosa de la sal en el cuello la obligaron a hincarse de rodillas sobre la arena de carbón.

Apoyó las palmas cortadas a los lados del poza y se inclinó sobre la superficie del agua, buscando usar el estanque como un espejo improvisado para intentar limpiarse la cara.

La imagen que el agua salobre le devolvió no fue la de Irene Vance.

La visión le heló la sangre más que el viento del Atlántico.

Desde el reflejo la miraba un espectro. Tenía las pómulos marcados por una palidez cadavérica bajo una pátina de hollín y lodo negro.

El labio inferior, partido por el impacto durante la marejada, mostraba una costra oscura de sangre seca.

Su melena, cuidada con celo profesional antes de embarcar, era ahora una masa enmarañada, dura por el salitre pegajoso y cubierta de granos de basalto.

Se miró las manos: las uñas pulidas estaban partidas hasta la matriz, llenas de tierra negra y mugre incrustada que no saldría en días.

—No... —murmuró.

Su propia voz le sonó extraña, ajena, reducida a un rasguño seco en la garganta. Llevó los dedos temblorosos a las solapas deshilachadas de la chaqueta. La tela olía a humedad acumulada y a rancio, un hedor a naufragio que se le colaba por los poros.

Un nudo opresivo, visceral, le subió desde el estómago y le taponó la tráquea. El diafragma se le contrajo en un espasmo violento. No era solo dolor físico; era la humillación brutal de contemplar la disolución de su fachada.

Todo lo que la definía ante el mundo —su precisión, su elegancia fría, su autoridad proyectada a través de trajes de corte perfecto y pantallas encendidas— se había derretido en esa poza de agua sucia.

Sin el disfraz urbano, no quedaba más que una mujer rota, tiritando de frío sobre la piedra volcánica.

Un amago de llanto, un sollozo ahogado y vergonzoso, estuvo a punto de escapársele entre los labios agrietados.

Apretó los dientes con rabia hasta sentir el crujido de la mandíbula y se tragó la lágrima antes de que llegara a salir.

Clavó los antebrazos contra el borde del basalto, obligándose a contener la respiración para frenar el temblor que le sacudía el pecho.

Al levantar la vista, el pulso se le aceleró por un motivo distinto.

A ocho metros de distancia, sentado en un saliente seco de la roca, Mateo la observaba.

El marinero tenía la navaja de asta de ciervo abierta en la mano derecha.

Con movimientos lentos, metódicos, raspaba las asperezas de la cuerda de nailon que había recuperado de la orilla, sin perder el ritmo de su trabajo.

Sus ojos oscuros, reducidos a dos ranuras bajo la sombra de la frente salpicada de sal, estaban fijos en ella.

No había sarcasmo en su rostro.

Tampoco regocijo ni la satisfacción de quien ve caer a un enemigo poderoso.

En la mirada de Mateo solo había una serenidad helada, la desgarradora certeza de quien ha visto a la naturaleza desollar a otros hombres antes que a ella.

El marinero sabía que el luto por el traje era inevitable, la fase previa a la verdadera desintoxicación del ruido.

Solo cuando la última capa de la ejecutiva se pudriera contra la piedra, la mujer que habitaba debajo empezaría a luchar por mantenerse con vida.

Irene sostuvo la mirada de Mateo durante tres segundos interminables, con el viento rascándole las mejillas quemadas. La tensión entre ambos en ese espacio abierto se volvió tan densa que el retumbo de las olas al fondo pareció perder volumen.

—¿Le gusta el espectáculo? —soltó ella, intentando armar su voz con el tono de desprecio que usaba en los consejos de administración.

—He visto trapos más limpios en los cubos de achique, señora Vance —respondió él. Su voz brotó raspada, baja, sin el menor atisbo de concesión.

Mateo cerró la navaja contra el muslo con un clack seco que resonó en el anfiteatro de basalto.

Se puso en pie despacio, apoyando el peso sobre la pierna sana para proteger el tobillo inflamado, y caminó hacia ella marcando sus pasos sobre la grava.

Llevaba la lona plástica azul doblada en el brazo.

Llegó a su altura, se detuvo y, sin mirarla a los ojos, arrojó el plástico extendido a los pies de Irene.

—Deje de mirarse en el charco —dijo él, señalando hacia el pequeño voladizo de piedra que se internaba en la pared del acantilado.

— El agua no le va a devolver su espejo de Madrid.

Si no me ayuda a estirar esta lona y fijarla con piedras antes de que el viento del canal se vuelva de cara, pasará la noche en esa poza y mañana no habrá ropa que secar.

Irene miró la lona azul desplegada sobre la arena negra, arrugada y manchada de salitre. Luego miró sus propias manos cortadas y su camisa deshecha. Sintió una punzada de rabia amarga, pero la evidencia del frío rasante le recordó que las palabras ya no la protegían de nada.

Se agachó, clavó los dedos sucios en el borde áspero del plástico y tiró de él hacia el refugio, encajando los dientes para no dejar oír el jadeo que le provocaba el dolor del hombro contusionado.