El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Huida
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Huida

Apuntes, teorías y suposiciones no oficiales de Del Olmo y Saavedra sobre el caso de Los cuatro elementos.

T oda una vida empaquetada en una mochila de montañismo. Al menos, en su nueva vida, no necesitará más que dos pantalones abrigados, dos chaquetas y varias camisas interiores térmicas.

Deja atrás mucho más. Muchos años de esfuerzo, de trabajo incansable, de no dormir apenas.

Al recordar esto, se para y mira a su alrededor.

Su casa. Ha conseguido venderla justo dos días antes.

La ha malvendido. Ese pequeño pellizco sumado al gran pellizco que le ha dado Aire, compensa. Ha merecido la pena.

Ha asesinado. A más gente de la que pensaba en un principio.

Se repite a sí mismo que el fin justifica los medios.

Tiene la sensación de tener los pies mojados y fríos. Quizá sea solo un mal recuerdo.

El dinero lo ayudará a sobrellevarlo. Pagará los psicólogos que hagan falta.

La vida bajo una palmera, o en un cobertizo en la nieve, o en un desierto, le harán pasar página.

Quizá espere tener compañía en ese exilio.

Todavía no ha escogido su destino; de momento tomará un autobús a Burdeos, y allí decidirá en función de lo que opine Aire.

Si tiene claro algo, es que llevará una vida nómada.

Van a seguir sus pasos mucho tiempo, si es que alguna vez dejan de hacerlo.

Se marcha porque ha leído demasiadas noticias y visto demasiados programas. Tantos que le ha entrado el miedo. Y ese miedo se lo ha transmitido a Aire, quien le ha recomendado que se marche porque la policía no es tonta, que ya se verán en el futuro si es que tienen que verse.

No quiere saber nada de criptomonedas: todo en cash.

Benditos billetes de quinientos euros; gracias a estos, le caben casi quinientos mil euros en una bolsa bandolera de las que se cruzan sobre el pecho.

Le estresa tener tanta pasta encima, pero ¿quién no quiere ese tipo de estrés?

Dentro de la bolsa también lleva su porra extensible, varios gorros y varias gafas de sol y de graduado.

Echa de menos al perro; llora por él casi todos los días. Ha pensado en adoptar otro, pero ¿dónde? En cuanto se establezca en algún sitio, lo hará. De momento no puede tener esa carga.

El nuevo teléfono móvil que compró en un locutorio a nombre de otra persona (cosa que le costó dos mil euros) también lo deja atrás.

Quién sabe hasta dónde llegará la policía en sus pesquisas.

Ya tiene una identidad falsa con su pasaporte y con sus tarjetas; en Francia podrá comprar un prepago con esa identidad.

Echa el último vistazo a la que ha sido su casa en los últimos años. Hay fotos de su familia. También los echará de menos. ¿Y ellos a él? No lo tiene tan claro.

Mete otro par de calcetines en la mochila. Se cuelga el bolso con el dinero. Deja la llave en el mueble de la entrada; los de la inmobiliaria ya tienen copia y se la entregarán al nuevo dueño.

Sonríe, aunque no debiera, porque es posible que a ese nuevo dueño le den algún día una patada en la puerta al grito de «¡Policía!».

Se siente mal, pero sonríe porque él ya no estará allí.

Se va a escapar, como el aire se escapa por las ventanas mal cerradas.