El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Organizador
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Organizador

L e pido al policía que custodia la entrada que me abra y tarda más tiempo en abrir que el que mi corazón puede permitirse.

Cuando entro, Hipólito se revuelve en su silla.

Echo mano a mi linterna, y se la chuto a la cara, esta vez, en un ambiente poco iluminado y en un tío que lleva tanto cansancio a la espalda… ahora sí le hace mella en los ojos.

Él se tapa la cara, y escucho una risa bajo sus manos.

—¡Joder!, tan listo que te crees y no tienes ni idea.

Olga se levanta, y se pone a mi lado; mira hacia el espejo.

—Me llamáis a un abogado, y sigo hablando. Sin abogado no hay «tu tía».

Me dan ganas de romperle la linterna en la cabeza. Pero me contengo; miro a Olga, y ella sale para hablar con Torres y buscar un abogado de guardia.

Me doy una vuelta alrededor de Hipólito; él me ignora. Me pongo justo detrás y, aunque me pueda arrepentir, tengo que soltárselo.

—La amargada esa que tenéis de secretaria. Sé que te la follas. Si quieres que no la impliquemos como cómplice de asesinato, ya puedes ir cantando.

Él se revuelve e intenta girarse, pero le es imposible. Me pongo a su lado y calculo mal , porque me escupe y su saliva me impacta de lleno en el pecho.

—¿Te has quedado a gusto? Ahora canta antes que llegue un abogaducho trasnochado que no te va a servir para nada. Canta, y Cristina no se verá implicada.

En ese momento entra Olga.

—Tardará una media hora.

—No te preocupes. Hipólito va a hablar —digo—. ¿Quién es el puto organizador de todo esto.

—No es un organizador —dice, mirando hacia el suelo.

Me acerco tanto a él que el policía que lo custodia me tiene que separar. Levanto la mano pidiendo que me deje trabajar.

—¿Qué quieres decir, Hipólito?

—Que no es un organizador —insiste, clavando sus ojos en los míos—. Es una organizadora.

Todos nos quedamos sorprendidos.

—¿Qué? —insisto.

Hipólito inspira fuerte.

—Es la puta periodista esa, la de los papeles esos de los corruptos.

Olga me pone la mano en el hombro y aprieta con fuerza; gira su cabeza en dirección a la mía.

Yo dejo caer la linterna al suelo.

Es como si me hubieran puesto una pesa de cincuenta kilos al cuello, porque me cuesta lo indecible levantar la cabeza para fijarme en el reloj de la sala.

Estoy convencido de que las agujas se han detenido; lo veo todo a cámara lenta.

Consigo descifrar que son casi las nueve de la noche.

El comisario abre el micrófono, pero no escucho lo que dice.

Cojo el teléfono, y marco el número de mi mujer al mismo tiempo que pulso el botón de acelerar hacia adelante en la silla de ruedas, aunque me tiemblan tanto las manos que apenas avanzo.

Olga se interpone. Levanto la barbilla, y me cruzo con sus ojos.

Ella me mira como la hija que mira a un padre en el lecho de muerte.

Echa a correr.

Otra vez.