El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Móviles antiguos
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C ristina Segovia, la secretaria de MELORT S.L., confiesa entre llantos que los hermanos esconden documentación y teléfonos móviles en un armario de la oficina. Nos pide que no le hagan nada a Hipólito.

Su torpeza a la hora de no deshacerse del aparato nos da el indicio definitivo para acusarlos.

Esa llamada se hizo al otro teléfono que se ha encontrado en el registro.

Ambos números están a nombre de una empresa en la que figuran como titulares la mujer e hijo de Florentino Ortiz-Melgar.

Es solo un indicio, pero un indicio muy claro que apunta al intercambio de crímenes sobre el que habíamos teorizado Olga Saavedra y yo.

Nos faltan los otros «extraños del tren», y, sobre todo, Aire, apodo con el que definimos al que debe ser el autor intelectual de esta sangría.

—Danos algo, Hipólito. ¿El tipo de las imágenes es el jefe?

—insiste Olga. Hipólito ha mutado de luna llena a luna nueva en cuestión del minuto que han tardado en explicarle los indicios recientes.

Mueve los pies, cada vez más rápido—. Eres inteligente.

Tus hermanos también lo son. Sois duros y con recursos.

Pero sabemos que no podéis hacer todo esto vosotros solos.

—No tenéis pruebas… —Intenta reponerse el menor de los Ortiz-Melgar —. No tenéis pruebas de que yo haya matado a Porta. ¿Huellas de pies? Anda que no habrá gente con mis botas.

—Hipólito, no sé si me has escuchado bien. Nadie ha dicho que hayas matado a Porta. Y nadie ha hablado de botas; yo te veo con unas deportivas muy chulas hoy —incide Olga.

Hipólito levanta la cabeza, y traga saliva.

Yo sonrío; incluso Morcillo también curva sus labios hacia arriba.

—Está bien. —Olga pulsa el botón del interfono para hablar con nosotros en la sala de control—. Inspector Del Olmo, vamos a traer aquí a José a que le explique a su hermano lo que ha cantado ya hace un rato. Y después traeremos a Laureano.

Hipólito, vuelve a perder los papeles. Mira al espejo, me llama «puto paralítico desgraciado», que sus hermanos no han dicho una mierda, y una serie de exabruptos más que hacen que babee y escupa como un ciclista cuando llega a la cima en un puerto de primera categoría.

A Hipólito le entran entonces las arcadas.

Los compañeros que lo sujetan lo dejan que se relaje. Lleva detenido más de cuatro horas, más otra hora en el hospital, más casi una hora con Olga y con Morcillo.

Olga le da un descanso.

Un compañero le trae una infusión y un dulce.

Pega dos bocados al bollo y un trago a la infusión.

Lo dejamos madurando sus pensamientos otra hora más, mientras nosotros también reponemos fuerzas con unos sándwiches de la cantina del complejo policial.

Yo no le quito ojo ni cuando mastico un delicioso «emparedado» de atún con tomate.

En más de veinte años en el cuerpo, es el segundo tipo que casi me manda al otro barrio. Y el primero de los malos.