Cabeza de turco
Y a a salvo, en el cuarto de control de la brigada, mi muñeca vendada duele y me recuerda el incidente.
Por fortuna, no hay nada roto: se trata solo de un esguince, lo que toda la vida se ha llamado «abrirse la muñeca».
Hipólito tampoco tiene daños graves; la bala le rozó el bíceps y solo han tenido que coserle unos cuantos puntos.
A mi lado están Alamillos, la jueza Torres, Morcillo y Saavedra, a la espera de que terminen los cincuenta y dos minutos que la subinspectora ha pedido antes de «entrar a por todas con ese hijo de puta».
—Es la hora —decreta Morcillo, como si él estuviera al mando. Por mucho rango superior que tenga, ahora no lo ostenta.
—El peso del interrogatorio lo lleva la subinspectora —corrige el comisario.
Y me encanta ver el gesto apático que se aloja en la cara del inspector jefe Morcillo cuando se siente en condiciones de inferioridad con respecto a una subordinada.
—A por él, Olga —animo a mi compañera.
Ella me saca la lengua antes de entrar al interrogatorio.
Cuesta doblegar a Hipólito. Asegura durante casi media hora que él no es un chivato.
Hasta que Olga le explica que por los tres asesinatos le puede caer la permanente revisable, mientras que, si colabora y nos cuenta todo lo que necesitamos saber y sobre lo que tenemos más dudas que certezas, la cosa puede cambiar.
Porque esto viene de arriba, de muy arriba, de tan arriba que, si miras más alto, solo puedes ver a Dios.
Olga se permite una ligera sonrisa cuando pronuncia estas palabras.
El comisario refunfuña, divertido, a mi lado.
—Menudo fichaje la Saavedra, ¿verdad, comisario?
—Una putada para ti.
—¿Para mí? ¿Por qué? Si la tengo a mi lado.
—A eso puedes dar gracias que estés aquí, pero me refiero a lo otro.
Me callo y, durante unos segundos, no entiendo de lo que está hablando. Hasta que él señala con su cabeza a Morcillo.
—Y dale —protesto—. Que yo no quiero ser inspector jefe, que me la… —Me contengo la palabrota soez, que al fin y al cabo es el comisario, y encima la jueza está presente.
—Ya, bueno. El caso es que las visitas de Morcillo de estos días quizá hayan sido para cavar su propia tumba.
Abro los ojos como si fuera un furby y me echo hacia adelante en mi silla para mirar al comisario de frente en lugar de su perfil.
—Vamos a ver cómo sigue esto, y ya hablaremos, Del Olmo; ya hablaremos.
Me vuelvo a echar atrás y contemplo la magia de Olga.
Le enseña las imágenes de las cámaras de seguridad de Gibraltar en la que sale su hermano discutiendo con el hombre disfrazado de Lukas Pulido.
—Me lo habéis matado, hijos de puta, y eso no os lo vamos a perdonar nunca. Ni yo ni mis hermanos.
Los otros dos Ortiz-Melgar aguardan bajo custodia en dependencias de la Brigada.
De momento no hay acusaciones sobre ellos, pero hay muchísimo trabajo que hacer.
La idea es que se inculpen unos a los otros, porque tiene pinta de que lo hicieron entre todos.
Es posible que dejaran los teléfonos en casa y que se escaparan de esa fiesta familiar y exigieran silencio sepulcral a los invitados, esa omertá de la que hablamos en principio, a un nivel más del pueblo.
También tenemos que aclarar quién mata a Florentino; creemos que quien lo ha asesinado debe ser el cerebro de todo esto .
—Hipólito, si colaboras nos estarías ayudando a resolver el asesinato de tu hermano Florentino, y, sobre todo, de Raúl, tu sobrino. Dinos quién es el que acompaña a tu hermano.
Hipólito se levanta de la mesa, con ira, con ganas de hacer daño a la subinspectora, pero está esposado y no puede moverse. Dos policías que lo custodian le ponen las manos en los hombros y lo obligan a sentarse.
—Quiero un abogado.
—Enseguida te lo llamamos, tranquilo, pero antes déjanos hacerte unas preguntas.
—No voy a decir una mierda.
—Hipólito, es mejor para ti que nos cuentes lo que sabes, o te comerás todos los años de cárcel tu solito —dice Morcillo.
Olga deja de mirar a Hipólito y clava sus ojos en los del inspector jefe. No los despega de su cara ni cuando empieza a hablar.
—Soy solo un puto cabeza de turco. Yo no he hecho nada.
Olga insiste en su intimidación al inspector que, por fin, se da por aludido y se calla.
—Hipólito, has intentado matar a un inspector de policía. Además, tenemos varios indicios contra ti, huellas de tus zapatos, un teléfono móvil de MELORT cerca de donde desapareció una de las víctimas…