Tren
M atilde se puso en contacto con ellos y los manipuló para asesinar cada uno a una víctima.
Al igual que en la película, no había móvil en sus crímenes, con lo cual nuestras pesquisas se complicarían.
¡Y vaya que se han complicado! A cambio, habría una recompensa muy grande.
Al hermano de Pereira y a la familia Ortiz-Melgar los mueven las ansias de venganza y el dinero.
A Matilde, en teoría, sí la mueve el idealismo.
Ella quizá responsabilice a las empresas y al entramado financiero de los Papeles del Atlas de catástrofes ecológicas como las del Mar Menor, las de la sierra de Málaga o las del hotel de la playa virgen de Tarragona.
En el reportaje que publicó su diario, deja caer un sesgo de opinión acerca de la destrucción de nuestro planeta.
Tres catástrofes ecológicas que, ¿por suerte? descubre que están ligadas a las tres víctimas en algún momento de la investigación de los famosos papeles. Tres desgracias para los ecosistemas de nuestro país que, para ella, tienen tres responsables claros: Porta, Pereira y Roger. Por este orden.
El agua, el fuego y la tierra.
Pereira no tenía tantos enemigos pero, como dirían en Galicia: «Haberlos, haylos».
Sin ir más lejos, dentro de su propia familia.
Y lo peor es que es más que probable que Atilio no haya actuado solo movido por despecho, por desamor, sino que un informe interno de la UDEF explica que una de las empresas de Atilio se ve perjudicada por una acción de Fortunato: lo típico, una promesa de negocio que no se llega a cumplir porque en el último momento el mayor de los Pereira decide que le es más rentable dárselo a otra empresa.
Y así, en aras de una máxima rentabilidad, Pereira firma su sentencia de muerte.
El crimen encargado por Aire a Atilio Pereira fue el de Roger.
Atilio está ilocalizable pero por fortuna, hemos detenido a Omar Romero, empleado de Somarsa, empresa de mantenimiento de la zona de Madrid suroeste, la cual prestaba sus servicios en la casa de Leopoldo Roger.
Romero canta la Traviata contra el menor de los Pereira, al que acusa de haberlo contratado para asesinar al empresario, ya que él no se atrevía.
Omar (que no ha tenido tiempo de huir porque Atilio no le ha pagado todavía) da todos los detalles de cómo se metió en el coche de Roger, cómo limpió todas las pruebas, cómo se raspó las suelas de las zapatillas y usó, además, calzas, y cómo colocó el artilugio para despistar a la cámara de videovigilancia (por lo visto son indicaciones que le trasladó Atilio Pereira; nosotros entendemos que Aire, a su vez, lo ha instruido a él sobre conciencia forense).
Romero confiesa con la esperanza de que eso le rebaje años de pena (y seguro que por venganza), bien aconsejado por el abogado de oficio que le toca.
Yo tengo fe en que no le rebajen demasiado.
Roger es el que peor suerte tiene porque, en su vida como empresario, solo hace dos enemigos.
Gervasio Lacroix que, más que enemigo es amor-odio.
Y Enrique Gallardo. Dueño de Maderas del sol, al que también dejó colgado con una promesa de contrato, que tampoco se cumplió.
Su secretaria, después de someterla a un interrogatorio exhaustivo, insiste en que Enrique estuvo en Ceuta los días de los asesinatos y del robo, así que sospechamos que pagó a alguien para que fuera con su identidad y con su teléfono oficial a la ciudad autónoma esos días (toca seguir investigando).
La secretaria también afirma que la imagen que tenemos de las cámaras de Gibraltar «puede» ser la de su jefe.
Para finalizar, ella y varias personas de su empresa y de su entorno confirman que Gallardo ha pasado largas temporadas en Madrid en los últimos meses.
También lo confirma el rastreo de posiciones que hace Luis.
La pena es que no podemos ubicarlo en el lugar del rapto y asesinato de Porta y sus guardaespaldas, por la coartada de Ceuta.
Aun así, tenemos dos pruebas casi definitivas contra Gallardo: la primera es que su hermano reconoce en una foto a Yoda, el dogo de Burdeos que mató al guardaespaldas de Porta.
Por lo visto, un día fue a visitarlo; la casa estaba vacía y el hermano, como tiene llave, entró.
Se llevó un susto casi de muerte porque el perro lo amenazó.
Salió de allí pitando y, cuando se lo contó a su hermano, le dijo lo típico: que era de un amigo.
La pista más importante contra Gallardo es que alguien lo sitúa en la escena del crimen.