El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Reunión de urgencia
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Reunión de urgencia

E n un pequeño parque cercano, nos reunimos los seis del grupo.

Allí, contemplando los columpios oxidados en los que algún día tuvo que jugar el hijo de Florentino Ortiz-Melgar, nos preparamos para un duro día de trabajo.

No hace frío; el sol empieza a despuntar y el alba ya no es lo que era.

Todo el equipo me mira; esperan algo de mí.

Y yo solo miro a Olga, esperando algo de ella.

—Todos tenemos claro que al tipo de ahí dentro lo han matado para silenciarlo, ¿verdad? —pregunto.

Nadie replica; todos han pasado por la habitación a petición mía.

—Los hermanos de este hombre viven cerca, ¿habrá que avisarles, no? —dice Toribio.

—Sí, todo a su tiempo —contesto—. Lo que importa ahora es priorizar el siguiente paso. Alguien se nos ha cargado al único sospechoso real que teníamos. ¿Qué hacemos?

—¿Ir a por Atilio Pereira, seguir investigando ecologistas o lo más razonable? —pregunta la subinspectora.

—¿Lo más razonable qué es? —pregunta Insausti.

—Buscar como sea al tipo que discutió con Florentino, al que vimos en las imágenes de Gibraltar.

—¿Sigues creyendo en la causa ecologista, Olga? —pregunto.

—Sí, todo está relacionado, inspector.

—¿De qué forma ?

—Creo que alguien, de alguna forma, encargó a este hombre matar a Porta o a Pereira o a Roger, o a los tres a cambio de algo. Le ofrecieron venganza y dinero. Y es posible que ese tipo sea el de Gibraltar y que esté ligado al ecologismo.

—Espera, espera —dice Toribio—. ¿A los tres o solo a uno de ellos?

—Lucas, yo pienso que Florentino no mató a Porta. Al cien por cien de que no lo secuestró, por las declaraciones de Berto Cáceres. No concuerdan las descripciones, este hombre no tiene perro conocido.

—¿Entonces? —pregunta Insausti.

—Florentino pudo matar a Pereira o a Roger —responde Olga—. Y nuestro hombre de Gibraltar a los otros dos.

—¿Por qué? —Se sorprende Amaya.

—¿Habéis visto Extraños en un tren , de Hitchcock? —pregunto.

Nadie responde.

—Es una película antigua donde dos desconocidos se intercambian los crímenes —interviene Olga.

Nuevo silencio.

—Entonces, ¿estáis diciendo que varios individuos se intercambiaron los asesinatos? —duda Amaya.

—La posibilidad de que fuera más de una persona es algo que ya barajábamos, sobre todo después de las datas de las muertes y del robo en Gibraltar. Atilio Pereira podría estar involucrado —digo.

Esto era lo que yo rumiaba el día que me reuní con Olga en mi casa. Se lo he contado camino del parque, y ella lo da por válido.

—¿Creéis que algunos de nuestros sospechosos pudieron matar a una de las tres víctimas, pero no a la que se supone que le correspondía? —pregunta Amaya marcando unas comillas con sus dedos en la palabra «correspondía».

Muevo la cabeza arriba y abajo, y cierro los ojos.

—Jefe, ¿no crees que deberíamos investigar más el tema de los Ortiz-Melgar con Porta?  —interviene Pleite—. Quizá ahí rasquemos algo y confirmemos esta teoría .

—Sí, Julio. Vamos todos a desayunar primero; después, la subinspectora y yo nos acercaremos a la empresa de excavadoras que está aquí al lado. Y vosotros os vais a casa de Catalina Sostres a ver si puede saber dónde anda su cuñado.

Paramos en una cafetería cercana y pruebo los mejores churros que he comido en mucho tiempo. Por desgracia, la sangrienta escena recién vivida no es la primera que me encuentro en mi vida; de alterarme el hambre cosas así, podría haberme convertido en anoréxico.

Terminamos, y me dirijo con Olga a la empresa de los Ortiz-Melgar.

El comisario me llama varias veces sin respuesta por mi parte.

Olga lo llama en mi lugar y pone la excusa de que no me encuentro bien.

Puedo escuchar las protestas del comisario, pero ya lidiaré con él en la brigada.

Y con Morcillo. Y con mi mujer y mis hijos, a los que apenas he visto en los últimos días.

Mando al resto del equipo a la brigada. Tienen que ponerse con el seguimiento de Atilio Pereira y comprobar, otra vez y de forma más exhaustiva, las coartadas de Gervasio Lacroix y del representante de Maderas del Sol, cuyo nombre no recuerdo.

—¿Cuándo le vamos a contar al comisario nuestra nueva locura, inspector? —pregunta Olga mientras conduce.

—Cuando dejes de llamarlo «locura».

Sonríe.

—Sabes que he perdido un poco de confianza, ¿no, Del Olmo?

—¿Y quién no la pierde en una situación así?

Me mira por el retrovisor una décima de segundo antes de dar el intermitente y entrar en MELORT S.L.

Olga se baja, y se acerca hasta la puerta.

Está cerrada. Son más de las ocho, y es extraño que no haya nadie.

Olga empuja y la puerta se abre. Se acerca hasta la caseta que hace las veces de oficina, y llama a la puerta.

No obtiene respuesta, y en voz alta llama a José Ortiz-Melgar.

A lo lejos distingo una figura. Me parece que es la chica de la recepción. Olga se dirige hacia ella.

De repente escucho un ruido extraño a la espalda del coche. Como si alguien aplastara algo contra el suelo. No me da tiempo a reaccionar: sacuden el coche con fuerza.