La habitación juvenil
L a puerta de mi casa está abierta.
Llego flanqueado por Lucas y por Julio. Olga, Sergio y Amaya se han adelantado y, por lo que me cuentan por mensajes, la subinspectora bate varios récords de velocidad y de multas sobre la ciudad de Madrid. Ni un jugador de fútbol la iguala.
Un policía custodia la entrada; me saluda, y apenas puedo corresponderlo. Accedo al pasillo. Al fondo están Insausti y Solís, apoyados sobre la pared, comentando algo. Al verme, paran de hablar, y me dejan paso.
Lo que veo al entrar a mi pequeño despacho no lo voy a olvidar en la vida.
Olga abraza a mi mujer quien, por su respiración, parece tener una crisis de ansiedad. Mis dos hijos están de pie, serios, como se suele decir, cariacontecidos.
—Sofía. —Mi mujer se levanta y corre a abrazarme. Noto la tibieza de su cuerpo y me calmo. Al momento vienen mis dos hijos, a los que toco como puedo porque Sofía apenas me deja espacio para ello. Olga se ha levantado, cruzamos miradas, hace el amago de irse—. No, quédate. Quedaos todos.
Sofía me deja un poco de espacio; acerco a Víctor y le doy un beso. Repito la operación con Carlos. Muevo mi silla hasta el escritorio donde me espera un «regalo» de mi, hasta hace una hora, amiga.
Es una bola redonda, azul, poco más grande que una pelota de tenis. En el centro hay una especie de orificio para meter una llave.
—¡No la hemos abierto, te lo juro! —grita Carlos, y del susto casi se me cae la bola al suelo.
Olga deja escapar una sonrisa. Los demás del grupo también. Sofía mira a los niños con cansancio.
—¿Alguien me va a contar qué ha pasado? —pregunto.
Sofía duda; mis hijos callan.
—La verdad es que no ha pasado nada hasta que ha llegado Olga —dice por fin.
Miro a Saavedra confundido.
—Matilde solo les ha dado esto a tus hijos, Del Olmo —dice —. Sofía se ha puesto nerviosa cuando hemos aporreado la puerta y hemos entrado a toda leche.
—Estuvimos charlando —explica mi mujer—. Abrió una botella de vino que traía y se tomó una copa rápida. Le entregó la bola esa a Carlos y le pidió que la dejara en tu despacho. Bien guardada. Y que disfrutáramos del resto del vino, que ella tenía prisa.
—Qué detallista —ironizo—. ¿Y cómo abro esto?
Mi mujer saca una minúscula llave y me la entrega.
—Me pidió que te la diera a ti, para que estuviera a salvo de estos dos.
Si no llega a ser porque parece la culpable de varias muertes, hasta podría conmoverme ese gesto de mi antigua amiga.
Pido unos guantes, y Sergio me extiende los suyos. Tomo la llave y, antes de abrir, miro a los compañeros, pidiendo permiso.
—Pesa muy poco para que eso pueda explotar, Del Olmo, no sufras —dice Amaya, que me lee el pensamiento.
Le digo a mi mujer que sujete la bola, y, con la mano buena, meto la llave . Se abre. Es como una hucha de juguete y dentro solo hay un papel doblado. Lo cojo y miro al equipo. Resoplo.
—¿Nadie quiere… ?
—Es tuyo, inspector —dice Olga.
Abro el papel; es una nota escrita a máquina. La leo para mí y agacho la cabeza.
—¿Qué ocurre? —Sofía está inquieta.
La doy un beso, y me apoyo en su hombro. Pasan los segundos.
—Inspector —suplica Saavedra.
Me rehago. No sabría definir mi gesto, pero ellos me miran expectantes. Yo siento una especie de rabia extraña, porque me cuesta entender qué está pasando en realidad.
—Es una frase, pero no entiendo muy bien…
—¿Qué frase? —pregunta Olga.