Mancos
H ipólito Ortiz-Melgar, con un brazo en cabestrillo, y con una contusión importante en el ojo, aguarda en la sala de interrogatorios mientras yo y mi equipo lo observamos desde el cuarto de control a través del cristal-espejo.
En ese momento suena mi teléfono: es Matilde.
Ya sé lo que quiere, y creo que le puedo dar un poquito.
Quizá una pequeña venganza contra el hermetismo del caso y una forma de intentar reconciliarme del todo con ella.
Al fin y al cabo, la periodista y sus investigaciones en Los papeles del Atlas nos han ayudado.
—Hola, Maturana, ¿vienes pidiendo pan duro? —Le vacilo.
—Cómo me conoces, Del Olmito. A ver, ¿qué tengo que hacer para ganarme tus favores?
—Lo primero, decirme con quién estabas el otro día cuando fuimos a tu casa.
—Pero qué maldito cotilla; eres peor que la vieja del visillo.
—Es broma, mujer.
—Ya, ya.
—Bueno, venga, me invitas a cenar esta noche a un sitio de esos que tú te conoces y hablamos.
—¿Y qué te parece si te llevo un chantillí de mi bodega personal a tu casa y me preparas uno de tus crepes salados que tan buenos te salen?
—Los tendrá que hacer mi mujer, porque yo ando medio manco —digo—. Pero tú sí que sabes convencerme. Listo; lo único que no puedo decirte una hora exacta. Aquí tenemos para rato.
—Bueno, mira, yo terminaré sobre las siete. Me paso por casa a coger el vino y me voy a la tuya. ¿Te espero allí? Seguro que los niños me quieren hacer el tercer grado como papá, así te los voy dejando un poco más suaves.
—Hoy estás sembrada, Matilde. No se te podía ocurrir mejor idea. Te voy avisando, ¿vale?
—De acuerdo.
—Hasta luego.
Matilde me detiene antes de colgar.
—Inspector…
Y se produce un breve silencio.
—Dime.
—¿Estás bien?
—Sí, más o menos.
—Es que me han contado un poco por encima y me he acojonado. ¿Seguro que estás bien?
—No te preocupes; ya no me pueden dejar en una silla de ruedas —intento bromear.
—Qué tonto. Bueno, luego me cuentas. Me tienes siempre para lo que necesites. ¿Lo sabes, verdad?
—Lo sé.
Cuelgo, y me centro en el interrogatorio. El comisario me mira con desgana como pidiendo explicaciones de mi charla con la periodista. No digo nada. Olga me sonríe; quiero suponer que está contenta porque me esté reconciliando con mi vieja amiga.
En esta sala no hay cuadros, ni hay café, ni hay música ambiental.
Solo dos sillas duras de metal para el detenido y para su abogado, si se presentara.
También hay otros dos asientos algo más cómodos destinados a los investigadores.
Aunque yo no los necesito. Tampoco tengo pensado acceder al primer interrogatorio.
Así lo hemos acordado con Olga, con el comisario, con la jueza Torres y con el inspector jefe Morcillo, que volverá a participar .
El cuerpo, la cabeza y las tripas me piden que no haga sangre con ello, con sus ansias de protagonismo, ahora que una gran parte del caso está resuelto, si bien no todo.
Y por eso estamos allí: a ver si sacamos a Hipólito toda la información posible.
Porque, después de las muertes de su hermano Florentino y de su familia, hay mucho que aclarar.
¿Por qué no intervengo en el interrogatorio?
«Porque el tipo parece que te odia y se va a cerrar más si intervienes», ha dicho el Comisario Alamillos mientras se acariciaba la perilla.
Yo callo; si lo que vas a decir no es más bello que el silencio no lo vayas a decir, como cantaba El Último de la Fila.
—Del Olmo, nadie más que yo quiere que estés en esa sala, pero me temo que es mejor… —Olga no me aguanta la mirada, y me molesta que lo haga porque ella es la única a la que no tengo nada que reprocharle.
Ella me ha salvado la vida.