Rescate
Dos horas antes.
O lga Saavedra corre como una atleta de medio fondo hasta el puente, donde la excavadora se dispone a despeñarme. Aprovecha el ridículo deslumbramiento de mi linterna para encañonar al maquinista con su arma reglamentaria.
El tipo no se amedrenta, y echa mano de su «pitufa», pero la subinspectora no se lo piensa dos veces y dispara al brazo de Hipólito.
El dolor le hace mover dicho brazo hacia un lado, con la fortuna de que, en su trayectoria, toca la palanca que gira la máquina sobre sí misma.
De esta forma, la pala que sujeta el coche, y mi vida, queda situada sobre tierra firme.
Hipólito no deja de apretar la palanca que mueve la pala hacia abajo, y el coche cae sobre el asfalto a escasos centímetros de la barandilla del puente.
Saavedra da un salto, y se encarama a la excavadora, le pega una patada a Hipólito en la cara y este cae redondo al asfalto.
Allí le esposa las manos a la espalda, no sin antes exigirle que le diga cómo apagar «aquel cacharro de mierda».
Hipólito le dice que solo tiene que quitar las llaves «que además de puta, eres torpe como toda mujer al volante», afirmación con la que se gana otro puntapié, esta vez en la tibia, que duele tanto o casi más que en los huevos y apenas deja marca.
Cuando se asegura de que el menor de los Ortiz-Melgar no puede hacer más daño, viene a por mí.
Se agacha, y me ve hecho un guiñapo sobre el asiento del copiloto, al que consigo arrastrarme.
La silla de ruedas está tirada en la parte posterior del coche.
Sonrío al verla, pero ella no me corresponde.
La adrenalina de lo que acaba de vivir no se lo permite; me estrecha la mano y la mantiene así hasta que llegan Toribio, Solís, Insausti, Pleite, y el resto de los compañeros que han participado en el operativo.