Lupul
Y a en el puerto nos bajamos de los coches. Hace más de treinta grados y estamos al sol. Me tengo que desabrochar el cuello de la camisa. Hacemos las presentaciones correspondientes, nos estrechamos las manos y toda la parafernalia. Aunque sin demasiado protocolo.
Somos diez agentes de policía; cuatro británicos y seis españoles. La policía Sonia, que se ha quedado en la furgoneta, sería la decimoprimera. La traductora no es de ningún cuerpo, pero con ella sumamos un total de doce personas.
—Es mejor que vayamos solo tres para no llamar demasiado atención —sugiere McGuinness.
—Yo voy —dice Olga.
—Saavedra, calma —replica el comisario.
—Venga, jefe. La subinspectora se lo merece —la defiendo.
—Vas tú con ella.
Mi compañera asiente.
—Cuatro, entonces —replica McGuinness.
El comisario gibraltareño intercambia palabras con el agente calvo de Scotland Yard. Él es quien nos acompaña. Nos lo ha presentado antes; se llama Jeremy Lee. Espero que sea descendiente de Bruce y que, si hay hostilidades, nos ayude. Al tipo se le ve fuerte y ágil.
Enfilamos el muelle número siete. ¿Por qué?, dos más dos, en investigación policial, no siempre son cuatro. Pero tenemos una serie de indicios que conectan de forma irrefutable nuestro caso con las cajas de seguridad del UK National Bank de Gibraltar.
El email que recibió el director del banco es el primero.
El segundo, la propia evidencia de la pelota de aire y los trozos de papel con los colores naranja, marrón y azul.
El tercero, las posiciones de los móviles culebra de Porta y Roger en Gibraltar. El móvil de Porta siguió un trayecto desde Madrid a Marbella, y el de Roger, desde Barcelona a la capital de la Costa del sol. Ahí desaparece su seguimiento, y vuelve a aparecer en Gibraltar.
Hay una cuarta evidencia, aunque no definitiva: el comisario McGuinness ha encontrado al tal Lukas Pulido.
El representante de Lupul tiene un atraque en el puerto desde hace seis años, un fueraborda de tres metros de eslora, en el que sospechamos que se reunieron nuestras víctimas.
Listín sigue cribando números por si encuentra el tercer culebra que nos falta: el de Pereira.
Cuando llegamos a la altura del barco, Olga me pide que me quede atrás; ella y el oficial de Scotland Yard serán los que toquen la puerta —si es que se puede llamar así— de Lukas Pulido.
Olga es quien nombra al susodicho en voz alta. En la cubierta del barco no hay nadie, pero sí en la del contiguo: un hombre mayor que se nos queda mirando con extrañeza.
—¡Lukas Pulido! —vuelve a gritar Olga.
A los pocos instantes, una mujer de unos cincuenta años, con el pelo teñido de rubio y con un chándal de Christian Dior, sale del interior del barco. Lleva las manos en alto y tiene los ojos llorosos.
—No me hagan nada, se lo suplico —dice en un español con acento británico.
—No le vamos a hacer nada; señora, buscamos a Lukas Pulido.
—Es mi partner .
—¿Y dónde está?
La mujer se lleva las manos a la cara, y rompe a llorar.