El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El puente
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El puente

L a máquina conduce a toda la velocidad que puede, durante al menos cinco minutos.

Tengo tiempo para escribir un mensaje a mi mujer y decirle que la quiero a ella y a los niños.

Por suerte, no está conectada y no lo lee en ese momento.

¿Eso que dicen que tu vida pasa entera por delante de ti cuando estás al borde de la muerte?

Pues entera, entera, no, pero pedacitos sí que pasan, sí.

La máquina se detiene. La pala empieza a girar poco a poco, y el coche se va dando la vuelta. Yo me sujeto como puedo para no caer al techo; el anclaje y fijación de la silla de ruedas ayudan a que no lo haga.

Ahora la pala ha girado totalmente sobre su eje y distingo, bocabajo, la cabina de la excavadora. El menor de los Ortiz-Melgar maneja la máquina.

No puedo sujetar más mi peso en la silla, y caigo. Uso mis manos para no romperme el cuello, y noto un chasquido en la muñeca que me arranca un grito. Algo se habrá roto, aunque ahora eso es lo de menos.

—Puto paralítico —chilla Hipólito—. La puta esa no te va a salvar.

Dice esto al mismo tiempo que empuña una escopeta recortada.

Recuerdo a Olga. Si hubiera escuchado el insulto en persona, quizá le hubiera dado igual esa escopeta.

La ira no es buena, pero en ocasiones te puede llevar a hacer cosas que no harías si no te invadiera.

No hablo del insulto hacia su persona; lo que ocurre es que no soporta que la gente me mire con lástima, con condescendencia, o que me ofenda por ir en una silla de ruedas.

Desde el primer momento en que nos conocimos, le dejé claro que no quería que sintiera lástima por mí, que yo no soy un minusválido.

Ella intentó no hacerlo; al principio me abría todas las puertas o incluso me empujaba si caminábamos por una cuesta arriba, como si no llevara una silla motorizada.

La segunda vez que lo hizo, la miré por primera vez con autoridad y desde entonces apenas muestra esa ayuda que no quiero.

Pero ahora sí que la necesito. La mano que sostenía la linterna la tengo dañada, y aunque está cerca, me es muy difícil alcanzarla.

El problema es que deposito en ese artilugio todas mis esperanzas de sobrevivir, como si fuera un arma.

La pala vuelve a girar y, por la ventanilla derecha, veo que estoy más jodido de lo que pensaba.

Esa maravilla de la automoción nos ha llevado a un puente.

Lo que hay debajo debe de ser el río Jarama que, si bien no parece muy profundo, no podría escaparme de allí si deja caer el coche.

La pala vuelve a girar, esta vez hacia abajo, e inicia el proceso para verter el coche al agua como el que vierte los restos de alguna comida en el retrete.

—¡Espera, espera! ¡Joder! Necesito una explicación, solo una. Esto que has hecho es demasiado grande, no como las casas o pozos que haces con tus hermanos.

Se produce un silencio. Ortiz-Melgar parece pensar una respuesta.

—Puto tullido, no sé qué te crees que he hecho o dejado de hacer. Por vuestra culpa Florentino y su familia están como están.

—Cúlpame si quieres, pero necesito saber una cosa antes de que me tires al río.

—Tu puta debe de estar en camino. Aunque, si viene, aquí la espera mi «pitufa» —dice acariciando una escopeta recortada.

Está empeñado en darle nombre a todo objeto inanimado que le provoque algún tipo de placer. La máquina que tiene en vilo al coche debe de ser su ReVo .

—Una última voluntad, por favor.

Vuelve a haber un silencio de unos segundos.

—Rápido.

—¿Cómo coño hicisteis lo de los círculos?

Hipólito sonríe.

—No entiendes nada, paralítico de los cojones.

Al igual que en un anuncio de la teletienda en la que una mujer apunta con su linterna a un atracador y consigue deslumbrarlo, yo le apunto con la mía, que tiene bastante más potencia; he conseguido alcanzarla a pesar de un dolor terrible en la muñeca.

Obvio que no se deslumbra como el tipo del anuncio, sobre todo porque estamos a plena luz del día, pero es cierto que los cien mil lúmenes sí le provocan una ligera molestia y se tapa los ojos.

Eso solo consigue enfurecerlo más. Avanza la excavadora hacia el puente y aprieta, por última vez, el botón que hace girar la pala.

El coche empieza a deslizarse hacia abajo en el momento en el que se escucha un nuevo disparo.