Dale al play
T enemos una imagen del tipo que entró al banco a por las cajas de seguridad. Olga lo localiza sin caracterizar, y caracterizado. De esta segunda forma, tiene un gran parecido con Lukas Pulido, pero su forma de andar y su corpulencia lo desenmascaran.
—La imagen es del treinta y uno de marzo, pocas horas después del asesinato de nuestras víctimas —digo—. Y pocas horas antes del envío del email a Emiliano García, avisando del robo de las cajas.
—Entonces, tenemos que seguir viendo imágenes para localizar al que se hace pasar por mi tocayo —dice Toribio.
—Sí, querido Lucas, sí.
Me quedo con Olga visionando ese vídeo y, al cabo de dos horas, el tipo caracterizado como Pulido aparece de nuevo en la imagen. Y aparece con una bolsa parecida a la de la imagen del banco. Debe llevar un buen tesoro dentro.
Son las dos de la madrugada, y estamos derrotados, pero nadie quiere parar. Lo que pasa es que el cansancio hace mella en todos, incluida la subinspectora, que no tiene poderes especiales. Yo tampoco los tengo, pero he tomado mucha bebida energética y estoy demasiado nervioso.
—Vete a dormir un poco, Olga.
—Un par de horas, ¿ok?
Asiento. Toribio, Luis y Sergio están recostados en los sillones del apartamento dando una cabezada.
Yo me obsesiono y reproduzco una y otra vez un fragmento de vídeo en el que tengo depositadas las esperanzas. Por mucho que lo visiono, no consigo sacar nada en claro. Todo lo contrario… me quedo dormido.
—¡Es él! ¡Es él!
Los gritos de la subinspectora me despiertan, y no sé ni dónde estoy.
—¡Mira, mira!
En mi portátil, hay una imagen congelada de dos hombres. Uno de ellos es el que se disfraza de Lukas Pulido. Al otro ya lo conocemos.
El resto del equipo se ha vuelto a juntar detrás de mí para visionar las imágenes. A pesar de estar todavía muy adormilado, descubro en sus rostros una mezcla de euforia y calma.
Hay que viajar a Madrid a toda prisa.
Tenemos a uno de los culpables.