Vigilar la puerta
—¿C ómo piensas seguir? —pregunto a Olga.
—Tiene ganas de hablar —responde—. Le voy a recordar ciertos traumas familiares.
Advierto una sonrisa malévola en su cara. Lo confirmo cuando me guiña el ojo. Olga parece haber dado un paso más en nuestra relación amistosa. Salvarle la vida a uno es lo que debe tener.
Entran en la sala de nuevo; el acusado se queja por la espera.
Por suerte, se ha olvidado de pedir un abogado, y la jueza ha protestado a Alamillos, quien la ha solicitado un poco más de tiempo antes de que uno de guardia nos estropee el interrogatorio.
A regañadientes, Torres acepta, pero solo nos concede media hora más.
—¿Qué pasó exactamente en el rascacielos de Armando Porta hace diez años?
Hipólito se tensa; piensa durante unos segundos y, por fin, claudica y nos cuenta la verdad.
Al parecer, los que intentaron atacar a Porta en la torre Spazio fueron él y Florentino. Y lo peor es que también iba Raúl, el hijo. Les dieron una paliza, y el niño lo tuvo que presenciar bajo el yugo de La Araña, el escolta flaco y con mala sangre de Porta.
La propina que les dio el empresario fue mayor de la que nos habían contado y por eso callaron durante años, pero Raúl no salió bien de aquella situación tan estresante y tan violenta. Ya sufría problemas de acoso en el colegio, y el incidente supuso una especie de puntilla.
—¿Y por eso Florentino se ha querido vengar después de todo este tiempo? —pregunta Olga .
Hipólito suspira. Niega con la cabeza.
—Durante muchos años se comió el orgullo.
Pero el dinero se acaba, la empresa no va bien, culpa también de Porta…
Y, bueno, se dio la oportunidad. —Vuelve a parar, intenta llevarse las manos a la cara, pero las tiene encadenadas a la mesa.
Baja la cabeza, avergonzado, hundido, derrotado—.
No matamos a Porta, ni al otro, no sé cómo se llama ahora.
Olga para de anotar. Todos los que estamos en la sala de control nos inclinamos hacia adelante, como esperando el resultado de un sorteo que nos hará millonarios.
También se inclina el Inspector Morcillo.
La única que mantiene la compostura es Saavedra, subinspectora sobresaliente de la Brigada de Investigación de Delitos Contra las Personas de la UDEV central.
—Lo sabemos, Hipólito; por eso queremos ayudarte. Sigue, por favor.
El investigado suspira. Mueve las piernas con rapidez. Se frota las manos.
—Todo esto fue cosa de…
Calla, duda.
Olga le enseña las fotos imágenes de Gibraltar. Él las mira, extrañado. Las hojea y las tira de nuevo en la mesa.
—No tengo ni idea de quién es ese tío.
Olga resopla, y se echa hacia atrás en la silla. Le enseña también las fotos de Atilio Pereira, mucho más nítidas, y la respuesta es similar.
—¿No te suena ni de las noticias?
—Yo no veo las noticias.
—Hipólito, necesitamos que nos digas quién es el cabeza pensante, quién manda —exige Olga—. Piensa en Raúl. Seguro que es quien lo ha matado. Los ha matado a todos para no dejar testigos, y los próximos seréis vosotros.
El chico se vuelve a enervar. Intenta levantarse y se desespera cuando se da cuenta, otra vez, de que no puede.
— Llamar a un abogado, llamar ya al abogado, joder.
—En cuanto nos des lo que te pedimos, lo llamamos, Hipólito — promete Olga.
La jueza mira al comisario, quien le pide calma.
—¿Quién mató a Roger? —incide Morcillo.
—No lo sé. Nosotros solo nos encargamos de Pereira.
—¿Quiénes sois «nosotros»?
—Florentino y yo, joder. Lo raptamos entre los dos. Él se encargó de… ya sabe, y yo vigilaba en la puerta.
—Claro, culpando a un muerto, no podemos echarte a ti la culpa y así te libras.
—¡Es la puta verdad! —protesta, y partículas de saliva salen despedidas de su boca—. Nos aseguró que de Porta ya se ocuparían otros. Nos prometió mucha pasta.
—¿Y os pagó?
Hipólito suspira de nuevo.
—Sí, nos dio lo prometido. Bueno, menos una parte que, por lo visto, era para rollos ecologistas. A mi hermano le molestó, y tuvieron un pequeño enfrentamiento, pero a mí me pareció bien. Hay que cuidar el planeta, ¿no?
Hace un amago de sonrisa y Olga pierde los nervios.
—Dime quién es el que os encargó el trabajo ¿Es uno de tus hermanos y te has inventado esta historia? ¿Quieres que os metamos a todos juntitos en la cárcel?
La tensión es tal que no puedo más; me dirijo a la sala y no escucho las voces del comisario a mi espalda.