El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El susurro del árbol
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El susurro del árbol

El amor está en el aire,

O lga teclea en su móvil. A los cinco segundos me enseña la pantalla.

—¡Qué hija de puta! —escupo. Literal, porque algunas salpicaduras de saliva manchan el teléfono de la subinspectora.

—¿Qué pasa? —insiste mi mujer.

Resoplo y cabeceo.

—Es parte de la letra de una canción… —Me quedo a medias, y mi mujer me inquiere con sus ojos.

—Digamos que es una canción que significa algo en el pasado de Matilde y en el mío.

Sofía cambia su mirada de expectación por una de decepción.

Ella intuía que la Maturana y yo fuimos algo más que compañeros de universidad, sin que yo soltara prenda.

Mucho menos acerca de lo que ocurrió en Ibiza.

Y es que en la isla, la canción Love is in the air , de John Paul Young, fue la banda sonora de un hecho del que es mejor que mi mujer no conozca.

Matilde ha jugado con las palabras de esta canción y el apodo que ella misma esperaba que la pusiéramos: Aire .

El resto del equipo, incluida Olga, se queda expectante.

Hago una foto a la nota con mi móvil. La doblo. Con cuidado. La meto en la bolita de plástico. Uso la llave para cerrarla y se la entrego a Olga.

—Hazlo llegar a la Científica.

Ella lo mete en una bolsa, y asiente.

—Lucas, ¿te acuerdas de la lingüista forense, verdad?

—Sí, claro.

—Te mando esta foto, y se la reenvías, por favor.

—Mañana a primera hora, jefe.

—Sí, no te preocupes.

—Pero tengo algo que te va a gustar más —dice Toribio—. Hace una hora o así, me han llamado de la empresa de mantenimiento de la casa de Roger.

—¿Y? —pregunta Olga.

—Por lo visto, uno de los trabajadores lleva días sin ir al curro. Con el tema de la investigación han estado repasando las vidas laborales de sus empleados. Y este parece tener una irregularidad.

—¿Cuál?

—Su número de la seguridad social no coincide con el que correspondería a su DNI.

—¿Y eso cómo es posible?

—Pues porque uno de los dos es falso —dice mi hijo Carlos.

—O los dos —dice Víctor.

El equipo se los queda mirando y ellos se ponen rojos como la sangre en una película de Tarantino.

—Aquí Del Olmo y su cantera —bromea Sergio.

—Toribio, te me vas a la empresa esa, y me lo investigas todo, ¿Vale? Llévate a Pleite.

—Jefe, te repito que ya es muy tarde —protesta.

Mis hijos siguen serios, como asustados.

—Chicos, nos vamos a cenar fuera. Elegid sitio —propongo.

—Pero si ya hemos cenado… son casi las once, y mañana hay cole.

—No, mañana hay vacaciones. ¿Verdad, Sofía ?

—Sí, venga, no es tan tarde; vamos a uno de esos de comida rápida que tanto os gustan. Aunque sea, os pedís un postre grande.

Los chicos sueltan un vale, mitad resignado, mitad divertido, y se van a su cuarto a cambiarse. Me quedo con el equipo.

—Veníos todos a cenar; yo invito. Si os apetece, claro.

Olga sonríe, y la correspondo. Sofía me toca el hombro por detrás y me sorprende; me siento como si me hubiera pillado en una infidelidad.

—Hay otra cosa…

—Dime, no habrá tenido Carlos otra movida…

—Más o menos.

—Joder…

Me reprocho a mí mismo no haber hablado con la UFAM ni haberme preocupado más por este asunto.

Los compañeros que aguardaban en la puerta se marchan. Sofía los detiene.

—Esperad, esperad. Tenéis que escuchar esto —dice mirando a los niños, que agachan la cabeza—. Hace un par de días la llamé. No quería desahogarme con otras madres del cole, para no darle mayor dimensión al problema.

—¿Mayor dimensión?

—Le conté todo, y me eché a llorar.

—¿A quién?, ¿a Matilde?

—Sí. Me preguntó el nombre del niño que tiene el problema con Carlos.

Me entra un vacío en el pecho, que me altera el ritmo cardiaco.

—¿Y se lo diste?

—Solo le dije que se llamaba Rubén.

Suspiro aliviado; es muy difícil que pueda averiguar los datos del niño solo con un nombre. Miro a mis hijos, sobre todo a Carlos, que agacha la cabeza.

—¿Qué pasa, Carlos?

—No sé papá… —dice a punto de echarse a llorar .

—Cuéntame, por favor.

—Ha estado esta mañana en mi colegio. Ha dado una pequeña charla sobre bullying . Ha hablado mucho con Rubén. Le ha preguntado el nombre completo y por sus padres.

—No me fastidies. —Olga anota a toda máquina en el móvil.

—Cuando me ha dado la bola, se ha acercado a mí, y me ha dicho al oído que no tendré que preocuparme más por ese tonto —dice compungido—. ¿Qué pasa papá?

No sé ni qué decirle. Me cuesta reaccionar, y es Olga quien lo hace.

—Sofía, dame el número de la madre, por favor.

Mi mujer consulta en su móvil, y se lo entrega. Olga llama, y niega con la cabeza.

—Teléfono apagado.

La subinspectora tendrá que correr por tercera vez en lo que va de día.