Unidad canina
B erto Cáceres duerme en casa. En cambio, Listín lo hace en la Brigada; solo dos horas en un sofá.
Corrobora la declaración del activista ecológico en lo que su móvil se refiere.
La señal del teléfono desaparece el viernes por la mañana en una zona muy próxima al Lago de la Casa de Campo y no vuelve a aparecer hasta el sábado, en su domicilio, cuando compra un nuevo terminal.
El seguimiento de sus posiciones de esos días lo sitúan entre su piso y la asociación ecologista a la que pertenece: todo apunta a que dice la verdad.
—Es imposible cotejar la muestra de ADN del perro con ninguna base de datos de ADN canino que tengamos.
No es que sea imposible, pero es que es poco fiable.
Es que sin el chip…. No está registrado en ningún sitio, con lo que tampoco se podrían saber los datos de su dueño —dice el inspector Santos, un veterano, calvete y chiquitito, que quiere más a los animales que a las personas, cosa que, tal como está la sociedad actual, veo normal.
—No me des más alegrías por hoy, Santos, no hombre —protesto.
—Lo siento, inspector Del Olmo.
En la sala de interrogatorios, muestran a Cáceres varias fotos de perros compatibles con la mordida del agresor del guardaespaldas de Porta.
La identificación con un Dogo de Burdeos es positiva.
Tenemos al culpable. Pero solo en el recuerdo de un activista ecológico con sed de venganza que está colaborando por miedo a ser acusado.
A ver cuánto le duran las ganas de colaborar.
Berto Cáceres solo puede dar una descripción vaga del dueño del perro: un tipo de altura por encima de la media, delgado, con ropa deportiva, gafas y gorro o sudadera con capucha.
El típico sospechoso de cualquier película al que solo se le puede ver la barbilla cuando gira su cuello cuarenta y cinco grados hacia atrás.
El interrogatorio termina, y mandan a Cáceres a casa con la orden de que esté localizable. Él, antes de marcharse, mira al espejo con una media sonrisa. Olga me apoya la mano en el hombro, y me pide que vayamos a nuestra oficina.
Al cabo de unos minutos, nos reunimos en la oficina de la brigada, y Toribio toma la palabra.
—He vuelto a revisar las cámaras; la más cercana está en el embarcadero del Lago, pero no se ve nada que nos ayude.
—Hablando de cámaras, ¿alguna novedad de las grabaciones de Gibraltar?
—pregunta Olga, que tiene los ojos perdidos en su móvil.
Con el dedo desliza hacia un lado y hacia el otro, hacia arriba y hacia abajo.
Le pido que me acompañe a mi despacho, y a ella le cuesta levantarse de su puesto, demostrando que no está conforme con mi requerimiento.
—Subinspectora Saavedra —marco mi tono formal—, teorías, pero nada firme. ¿Esto a dónde nos lleva?
—No lo sé, inspector, dime tú.
Ella se fija en la pantalla de mi ordenador, como si quisiera que buscara algo en ella, como si ahí estuviera la solución del caso.
—Vamos a dejar de lado un momento la teoría y vamos a centrarnos en los hechos. ¿Qué es lo más fiable que tenemos hasta ahora?
—¿Las posiciones del móvil de Berto Cáceres?
—No, venga, Olga, no me fastidies. Algo sobre lo que realmente podamos trabajar.
—Pues nada, inspector, porque las malditas grabaciones de Gibraltar no llegan. Por eso lo he…
—Exacto, joder. Tú estás convencida de la relación del robo en el banco del peñón con nuestro caso. —Olga deja de fijarse en la pantalla del ordenador y se fija en mis ojos—. Las grabaciones de las cámaras de Gibraltar son vitales para rematar esta línea de investigación.
Se levanta de la silla y se dirige hasta la puerta. La abre y se gira.
—¿Dónde vas?
—A suplicar, rogar o extorsionar al comisario, lo que haga falta. —Sonrío—. Que hable con Dios y que Dios hable con la Reina de Inglaterra para que nos consigan esas grabaciones ya mismo. ¿Vienes?
—Un momento, jefes —dice Listín , que irrumpe en nuestro despacho—. Tengo buenas y malas noticias.
—Déjate de juegos de películas. Anda, y cuenta.
—Qué borde —protesta—. Las buenas son que ya tengo datos de los móviles culebra que tenemos de dos de las víctimas.
—¿Y?
—Las malas son que hay que volver a Gibraltar.