El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) ¿Aeropuerto?
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¿Aeropuerto?

—¿Y a no estás enfadada? —pregunto.

—Eres un gilipollas, pero tarde o temprano tendré que volver a hablarte —responde Matilde—. ¿Dónde coño estás, que hay tanto ruido?

—En la estación de tren de Santa Justa.

—¿Y qué haces en Sevilla, chiquillo?

—Vamos para Gibraltar; tenemos un avance importante y hay que comprobarlo in situ .

—Huy, a Gibraltar nada menos, con lo poco que te gusta a ti viajar.

—Pues sí.

—Bueno, te dejo, que tengo cosas que hacer.

—¿Sola o acompañada?

—Pero qué idiota. Venga, ya me cuentas cuando vuelvas.

—Adiós.

Matilde tiene razón. No me gusta viajar, pero saber de ella me alegra el trayecto. Se ha puesto en contacto conmigo, y hemos hecho un amago de hacer las paces. Un amago.

A Gibraltar vamos todo el equipo, menos Pleite y Amaya, que están haciendo la instrucción del caso; hay mucho trabajo de oficina. Morcillo se ha quedado echando un cable, aunque todavía no esté de vuelta al trabajo de forma oficial.

¿Y por qué vamos a Gibraltar otra vez?

Porque el genio de Luis ha geolocalizado los dos teléfonos culebra que tenemos: el de Porta y el de Roger, en el peñón, tres semanas antes de que los mataran.

Por desgracia, solo podemos constatar que estuvieron en las inmediaciones del puerto (al menos eso dicen las antenas de repetición).

Conseguir una imagen de cámaras de videovigilancia sería ideal.

Por eso vamos; para ligar de forma definitiva el robo de las cajas de seguridad del UK National Bank con nuestro caso.

Se me hace raro viajar con el comisario.

En el pasado lo hicimos en un par de ocasiones, pero han pasado ya más de diez años de aquello.

En la frontera del peñón están más que avisados, y nuestras dos furgonetas pasan sin detenerse.

Nos paramos en el acceso al aeropuerto, que es como llaman a un trozo de pista de poco más de mil quinientos metros, en la que los pilotos tienen que aterrizar y despegar sus enormes aparatos.

Me estremezco solo de pensarlo. Allí, a pie de pista, nos espera McGuinnes con un séquito que no esperaba.

—Bienvenido de nuevo, inspector del Olmo —me saluda el comisario gibraltareño a través de la ventanilla de la furgoneta.

—¿Cómo está, comisario? Este es el comisario Alamillos.

Se saludan cordialmente, y yo le pregunto por las personas que le acompañan.

—Son inspectores de Scotland Yard y mi ayudante. A María, la traductora, ya la conocen.

Me fijo en la traductora, que mantiene su semblante serio. Los otros dos tipos parecen los Men in Black. Trajeados y con gafas de sol. Uno, calvo y con barba, y el otro moreno y bien afeitado.

A la luz de la nueva pista obtenida por Listín , el comisario Alamillos se puso en contacto  él mismito con Interpol para solicitar nuestra visita y poder investigar sobre el terreno. No se opusieron, pero todo se tiene que hacer bajo supervisión británica.

—Del Olmo, después de recibir informe con las posiciones de tus tres víctimas en la zona del puerto, investigamos. Toma.

Me entrega una carpeta marrón. La abro, y juraría que me tiemblan las manos.

—Está en inglés, y aunque no se me da mal la lengua de Shakespeare, prefiero que me lo traduzcas.

—Disculpa, no tiempo para traducir. Fíjate en esto.

Me señala una línea del informe en el que aparece un nombre conocido. Abro bien los ojos y lo miro alterado .

—¿Esto es lo que creo que es?

El comisario me responde, pero en ese momento un Boeing 747 despega del curioso aeropuerto de Gibraltar, y no escucho bien su respuesta.