El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El fin y los medios
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El fin y los medios

B erto Cáceres hace una identificación positiva de Enrique Gallardo. «Es muy parecido al de la sudadera y el perro», asegura.

Hemos tenido más trabajo, muchísimo trabajo de oficina para ligar al tipo con la Maturana: seguimos analizando todas las líneas de teléfono de ambos, aunque Listín ya ha avisado que no va a ser nada fácil.

En las cámaras de seguridad del trabajo de Matilde y en las más cercanas a su casa, hemos encontrado un par de imágenes con los dos juntos, no concluyentes por su baja calidad.

No para un juez. Sí para mí. Solo queda, primero, localizarlos, que será complicado, pero que no nos atañe a nosotros, por fortuna; segundo, que el juez admita las pruebas que tenemos de que el tal Enrique Gallardo es el cómplice y ejecutor de la muerte de Porta. Junto con su amiga, mi examiga.

Gallardo sería el tercer extraño en el tren de la Maturana.

Es, casi con total seguridad, El Solitario que robó las cajas de Gibraltar.

Y quizá sea también el hombre con el que la escuché el día que fui a su casa a buscarla.

Y no sé si eso me pone celoso, o encabronado. Lo que sé es que me produce desazón.

Asimismo, creemos que ellos son los que mataron a Florentino y a su familia, ya que el forense confirma que no hay suicidio en la muerte del Ortiz-Melgar, y sí un intento de simulación. Toca seguir trabajando para vincular ese asesinato a Aire .

Por fortuna, no hay crímenes en la casa de los padres de Rubén, el niño abusón del colegio de mi hijo.

La Maturana se presentó allí poco antes de ir a mi casa.

Según el testimonio de los padres, ella se identifica como periodista y les explica lo que hizo por la mañana en el colegio.

Los padres llaman a Rubén, encantados con la periodista y con su charla informativa.

Entonces, ella saca unas fotos impresas de una carpeta.

Se las enseña a los padres. Una de las imágenes es la de un hombre ahogado; otra, la de un hombre calcinado menos la cabeza; y otra, la de un hombre enterrado hasta el cuello.

La madre confirma, en una crisis de ansiedad, que en las fotos hay un círculo tatuado o dibujado en los cadáveres.

Matilde les narra que el padre de Carlos, es decir, yo, se dedica a atrapar a los asesinos de esas personas, que soy todo lo opuesto a un inútil, a un tullido, como llega a decir un día Rubén a mi hijo.

Que soy un gran policía que va a resolver el caso de asesinatos en serie con más repercusión de los últimos años.

Los padres de Rubén, atemorizados ante la gravedad de lo que les enseña, cierran la puerta.

Y por lo visto Matilde les grita: «O educáis mejor a vuestro hijo o se convertirá en un asesino, y el padre de Carlos lo atrapará y lo meterá en la cárcel de por vida».

Cuando los compañeros de la comisaría donde los progenitores de Rubén interponen la denuncia contra Matilde, me pasan la transcripción de su declaración, yo no sé dónde meterme.

Estoy convencido de que Rubén no volverá a incordiar a mi hijo.

Y sin necesidad de violencia. (Entre comillas, claro). El fin no siempre justifica los medios.

Lo único que nos falta después de atar todos estos cabos es la firma: el círculo.